Identidad sustituta

Publicado : 27 Septiembre, 2011 en Prensa

Por María de los Angeles Fernández

AUNQUE todavía está por verse el resultado concreto de las demandas planteadas por el movimiento estudiantil, su impacto en algunos planos resulta evidente. Se habla de un cambio cultural, por cuanto logró repolitizar la sociedad colocando, de manera persuasiva, la importancia de la educación pública y los valores asociados a ella. Por su parte, el sistema político tampoco ha quedado inmune. A pesar de la porfía de algunos por seguir navegando en el barco concertacionista como si nada hubiera pasado, la ofensiva de la timonel PPD, Carolina Tohá, en orden a darla por superada, no ha dejado a nadie indiferente.

 

Ello ha precipitado la discusión sobre la reformulación de la Concertación. El país opositor, que desborda sus fronteras, parece demandarlo. Por lo pronto, se hace necesario avanzar en el reagrupamiento de las fuerzas, hoy dispersas, que compitieron en la primera vuelta. Como parte de este esfuerzo, se ha propuesto la creación de un único domicilio partidario para el progresismo, fusionando en sus aguas al PS, PPD y al PRSD.



La idea, que no es nueva, enfrenta dilemas. La respuesta en clave partidaria es necesaria, pero insuficiente. Si algo se aprendió con la derrota es que no basta con construir mayorías electorales, prescindiendo de mayorías sociales y políticas. Se requiere recuperar la capacidad estratégica, entendiendo que partidos y gobierno se mueven con lógicas distintas y que el progresismo debe aspirar a transformaciones que vayan más allá de políticas compensatorias. Es por eso que, desde el PPD, se ve con simpatía al Frente Amplio uruguayo, creado en 1971, que aglutina a la izquierda, el socialcristianismo, el movimiento social y el movimiento sindical.

Un problema es el secular temor al aislamiento por parte de la DC. Para entenderlo, no basta el recurso al simple cálculo electoral. Adler y Melnick, en un estudio seminal sobre la cultura política de centro en Chile, afirman que “su cuidado por la pureza del partido pudiera estar ligado a cierta tendencia al sectarismo”. Como sea, parece evidente que la fusión no sería de fácil despacho debido, incluso, a las subculturas partidarias que caracterizan al resto de los potenciales invitados.

Por otro lado, el monitoreo del proceso por parte de algunos de sus dirigentes históricos, aparentemente más preocupados de los aspectos tácticos, contribuye a alimentar el escepticismo. No basta renovar la estructura si no se acompaña de un recambio de rostros y, por cierto, de prácticas. Lo que sea que se termine concretando se ve obligado a recuperar la legitimidad democrática extraviada por obra del desafortunado tipo de primaria de la que emergió el candidato presidencial de 2009.

Pero quizás el desafío superior para cualquier nuevo referente opositor es otro: la construcción de sentidos, lenguaje, formas de convivencia y comunicación que, curiosamente, es posible desprender de una relectura del libro El desalojo, del hoy ministro Allamand: recrear la capacidad de identificación que alguna vez tuviera la Concertación, generando una identidad suprapartidaria que convocaba a soñar, más allá de cada una de sus partes.