El “guasón” y la explosión de la sociedad civil en Chile

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Poco antes de asesinar a Murray,  el exitoso comediante televisivo (Robert de Niro), el Guasón explica que lo va a matar pues Murray lo ha invitado a su programa para burlarse de él. Una acción que al público televisivo y a nosotros nos resulta inconcebible. Sin embargo, la película había mostrado de manera tortuosa la miserable vida del asesino, el maltrato del que había sido objeto y, aunque por la locura del protagonista no queda del todo claro, como su madre había sido sometida a los peores abusos para evitar que saliera a la luz un affair extramarital y el nacimiento de un niño: el Guasón. Tras el asesinato, el propio Guasón luego explica que su acción es el reclamo de los que nada tienen, de los que sufren sin que nadie se detenga a ayudarlo, y de los que simplemente no existen para el mundo. Pese a ello, la trayectoria criminal del Guasón resulta inaceptable para nosotros los espectadores.

También fuimos sorprendidos el día viernes 18 de octubre, cuando lo que se había iniciado como “evasión masiva” se transformó en una violenta protesta como resultado parcial del rechazo a revisar la medida, una  falta total de empatía e inteligencia política del Gobierno y una fuerte represión a quienes protestaban y el disruptivo y desconcertante cierre del Metro. Todo ello se tradujo luego  en acciones de varias personas que incendiaron algunos edificios, varias estaciones de metro y numerosos buses. Aunque el agravio puntual detrás de la protesta era el aumento de los pasajes del metro, sería superficial considerarlo como la única causa.

El Metro es sin duda la obra de infraestructura más valorada por los chilenos. Estamos orgullosos de tener de los mejores sino el mejor metro de América Latina. Disfrutamos de la cada vez mayor calidad de las estaciones y del servicio. En tal sentido, nos resulta inexplicable la acción que emprendieron numerosas personas contra su infraestructura. Me comentaba un amigo que lo que no terminaba de entender es como él, que venía hablando permanentemente de los bajos salarios, de las pésimas pensiones, de lo cara de la salud privada o de las largas listas de espera que caracterizan la salud pública, se hubiese sorprendido de la virulencia de la protesta.

¿Cuál es en ese sentido la realidad cotidiana de millones de santiaguinos? La mediana de los ingresos en Chile es de cerca de 400 mil pesos. Un individuo gasta en promedio 1660 pesos diarios en locomoción lo que representa en términos gruesos  cerca de 50 mil pesos al mes. Las cotizaciones de salud y previsión representan unos 75 mil pesos. Esto significa que para el resto de la necesidades el individuo dispone de 275 mil pesos. En este contexto, subirse al Metro representa que cada vez paga 830 pesos; que por ser probablemente la hora peak, viaja en condiciones miserables, llega a un trabajo probablemente poco satisfactorio, vuelve a una casa poco acogedora y estrecha.

El alza del precio del pasaje del metro no ha sido la única; sube la electricidad en 10%. En la televisión se entera de que producto del sistema de salud privado existente en Chile, el remedio que le cuesta en Madrid 4000 pesos para conseguirlo acá necesita 60 mil pesos. Sus hijos van a la escuela; la educación gratuita sin duda ayuda, pero son numerosos los gastos asociados y cada día se cierne la pregunta si la educación garantizará un mejor pasar que el de sus padres: la experiencia internacional y también nacional indican lo contrario.

Los malos ingresos están acompañados por el bombardeo permanente de la publicidad que ofrece bienes y servicios de todo tipo. Difícil de resistir si el ciudadano es atosigado con ofertas de crédito que llevan a altos niveles de endeudamiento. Todo esto antes se aguantaba por la promesa de mejores tiempos; pasan sin embargo los años y los salarios permanecen bajos (el crecimiento geométrico de la población estudiantil lleva a un deterioro de los ingreso de muchas profesiones) las pensiones van en caída (tanto por las mayores expectativas de vida como por la caída de la rentabilidad de los activos financieros).

Al mismo tiempo, el ciudadano se encuentra con la terrible realidad de la desigualdad. Según el estudio de López, Figueroa y Gutiérrez el 1% más rico concentra el 35% de la riqueza en el país. En cuanto al ingreso, estiman que el 1% más rico tiene ingresos mensuales en promedio de casi 15 millones de pesos; el 0,1% más rico de 83 millones y el 0,01% de casi 500 millones. En el mercado inmobiliario se pueden encontrar viviendas de hasta 8 mil millones de pesos. La desigualdad tiene expresión territorial. Mientras que las comunas ricas tienen todo tipo de servicios, áreas verdes, seguridad y grandes presupuestos, las pobres carecen de todo ello.

En este contexto, la dirección equivocada de las reformas que promueve el Gobierno queda en evidencia. En el campo tributario, el eje de la reforma es la reintegración tributaria que, más allá de representar una dádiva a los más ricos, es un  paso atrás en aproximarse a los sistema tributarios de los países desarrollados: con la desintegración tributaria tanto las empresas como sus propietarios deben pagar impuestos, entre otras cosas, por el uso que hacen de los bienes públicos, lo que abre un camino para que el sistema impositivo contribuya a una mayor igualdad. Resulta también obscena la oferta de algunos senadores de sustituir la reintegración tributaria por la rebaja del impuesto corporativo.

Se afirma que ello elevará la inversión. Si bien ello puede tener ese efecto parcialmente, la baja inversión tiene mucho más que ver con la falta de proyectos y capacidad del mundo empresarial para desarrollar nuevas líneas productivas. En el campo previsional, el Gobierno posterga el aumento de las pensiones solidarias como mecanismo de presión para hacer aprobar su modelo de reforma de pensiones, cuyo objetivo principal es mantener el gran negocio que las AFPs representan para su propietarios y para los empresarios que usan los recursos ahorrados por los trabajadores. No ayuda la creciente intervención pública del empresariado como por ejemplo la campaña de la asociación de AFPs en contra de un sistema de seguridad social. Tampoco que la Confederación de la Producción y el Comercio y la SOFOFA promuevan reformas hechas a su medida y descalifiquen los esfuerzos legislativos por lograr una mayor inclusión, un real sistema de pensiones, y una efectiva protección del Medio Ambiente (Sobre este tema invitamos a leer https://lamiradasemanal.cl/el-empresariado-la-inclusion-y-estandares-ambientales/)

Al final de la película,  Guasón es rescatado de un grave accidente por una masa de  personas de ciudad Gótica que lo aclaman como un héroe pese a ser un asesino en serie. Este es un llamado a centrar la atención política en priorizar y resolver de manera razonable, inteligente y certera las causas estructurales del malestar de la gente, ya que ignorado, puede canalizarse violentamente y ser explotado por el populismo.

El conflicto se le ha escapado de las manos al Gobierno por su falta de conciencia de los problemas que enfrenta la sociedad chilena y por su débil capacidad de gestión política, la cual lo lleva a creer que un país se conduce con medidas efectistas y siguiendo el vaivén de las encuestas. Tanto desde las filas de la coalición de Gobierno como desde la oposición se ha venido llamando a un cambio de gabinete que permita una visión más realista de la situación y negociaciones genuinas con la oposición que echen andar las urgentes reformas que se necesitan para combatir la desigualdad que polariza la sociedad chilena. La responsabilidad principal de avanzar en esto recae en el gobierno, pero para la oposición también es ineludible forjar alternativas, propuestas y coaliciones viables.

Contenido publicado en El Mostrador

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