La doble agenda vecinal de Chile

Publicado : 11 Octubre, 2011 en Portada, Voz Chile 21

Por Gabriel Gaspar
Chile tiene claramente dos agendas en sus relaciones vecinales.  Una esta anclada en la historia, y otra en las nuevas posibilidades que brinda la realidad contemporánea y sobre todo, los desafíos del futuro.

La “agenda histórica” es relativamente común a la mayoría de los países de la región. Se conformó en el siglo XIX, en la convulsa fase de la construcción de Estados recientemente liberados del colonialismo ibérico.  Varias guerras dirimieron este proceso, que se prolongo hasta el siglo XX.  Ello contribuyo a conformar desconfianzas y recelos entre los nacientes Estados.  Algunas de ellas persisten hasta la actualidad y limitan severamente el asumir la agenda contemporánea. Por otro lado, varias relaciones bilaterales han logrado superar este severo escollo.

La agenda contemporánea, es la agenda normal de cualquier relación bilateral o regional: la basada en la mutua comprensión de las bondades de la cooperación y en la búsqueda de una proyección común en un escenario internacional cada vez más interdependiente y globalizado.

La historia reciente de las relaciones vecinales chilenas demuestra que es posible transitar de la desconfianza a la cooperación.  Ojo, es posible, nadie dice que sea fácil.

 

Veamos cada caso.

La relación Chile – Argentina.

El inicio de la relación bilateral, hace ya 200 años, no pudo ser más auspicioso: una sólida y solidaria relación basada en la común necesidad de erradicar la amenaza colonialista.  El proyecto emancipador además permitió la compenetración de buena parte de las elites de ambos lados de la cordillera.  Cimentó  una alianza militar que no solo forjo el Ejercito Libertador formado en Cuyo, sino que además comprendió que debía expulsar al bastión virreynal instalado en Lima.

No fue un caso aislado, toda America estaba impregnada de esta filosofía.  Pero sirve para mostrar una diferencia sustantiva entre sus nacientes naciones: algunos Estados desarrollaron un esfuerzo militar sustantivo y junto a ello, como una proyección de su estrategia, llevaron a cabo solidarias e internacionalistas misiones contra los centros de poder del colonialismo.

Pero con el tiempo, se instalo entre Chile y Argentina una agenda de desconfianzas, basada en disputas territoriales, las que dieron origen a numerosos roces en el pasado.  En el siglo XIX la disputa por la Patagonia se saldó con la consagración de principio de una Argentina atlántica y un chile ribereño del Pacifico.   En el siglo XX lo mas fuerte se ocasionó en 1978 cuando ambos países movilizaron sus FFAA y el estallido bélico fue casi inminente.  La mediación papal permitió distender la tensión.  En la década de los 90 se creo una coyuntura que permitió que diversos acuerdos y Tratados dieron paso a una relación de franca cooperación y confianza mutua.

¿Cómo fue posible construir este entendimiento argentino – chileno?

El contexto ayudó.  La construcción de democracia a ambos lados de la cordillera permitió instalar ópticas más negociadoras e integracionistas que sustituyeron a las que prevalecían en tiempos de los  generales Videla, Galtieri y  Pinochet.

A su vez, a escala global concluyó la Guerra Fría y con ello las visiones y las doctrinas que surgieron al calor de dicho enfrentamiento.  Acabado el comunismo como animador de políticas de estado y estrategias nacionales, también se sentaron las bases para la obsolescencia del anticomunismo.  La doctrina de seguridad nacional que campeó en tiempos de la guerra fría empezó a ser cuestionada por su inviabilidad.  Para empezar, ya no existía Pacto de Varsovia.

Argentina recuperaba su democracia en los convulsos momentos posteriores a la guerra de las Malvinas, que de paso demostraron la incapacidad estratégica de las FFAA argentinas, estas quedaron golpeadas no solo en su legitimidad política sino además sufrieron un fuerte cuestionamiento por su desempeño profesional.

Chile por su parte salía de uno de sus períodos mas difíciles de polarización interna creada por  la dictadura.  Se abrió espacio para una formula que superara no solo al régimen de facto sino que además ofreciese un horizonte de estabilidad y armonía, para empezar a los propios  chilenos, y de paso también al vecindario.  Las FFAA buscaban a inicios de los años 90 del siglo pasado relegitimarse ante la sociedad, y empezó un lento, complejo, pero sostenido proceso de distanciamiento de lo contingente para ubicarse en su rol profesional.  En el nuevo escenario mundial, la diplomacia chilena avanzo con audacia en su reinserción internacional y ello implicaba mantener las mejores relaciones con todo el mundo, por cierto, con sus vecinos.

Ambos países ingresaban a los primeros capítulos de la globalización, construyendo democracias, sanando las heridas de las guerras sucias,  construyendo nuevos pactos sociales y además, estabilidad económica. Así, los dos estaban en condiciones propicias para iniciar una nueva fase de su  dialogo bilateral.

De eso hace más de 20 años, y los frutos han sido satisfactorios.  Diversos tratados rigen las nuevas relaciones, los problemas territoriales fueron resueltos. En ese cuadro, las FFAA de ambos países se abocaron a un diversificada y cada vez más profunda construcción de confianza mutua. 

Por cierto, decíamos que buenas relaciones han sido posibles, pero ello no implica que hayan sido fáciles, en estos años ambos países protagonizaron diversos episodios difíciles, pero precisamente el buen contexto construido, y la decidida voluntad política a ambos lados de la cordillera ayudo a desactivar esas tensiones. Entre las dificultades más importantes, mencionemos que ambos países lograron superar los roces que surgieron del corte de suministro de gas argentino a Chile a mediados de los 90 del siglo pasado.  No solo fueron problemas de integración energética o comercial, a inicios del nuevo siglo un confuso incidente surgió por el allanamiento del consulado argentino en Punta Arenas por parte de efectivos de inteligencia chilenos, descubiertos in fraganti.  A su vez, agentes de la inteligencia argentina, detenidos por otras razones en Montevideo el año 2008, revelaron un profuso hackeo a funcionarios de la cancillería chilena y de la propia Moneda.  Todas estas situaciones pusieron a prueba la fortaleza de la relación bilateral, el balance es que estos incidentes, pese a su gravedad, no lograron dañarla y ello fue posible gracias a  una decidida voluntad política a ambos lados de la cordillera.

De este modo, a pesar de estas dificultades, la buena relación se ha profundizado, en todos los aspectos y la confianza mutua llega a niveles tales que, entre otros ejemplos,  ambos países han coincidido en conformar una fuerza combinada, la denominada Brigada “Cruz del Sur” para servir en operaciones de paz, en el marco de Naciones Unidas.  La lista de medidas de confianza mutua es amplia y revela que entre ambos países las hipótesis de conflicto quedaron en el pasado. 

Una dimensión importante es la proyección internacional común que ambos países han construido en materia de seguridad internacional.  El caso mas destacado es el esfuerzo en Haití, pero a ellos también se puede agregar la común participación en la misión de Paz en Chipre.  En el caso haitiano por cierto desde un primer momento el esfuerzo fue combinado con Brasil y Uruguay constituyendo la plataforma para la presencia latinoamericana en esta operación. La presencia regional (en especial sudamericana) en Haití impidió inicialmente un desastre humanitario y constituyó el primer caso en que una crisis de seguridad en la región es resuelta sin la intervención de las potencias. 

El tema no fue fácil, dado que las infaltables fuerzas aislacionistas en cada país cuestionaron duramente la participación en este esfuerzo de seguridad colectiva, que obviamente, responde a las orientaciones de la política exterior de cada país y su encuadre en los mandatos del Consejo de Seguridad de Naciones Unidas.

Con la misma claridad hay que señalar que hoy, a varios años de iniciada la MINUSTHA, que esta hace rato dejo de ser una operación militar y debe transformarse en una operación de nationbuilding, y abandonar las características de peacekeeping.   En suma, mas cooperación civil y policial junto a un retiro gradual del personal militar.  Este tema ha sido analizado en el interior de los mecanismos ad hoc de los países participantes y de ellos, Brasil ya ha hecho públicos anuncios a través del nuevo ministro de Defensa.

Argentina y Chile han construido una verdadera pirámide de mecanismos de confianza y cooperación, donde a los tradicionales vínculos diplomáticos, se le han agregado diversos Comités de Frontera, reuniones ministeriales de las llamadas 2 + 2 (cancilleres y ministros de Defensa), organismos ejecutores y de análisis (el denominado Comité Permanente de Seguridad, Comperseg, encabezado por los viceministros respectivos). Además de ello, existen reuniones de Gabinetes conjuntas, sin contar el dialogo presidencial.

El éxito de este proceso obliga a repensar en una segunda etapa de la relación bilateral, al menos en el ámbito de la política exterior y de defensa.  De lo contrario, una cierta inercia puede instalarse.  En círculos de estrategos de ambos países han surgido propuestas, como las de identificar amenazas comunes y por ende, necesidad de desarrollar visiones y estrategias combinadas.  En Argentina el debate se concentra en las eventuales amenazas que en el futuro podría cernirse sobre los abundantes recursos naturales que posee el cono sur.  Esta es también una fuerte preocupación brasileña. America del Sur es una región rica en recursos naturales, productora de alimentos, poseedora de una de las principales reservas de agua dulce del planeta.  En Chile por su parte, algunos círculos estratégicos aprecian que, congruentes con la  estrategia de desarrollo que privilegia una diversa inserción internacional,  se hace necesario construir una inserción común con otros países de la región a fin de potenciar mutuamente su presencia y también su participación en el ámbito multilateral. La proyección común en materia de seguridad permitiría en esa dirección, además de potenciar el capital diplomático, contribuir a una eventual “disuasión subregional” atendiendo a hipotéticos intentos intervencionistas de la agenda del futuro.

Un tema no menor que debe de incorporarse al análisis son las diferencias en ambos países del tratamiento de la relación civil – militar, así como el desarrollo de la fuerza y sus nuevas concepciones en el periodo democrático.

En ambos puntos las diferencias son fuertes.

Si bien tanto Chile como Argentina sufrieron implacables dictaduras militares en tiempos de guerra fría, y ambos países comparten una fuerte herida en materia de Derechos Humanos y Reconciliación, la evolución del tema ha sido diferente.   Ambos países comparten una misma preocupación por construir sociedades estables, plurales y democráticas, así como hacer justicia y verdad en estos dolorosos temas.  Pero mientras que en Chile el tema si bien fue duro en los inicios de la transición, hoy en día afecta poco a la relación civil – militar. Por el contrario, un nuevo clima se instaló entre la civilidad y los uniformados.

Esto no fue fácil.  Pero contribuyó a ello el que las autoridades civiles chilenas asumiesen una decidida política de Estado al diseñar las bases para una nueva política de defensa, acorde con los nuevos tiempos de democracia y de globalización.

Esta nueva política no podía ser otra que la expresión en el ámbito estratégico y geopolítico del proyecto nacional que se configuro al inicio de la transición: construir las bases de un reencuentro nacional, potenciar un modelo exportador basado en la competitividad de las empresas chilenas. Democracia y desarrollo eran los ejes, y ello implicaba diseñar una política de defensa, que acompañase este esfuerzo.

En este camino, progresivamente los “temas políticos” (DDHH y enclaves autoritarios) de la relación civil militar fueron ubicándose en los ámbitos judicial y político, mientras que el Ministerio de Defensa asumía la conducción propia de su cartera.  En esa dirección, la opción fue una compactación de la fuerza, una reducción de efectivos, junto a una elevada inversión en tecnología y sobre todo, en una reforma educacional que proveyese una nueva generación de profesionales de la defensa.  Civiles y uniformados.  El país experimento en esos años (las dos ultimas décadas) el periodo de mayor auge de la economía chilena y ello se reflejo también en un up grade de la defensa nacional.

Visiones criticas de este proceso tratan de explicarlo como “una rendición de los gobiernos civiles” ante la autonomía militar chilena.  Opinable, quizás mucho desconocimiento de los procesos internos, que reflejan que en muchos de estos capítulos fueron los militares los mas convencidos de separarse de su pasado “político” (el gobierno de Pinochet) para concentrarse en su rol profesional.  Asimismo, es mirar sin matices los 20 años de gobiernos de la concertación y el notorio giro entre los dos primeros gobiernos (hegemonizados por la Democracia Cristiana y con fuerte sesgo de los ecos de la dictadura) con los últimos dos gobiernos (Lagos y Bachelet) en el cual el liderazgo civil en defensa proyecto con fuerza una visión multidimensional y mas moderna de las tareas de la Defensa Nacional.

El resultado de este proceso es que a inicios de la presente década, Chile había pasado de ser un país con un PIBper capita de poco mas de 2000 dólares en tiempos de dictadura a uno que se acerca hoy a los 15.000, y el salto también se vivió en las FFAA.  De un Ejercito con mas de 30.000 reclutas cada año, se paso a uno que solo necesita 13.000, elevándose la proporción de los uniformados profesionales y disminuyendo unidades. De una flota basada en destructores que consumían toneladas de combustibles y ocupaban a centenares de marineros, transitamos a una flota de modernas fragatas, con capacidad oceánica y elevada tecnología.  La fuerza aérea vivió su propio proceso de aggiornamiento, y hoy posee un parque de medios que garantiza cubrir las necesidades de un espacio aéreo de mas de 25 millones de kilómetros cuadrados que debe atender conforme legislación nacional e internacional.

Por cierto, el desarrollo estratégico de Chile esta acorde con la pretensión de ser un país desarrollado en el mediano plazo,  que asume el hecho de ser el país mas globalizado de la región, lo cual implica responsabilidades en la seguridad internacional a las que responder.

El caso de Argentina es diverso, los años de democracia tomaron otra opción en materia de desarrollo estratégico.  Lo fundamental ha sido la construcción de una relación de confianza y cooperación con Brasil, concluyendo décadas de rivalidades y desconfianzas en el Atlántico Sur.  A su vez, Argentina mantiene vigente su reclamo por la ocupación de las islas Malvinas, pero ha señalado reiteradamente que usará para hacer valer sus derechos solo los recursos políticos y diplomáticos.

Las FFAA argentinas han disminuido su potencial en los años de democracia, y en ello pesa no solo la derrota de Malvinas sino que también la emocionalidad que crearon los años de la guerra sucia.  De ser una de las más poderosas del continente hoy mantienen un potencial básico y no han renovado su equipamiento. 

Esta diferencia de desarrollos estratégicos ha sido suplida con una amplia gama de medidas de confianza mutua entre ambos países, mismas que han permitido cimentar la nueva relación entre ambas naciones.

En suma, entre Argentina y Chile desde hace años se construye una relación bilateral de cooperación y confianza, la que sin lugar a dudas se puede profundizar y por cierto, ampliar a otras naciones.  La construcción de una zona estable y de paz, a la vez que de activa cooperación en materia de seguridad colectiva, se abre al menos con cierta claridad para los países del cono sur, o lo que en su momento se denomino el “ABC” sudamericano (la convergencia argentino, brasileña y chilena)

 

La relación chileno – peruana.

Chile y Perú no han tenido una relación fácil.  Si bien en los inicios de sus respectivas vidas independientes conformaron fuertes alianzas, para derrotar a las fuerzas coloniales, y posteriormente enfrentaron unidos a España en una segunda guerra (a mediados del siglo 19), fue en definitiva la guerra del Pacifico (1879 – 1883) la que puso el sello de la relación bilateral.

Perú, junto a su aliada Bolivia,  perdió la guerra, Lima fue ocupada, y además perdió sus provincias sureñas (Iquique – Arica) y la paz se consagro definitivamente con el tratado de 1929.  Si bien han transcurrido mas de 130 años de aquellos dolorosos sucesos, las desconfianzas y los recelos permanecen, especialmente en sectores de las elites peruanas.  Por cierto, toda guerra genera heridas profundas, y como toda situación de violencia su memoria marca.  Pero mas allá de ello, en Chile llama la atención de porque se mantiene tanto tiempo la desconfianza y un cierto recelo en la relación bilateral, asumiendo que la mayoría de los países latinoamericanos han transitado por capítulos similares y sin embargo hoy pueden construir una relación armoniosa.

El Tratado de 1929 dejó unas cláusulas pendientes (unas servidumbres que Chile debía garantizar en el puerto de Arica a favor del Perú), las que finalmente fueron resueltas de mutua satisfacción en 1999.  El amplio acuerdo logrado fue sellado en una solemne ceremonia en Lima, donde el Canciller peruano de la época declaro que ya no existía ningún problema pendiente entre ambos países.  La prensa limeña titulaba en esos días: “se acabo la guerra del Pacifico”.

Todo pintaba para que ambos países iniciasen una nueva etapa en sus relaciones.  Entre otros temas, una activa interdependencia económica se empezó a gestar.  El Perú avanzo a paso firme en un proyecto económico de inserción internacional muy parecido al seguido por Chile desde hace algunos años.  En ese camino, muchas empresas chilenas incursionaron en la economía peruana, a la fecha se calcula en mas de 9.000 millones de dólares la inversión chilena en el Perú.  Si bien el proceso no fue indoloro (la empresa Luchetti protagonizo un complejo proceso a propósito de la instalación de una planta de pastas en las cercanías de Lima), en general la presencia chilena fue bien recepcionada y contribuyo a aumentar la inversión y el crecimiento de la economía peruana.  Un sólido vinculo empezó a establecerse entre los respectivos empresariados.

Por su parte, decenas de miles de ciudadanos peruanos protagonizaron la migración mas numerosa que vive la sociedad chilena contemporánea.  La mayoría de ellos han sido regularizados en sus condiciones laborales y de migración, lo que incluye su cobertura en los planes sociales chilenos, y educacionales para sus hijos.

En suma, interdependencia económica, migración y comercio cada vez mas diversificado.  O sea, una agenda propia de dos naciones en creciente integración.

En ese clima, ambos países iniciaron un proceso de construcción de confianza mutua que buscaba reeditar la exitosa experiencia chileno – argentina.  Se acordó constituir un mecanismo de 2 + 2 y un equivalente al Comperseg, el llamado COSEDE (Comité de Seguridad y Defensa,  a cargo de los viceministros respectivos).  Asimismo se busco establecer un mecanismo que permitiese realizar una medición de los gastos militares que garantizase plena trasparencia.

Este clima se desarrollaba pese a las desconfianzas, pero lograba imponerse.  Inclusive soportó revelaciones que involucraban entrega de armamento chileno al Ecuador en los días de la guerra del Cenepa.

Pero en este contexto, la diplomacia peruana empezó a levantar el reclamo por el límite marítimo, aludiendo que los acuerdos firmados entre ambos países (mas el Ecuador) en los años 1952 y 1954, solo tenían alcance para temas pesqueros.  El tema empezó a ascender y el pasado quedaron las declaraciones del entonces jefe de la diplomacia peruana que proclamo en 1999 que ambos países ya no tenían temas territoriales pendientes.  Chile no aceptó el reclamo, alegando la vigencia de acuerdos bilaterales desde mas de 50 años (la intangibilidad de los Tratados es una de las piedras angulares de la diplomacia chilena). 

El tema fue ascendiendo y así, el año 2008 el Perú hizo una presentación ante el Tribunal de La Haya donde se encuentra radicado el caso que se espera sea fallado el 2013. Este hecho enfrió las relaciones, Chile consideró el hecho como un acto inamistoso, corrían los últimos años de la Concertación en el poder.

En ambos países hoy se han instalado nuevas formulas en el gobierno.  La centro derecha chilena asumió el poder en marzo del 2010, y en julio de este año el candidato nacionalista OllantaHumala se transformó en el nuevo presidente peruano. 

El litigio ha seguido su curso e influirá en la relación bilateral.  Se prevé que el fallo del tribunal se produzca a mediados del 2013 (es decir, en medio de la campaña presidencial chilena para definir al sucesor de Sebastian Piñera). Existe preocupación en ambos países por cual sería el escenario de la relación con posterioridad al fallo. 

En el Perú existe preocupación por un eventual incumplimiento por parte de Chile de una fallo que le fuese desfavorable.  En Chile crece la percepción de que las dificultades bilaterales subsistirán cualquiera fuese el resultado. 

Ojo, el litigio en torno al limite marítimo será el escollo principal por donde navegara la relación bilateral, pero no  debe leerse como la fuente originaria de las dificultades.  La desconfianza y la rivalidad existe desde hace mucho, y cada cierto tiempo se repiten hechos que la demuestran, como el pintoresco video que hace algunos años fuese revelado, en el cual el General Donayre, a la fecha comandante del Ejercito Peruano, se expresase en términos agresivos respecto a Chile y los chilenos.

Construir una relación armoniosa y de buena vecindad entre ambos países es uno de los desafíos al que debieran abocarse los círculos estratégicos de ambos países.  Es claro que el tema desborda los ámbitos jurídicos o comerciales.  La prueba mas evidente de esto es que pese a existir una fluida relación económica, de comercio e inversión creciente, ello no ha sido antídoto eficiente  que  neutralice las desconfianzas sigan vigentes.

En círculos peruanos se recela de la modernización de las FFAA chilenas, así como en Chile se receló del robusto equipamiento que experimentaron las FFAA peruanas en vísperas del centenario de la guerra.  Retomar el camino de la construcción de confianza mutua es buen sendero, pero ello corresponde a decisiones mas políticas que militares.  Por cierto, la construcción de confianza supone un requisito: reconocer que hay desconfianzas y aplicando el realismo, buscar como destrabarlas, superando la retórica y asumiendo los riesgos de una situación que no tiene la envergadura de un conflicto de proporciones, pero si elementos que pudiesen conducir a una crisis, y por lo mismo, se hace necesario maniobrar para evitarla.

La identificación de objetivos comunes a alcanzar a partir de una buena relación bilateral es otra tarea que viabilice un proceso de consolidación de la confianza.  Por cierto, los buenos deseos ayudan pero no resuelven, y un principio básico es la trasparencia. 

 

La relación chileno – boliviana

Las secuelas de la Guerra del Pacifico han marcado esta relación bilateral.  Si bien Bolivia ha perdido miles de kms. cuadrados a manos de la mayoría de sus vecinos, es su reclamo por la perdida de su litoral lo que mas influye a su política exterior en estos temas.

Esta circunstancia ha marcado la relación, al punto que ambos países no tienen relaciones diplomáticas. No tienen embajadores acreditados en sus capitales, lo que no obsta a que sus respectivos Cónsules Generales cumplan de facto dicho cometido.

El reclamo boliviano despierta una gran simpatía en la región latinoamericana, cosa que se advierte poco en Chile.  Por su parte, la fortaleza jurídica del Tratado de 1904 se advierte poco en La Paz.  

Desde el año 2000 ambas naciones iniciaron una  conversación, que si bien empezó en tiempos del Presidente Lagos, prosiguió en la misma dirección durante la administración Bachelet.  Fue la llamada “agenda de los 13 puntos”  que se definía como una agenda “sin exclusiones”, pactada en Algarbe, en las postrimerías de la administración Frei.

Pese a los buenos augurios, el dialogo se interrumpió en este año.  Bolivia alega que Chile mantenía una actitud dilatoria frente al principal tema de la agenda (el llamado punto 6 de la agenda, el de su aspiración marítima).  Las autoridades chilenas replican que sus pares bolivianas están utilizando el tema en la agenda domestica.  Lo concreto es que el dialogo fluido que existió en años recientes, hoy esta congelado.

La asimetría entre los dos Estados es notoria.  EL PIB de Chile es casi 10 veces superior al boliviano.  En términos estratégicos Chile  posee una notoria superioridad.  El Estado chileno es quizás uno de los de mayor desarrollo institucional en la región y los grados de cohesión social son cada vez mas crecientes.  En la presente coyuntura esto puede sonar disonante, atendiendo a las amplias movilizaciones ciudadanas que caracterizan la agenda domestica en el ultimo tiempo, pero estrictamente en Chile estamos en presencia de un gobierno débil, pero sigue poseyendo un Estado fuerte. 

Esta diferencial de estaturas estratégicas explicaría la tendencia de la diplomacia boliviana internacionalizar el tema, por llevar su reclamo al plano multilateral.  Este movimiento es comprensible pero conlleva el riesgo de que si ya es difícil poner de acuerdo a dos, complica mas introducir mas actores.  Como es de entender, cada nuevo actor invitado a una hipotética conversación de este tipo haría presente sus intereses. En mas de una ocasión, cuando se exploró alguna formula que involucraba a territorios que pertenecieron al Perú, este propuso de inmediato la “internacionalizacion de Arica”.

En el mundo de las percepciones, en Bolivia no se entiende la insensibilidad de Chile de no acceder a alguna formula que permite romper con el aislamiento que implica la carencia de acceso marítimo.  En Chile no se entiende que sigamos viviendo en la emocionalidad de un conflicto ocurrido en tiempos de Bismark.

En términos semánticos, pareciera que las aspiraciones de ambos países topan con una palabra que obstaculiza un eventual acuerdo: soberanía.  En Bolivia el reclamo por un acceso soberano al mar, es repetido incansablemente por las autoridades y constituye un anhelo amplio e histórico de la sociedad boliviana. En Chile, en reiteradas ocasiones de la historia se han construido formulas para facilitar este acceso boliviano al litoral, pero se pone la condición adversa: sin soberanía.  Pareciera que ambos países estuviesen encerrados en un callejón sin salida.

La historia y la vida enseña que hablando se entiende la gente, mas allá de la fortaleza de los argumentos de cada lado.  Lo cierto es que una relación armoniosa, de complementación y amistad redundaría en mutuos beneficios para ambos países. 

Son muchos los argumentos que avalan lo anterior.  Pensando solo en la agenda futura, es evidente que Sudamérica esta operando una cada vez mas intensa interdependencia con el Asia Pacifico, y tanto Brasil como Argentina requieren también “perfeccionar” su acceso al Pacifico, por lo que un entendimiento chileno – boliviano facilitaría enormemente ese proceso.  Demás este decir, que una integración de todas nuestras economías en esta dirección redunda en reciprocas ventajas para todos. 

Asimismo, un acuerdo amplio permitiría una beneficiosa complementación en las zonas fronterizas.  La integración física y energética es vital para esa región, asimismo, un adecuado acuerdo en materia de agua, bien escaso en esa zona e indispensable además de las necesidades de la población, para la minería. 

Por cierto, la coordinación en materias policiales y de seguridad es indispensable para combatir el narcotráfico y el contrabando.  Los volúmenes de droga en Chile son menores a los de otras regiones de AL, pero están creciendo sostenidamente, en general se trata de microtráfico trasportado por correos humanos, las cárceles de Arica e Iquique están saturadas de “burreros” provenientes tanto de Bolivia como de Perú.  Por su parte, el contrabando proveniente de Chile, y que  en gran medida se trata de mercadería procedente de la Zona Franca de Iquique afecta a la economía boliviana. Esto es particularmente fuerte tratándose de vehículos y ha generado continuos roces fronterizos algunos de los cuales han sido lamentablemente manejados así como la detención del general Sanabria (zar antidrogas boliviano detenido por DEA con cooperación chilena) demuestra a lo menos, la escasa cooperación bilateral en materia policial. 

Un tema no menor en ambos países es la percepción del problema en las respectivas opiniones públicas.  En Bolivia el acceso al mar es un virtual sentimiento nacional, en Chile la mayoría de la población rechaza una cesión de soberanía en alguna parte de su territorio. Sin embargo, una parte importante de la opinión publica no rechaza un acuerdo que permita un enclave boliviano en algún punto del litoral, pero bajo formulas que no implique soberanía.

Bolivia alega que el Tratado de 1904 fue producto de una guerra, lo cual es cierto, pero esa es una de las formas mas recurridas y civilizadas para poner fin a un conflicto y superar la tensión.  Las autoridades chilenas suelen señalar, que los Tratados son intangibles y que “Chile no le debe nada a Bolivia”, apelando a la juridicidad vigente.  Pero ello es una defensa estática que no percibe que ambos países ganarían mucho si avanzasen en alguna formula de entendimiento.  La diplomacia chilena se ha caracterizado por un fuerte sesgo jurídico en estos temas, lo cual no es nada malo, pero tampoco puede ser todo, es decir, la política exterior es ante todo “política” sin olvidar de que se trata de una de contornos estatales.

La percepción dominante en la opinión pública de ambos países condiciona severamente el dialogo, porque es entendible que ningún Gobierno (ni boliviano ni chileno) avanzará en profundidad  en el tema si ello le crease dificultades internas.  Construir condiciones en cada país que permita acercar posiciones es una tarea para ambos países. Es comprensible que nadie se tire a una piscina sin agua, por tanto, lo que corresponde entonces es llenarla.  Pero eso requiere voluntad política, y por supuesto, dialogar.  

Finalmente, el tema tiene contornos estatales, es decir, su manejo requiere de la conformación de amplios consensos dentro de cada pais para poder sustentarse en el tiempo.  Es difícil que en el periodo de un solo gobierno se puede resolver lo que hace mas de un siglo no ha sido posible, por ello se necesita conformar no opiniones de gobierno sino opiniones de Estado. Esto obliga a un riguroso profesionalismo  en su manejo. Chile siempre se ha quejado que la relación bilateral ha sido usada en el pasado por las autoridades bolivianas como un recurso para su política interna, y hay varios indicios de ello,  Lo novedoso de la agenda de los 13 puntos era que por primera vez eso no sucedió.  Ese reclamo chileno siendo justo, exige también la reciprocidad.

 

Conclusiones

Tal como lo señalábamos al inicio de estas notas, las relaciones vecinales chilenas se mueven en diferentes velocidades y con agendas muy diferenciadas. 

La superación de las desconfianzas es una de las claves, pero esto debe entenderse como un proceso, el que tampoco es lineal y esta expuesto a avances y retrocesos.