El altar de los acuerdos

Publicado : 20 Septiembre, 2011 en Prensa

Por María de los Ángeles Fernández

La Caja de Pandora que abrió el conflicto estudiantil no solamente puso en tela de juicio los ejes estructurantes de nuestro sistema educativo. Permitió también tensionar, como lo señala Claudio Fuentes en este mismo diario, tanto el modelo de desarrollo socio-económico que le asigna el mejor derecho a la iniciativa privada como el modelo político-institucional, develando su crisis de representatividad. Además, visibilizó el sexismo prevalente, al menos, en los medios. La gota que colmó el vaso fue la portada particularmente injuriosa de LUN, el 22 de mayo pasado, contra la vocera del movimiento estudiantil y presidenta de la FECH, Camila Vallejo, en abierto contraste con el respeto que merece en la prensa extranjera.

¿Debiéramos extrañarnos? La propia Camila, entre realismo y resignación, comprende que el machismo nos sigue acompañando, aunque hayamos tenido una Presidenta. Tanto Bachelet como ella son, por ahora, historias más parecidas a un desliz que la norma. Los temas de género concitaron el interés de los medios durante la primera mitad del gobierno de Bachelet, más por novedad que por convicción. Tampoco suponen una prioridad para este gobierno, que ha decidido impulsar medidas específicas como el incremento de la fuerza laboral femenina y el postnatal, en lógica más de satisfacción de necesidades prácticas que pensando en los objetivos estratégicos de las mujeres. Vallejo sigue una senda similar a la de Bachelet, expuesta como ella a la hipervisibilidad, ese fenómeno que experimentan las minorías con relación a la mayoría a la que pertenecen. Resulta inevitable no recordar a la argentina Maitena cuando dice “no todas las mujeres somos iguales, pero sí es cierto que a todas nos pasan las mismas cosas”.

Vallejo, como Bachelet, es consciente y verbaliza las dificultades que experimentan las mujeres. En su discurso de asunción a la presidencia de la FECH, no solamente declara su condición de mujer sino que promete que buscará, desde ese rol, contribuir a transformar las condiciones de vida de las chilenas. Como a ella, se intenta hurtarle sus propios méritos por obra de algún hombre que la habría catapultado. El Sarmiento de Vallejo vendría a ser como el Escalona de Bachelet. Como ella, ha recibido el epíteto de endemoniada por parte de un alcalde. Ahora, Labbé, antes fue Garrido, autoridades con improntas inquisidoras.

Sin embargo, ambos liderazgos son muy distintos, y no solamente por la diferencia generacional, lo que viene a corroborar lo que los escasos estudios sobre el género y el liderazgo han arrojado: que no existe un estilo de liderazgo único y distinguible por el hecho de ser mujer. Bachelet, reivindicando uno de tipo femenino, cercano, preñado de contención, amable y cooperativo. Vallejo, más próxima al estereotipo masculino de corte racional, energía combativa, autocontrol y no emocional. Difieren, también, en la forma en que se relacionan con los partidos. La primera, tomando una distancia que, si bien partió como una consideración de estrategia electoral, no corrigió mayormente durante su mandato. La segunda, por su lado, reivindica la militancia sin complejos y como parte constitutiva de su identidad.

Dado que los estudiantes han logrado colocar persuasivamente, a través del rechazo al lucro en la educación, el debate acerca del tipo de sociedad en la que queremos vivir, recordemos que la igualdad no se juega solamente en el terreno material o distributivo. En este ámbito, la igualdad de género, entendida como la situación en que hombres y mujeres tienen las mismas posibilidades y oportunidades en la vida, de acuerdo a recursos y bienes valiosos desde el punto de vista social, permanece en Chile como una asignatura pendiente en múltiples planos.

Por lo pronto, vale la pena resaltar el político. Hay muy pocas mujeres en lugares donde se toman las decisiones políticas relevantes. Las cifras son elocuentes: en el gabinete, la presencia femenina es 18%. En el Senado, 13,1%. En la Cámara de Diputados, 14,2%. En el ámbito municipal, 12,46% en alcaldesas y 22,97% en candidatas. Las directivas de los partidos que han aprobado cuotas internas, como PPD, PS y la DC, no logran mostrar más de una o dos mujeres, en colectivos que promedian los nueve integrantes.

Ahora que, por obra de la movilización estudiantil, se sacan del cajón de los asuntos pendientes las reformas políticas, se abre una oportunidad para que Chile se ponga a tono con los tiempos y se contemple la demanda de inclusividad política femenina. Aunque se suele asociar automáticamente con cuotas de género, el asunto es más complejo. Cualquier iniciativa debiera prever impactos y consecuencias diferenciadas por sexo. Un claro ejemplo son las primarias. La evidencia demuestra que las mujeres se ven más perjudicadas por cuanto no disponen de suficientes recursos financieros para competir. Por ahora, se advierten signos inquietantes. Analistas de la plaza, incluso los vinculados a la coalición de la ex Presidenta Bachelet, no acostumbran a mencionar el tema. Por otra parte, la prensa informa de reuniones que el gobierno ha sostenido con expertos de la Concertación o bien de comidas realizadas entre ministros y personeros DC. Sin Oráculo de Delfos de por medio, es fácil prever que la exclusión de mujeres en estas conversaciones aleja la probabilidad de que se considere lo que la política pierde cuando las mujeres no son incorporadas. Lo concreto es que estamos asistiendo a una reedición de la lógica de los acuerdos que, ya al inicio de la transición, postergó importantes demandas femeninas. En el altar de los consensos, y así lo han señalado diversas investigaciones, se han sacrificado demandas importantes como las relativas a los derechos sexuales y reproductivos así como la participación política femenina.

Estamos ad portas de experimentar una nueva postergación. En su reciente discurso en el almuerzo anual de Comunidad Mujer, Esperanza Cueto resume bien las reformas políticas que debieran acometerse para enfrentar la demanda femenina por una ciudadanía compartida.