Desierto florido

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El “desierto florido” es un fenómeno que ocurre en nuestro país en el desierto más árido del mundo, el de Atacama. Este es probablemente uno de los espectáculos más bellos de la naturaleza, ahí donde todo parece haber muerto, de pronto ocurre el milagro, emergen mil flores, el espacio se llena de colores y renace la esperanza. Así es como ocurre en algunas dimensiones de la vida, y la política no es la excepción.

Hace algunas semanas, a propósito de las declaraciones de la vocera de gobierno, ocurrió lo impensado. Frente a una alocución desafortunada sobre el Partido Socialista, que buscó reflotar un tema complejo pero sin nuevos antecedentes y en un tono inadecuado para la promoción del diálogo político, salió toda la dirigencia de los partidos de la extinta Nueva Mayoría y algunos actores del Frente Amplio a criticar al Ejecutivo y expresar solidaridad con el PS, provocando la sensación de que algunos brotes de diálogo fraterno opositor podían emerger. En otras tantas actividades, intervenciones públicas y seminarios, distintos actores de las distintas oposiciones han planteado la necesidad de empujar debates importantes que a estas alturas tienen que ver menos con una interpretación sobre los resultados electorales de 2017 y un análisis de los gobiernos de centroizquierda que sobrevinieron a la recuperación de la democracia, que con la necesidad de trazar un horizonte político que permita construir un relato para el futuro para una centroizquierda atomizada, sin un relato claro y que se debate entre el reemplazo de los viejos partidos y la emergencia de nuevos referentes políticos. No obstante, el diagnóstico respecto a lo programático y electoral es claro, sin diálogo -lo que no implica necesariamente acuerdos ni pactos- el horizonte para la(s) oposición(es) se ve oscuro.

Otro brote de esperanza lo constituye la emergencia de una multiplicidad de actores que han manifestado su disposición a competir en la contienda presidencial de 2021. Esto es una buena noticia si se considera que, ante la falta de unidad, claridad en el propósito y un debate pendiente respecto a la identidad, la emergencia de líderes con ganas de competir al menos puede ayudar a dinamizar el debate: ¡que florezcan todas las flores!

Los partidos de derecha aprendieron la lección el 2013, cuando sufrieron una de las derrotas electorales más estrepitosas desde la recuperación de la democracia. Después de una campaña compleja, llena de diferencias políticas, se generó un proceso de discusión y debate de la mano de sus partidos y principales centros de pensamiento, que finalmente lograron converger en un programa, una coalición y reformular la propuesta de la centroderecha, inaugurando en 2015 la coalición heredera de la Alianza por Chile, Chile Vamos. Ello significó, sin duda, la posibilidad de enfrentar con éxito la contienda electoral de 2017, pero además, trazar un horizonte político que aspira a perpetuarse en el poder.

El centro y la izquierda, hoy atomizadas y sin proyecto, necesitan con urgencia hacer su propio camino. Los partidos de la ex Nueva Mayoría requieren volver a discutir sobre identidad y sobre énfasis programáticos. El Frente Amplio sobre una identidad de futuro que permita ir más allá del discurso de diferenciación con lo que representó la Concertación, porque eso tiene un límite en términos de rendimiento en el debate público (si no, basta ver lo que le ha pasado al Podemos en España). En medio de eso, es probablemente un imperativo juntarse a conversar, a pensar Chile desde la diferencia y desde los espacios en común.

Esa es la invitación que un centro de pensamiento como Chile 21, a la espera que se sumen otros, está haciendo. No se trata de buscar en el espacio de los centros acuerdos ni pactos, no es su función, sino que un lugar de diálogo común donde se puedan identificar matrices comunes de acuerdo, disenso y debate, que permitan enfrentar con seriedad el futuro. ¿Por qué alguien querría restarse de un espacio así?

Contenido publicado en La Tercera.

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