Expectativas sobre un nuevo pacto

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“Chile despertó”. Esa es la consigna que se escucha en cada rincón del país, y todo parece indicar que no se volverá a dormir, ni aún cuando las manifestaciones en la calle amainen y haya quienes crean que es posible responder a la demanda con una serie de políticas públicas que apuntan a hacerse cargo de las necesidades sociales más urgentes. Lo que está en el trasfondo del clamor en la calle es un nuevo pacto social y, en consecuencia, vale la pena empezar a perderle el miedo a la posibilidad de discutir una nueva Constitución.

No es menor considerar que desde hace algunos días han proliferado los cabildos en distintos lugares del país. Muchos de ellos, auto convocados por vecinos, ciudadanos e instituciones, y otros más articulados, como los organizados por la Mesa de Unidad Social. El denominador común en estos encuentros es la necesidad de volver a escucharse como ciudadanos y buscar de manera conjunta una salida a la crisis política y social que enfrenta el país. En este cuadro, no deja de llamar la atención que hasta actores del oficialismo sean ahora proclives a la realización de estos encuentros para poder diagnosticar de mejor manera el origen del malestar.

Hay que poner atención a un punto que es relevante, que es la generación de expectativas que este tipo de encuentros crea. Y es preciso que el gobierno vea en esto tanto una necesidad como una oportunidad, dado que tanto el poder Legislativo como el Judicial ya se han manifestado favorables a iniciar un proceso que permita cambiar la Constitución, que, por más modificaciones que tenga, tiene un origen en dictadura que relegó la participación de la ciudadanía y que fue ratificada en un plebiscito sin ninguna garantía básica respecto a la integridad de su resultado. Esto es de la mayor importancia, porque se trata de responder a la demanda ciudadana a través de los canales institucionales que permitan volver a poner al centro de la discusión uno de los principales déficit que hace años exhibe nuestra democracia, que es la participación. En efecto, el Indice de la Democracia, de The Economist, califica a nuestro sistema político como una “democracia imperfecta”, justamente por el déficit en materia de participación política, a diferencia de países como Uruguay, la democracia más perfecta de la región, que tiene una amplia trayectoria en la materia.

Perderle el miedo a un proceso constituyente y hacerse cargo de las expectativas que empiezan a aflorar parece un camino más sensato que negarse a escuchar los orígenes del despertar de los ciudadanos en Chile. Habilitar un proceso que permita preguntarle a los ciudadanos de este país si quieren cambiar la Constitución y, luego, por qué mecanismos, parece un imperativo democrático que, bien liderado, puede ser una oportunidad para recuperar la senda de la confianza y la paz social para un país que hasta hace poco parecía un modelo, pero que escondía un profundo malestar. Por cierto, ello no obsta tener en paralelo una posición firme frente a la vulneración a los derechos humanos, ocurridas durante las manifestaciones, y discutir en paralelo una agenda de reformas sociales.

Curiosidades del destino, si existe consciencia real de la magnitud de la demanda que enfrentamos, tal vez sea un gobierno de derecha el que finalmente pase a la historia como aquel que logró hacer de esta crisis una oportunidad para volver a recuperar la senda de un país inclusivo donde todos tengamos la posibilidad de participar y deliberar sobre el marco institucional que regirá nuestros destinos. En ello esperemos que la sintonía y la escucha desde quienes tienen que tomar decisiones esté lo suficientemente asentada, porque el futuro y la manera de vivir juntos dependerá de ello.

Contenido publicado en La Tercera.

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