La hora de la Ciencia Política

Publicado : 05 Septiembre, 2011 en Portada, Prensa

Por María de los Ángeles Fernández | Directora Ejecutiva Fundación Chile 21

Aquellos que piensan que terminando formalmente con el fin del lucro en la educación se resolvieron los dilemas planteados por el movimiento estudiantil, están equivocados.

Una parte importante desafía directamente a nuestra anémica democracia. Asiste la incredulidad entre aquellos que no entienden tanto malestar mientras el país crece. Por otro lado, la democracia chilena se sostiene en percepciones que no son tan alarmantes.

En la encuesta Latinobarómetro de 2010, 63% de los chilenos declaran su apoyo a la democracia y un 56% dice estar satisfecho, frente a un promedio latinoamericano de 61% y 44% respectivamente. Cuando la dirigencia estudiantil vinculó sus preocupaciones con la necesidad de una nueva Constitución, a lo que luego se sumó la sugerencia de Giorgio Jackson de plebiscito como salida al impasse producido con el gobierno, no quedaba ya duda alguna. Si ello significaba politizar el conflicto, como dijo el entonces Ministro Lavin, en buena hora.

Al innegable impacto cultural que ha producido el movimiento estudiantil, a nivel del discurso público, concientización y comunicación persuasiva, se añade que logró develar la falsedad de la disociación que la derecha intentó, machaconamente, inocularnos mentalmente por años: la inexistencia de conexión entre los problemas concretos de la gente y las instituciones políticas. La propuesta de plebiscito y, más aún, la necesidad de avanzar hacia una Constitución que refleje los principios bajo los cuales los chilenos aspiran a vivir es una prueba de ello. Es cierto que el lucro no es un explícito principio constitucional, pero el amplio rechazo que concita es muestra de que la mayoría sospecha que se cuela por todas las rendijas de nuestra carta fundamental.

Lo concreto es que parece haber un relativo acuerdo acerca de que las reformas políticas no pueden dilatarse más. Si antes fue el tiempo de los economistas, no sólo porque los afanes estaban más centrados en los equilibrios macroeconómicos o en la disciplina fiscal, sino por su capacidad indesmentible para colonizar otros ámbitos como el de las políticas públicas, debiera venir ahora la hora de los cientistas políticos, en un marco donde uno de los principales problemas es la resolución de la crisis de la función representativa de los partidos.

Este paso no es del todo evidente por cuanto en debates recientes en los que la Ciencia Política debiera haber jugado un rol sustantivo, como el referido al de la inscripción automática y el voto voluntario, poco fueron tomados en cuenta a la luz del escaso eco que tuvo la carta titulada “El voto voluntario es un retroceso histórico”, publicada en la sección Tribuna del diario El Mercurio el 31 de diciembre de 2008 y firmada por algunos de los cientistas políticos más connotados de la plaza.

En una columna publicada en días pasados en este mismo espacio, Jenny Arriaza afirma que los intelectuales y los académicos tienen poca cobertura mediática en Chile, exigiendo además que éstos se hagan responsables políticamente en los tiempos que vivimos. Sospechamos que Jenny está en un error porque, en Chile, sí hay algunos con amplio espacio en el mercado de las audiencias y varios de ellos son cientistas políticos.

Al calor del conflicto estudiantil, hemos asistido a la publicación de varias columnas de opinión con títulos reveladores. Nos referimos a “La letra chica del plebiscito”, “La ilusión plebiscitaria” o “El riesgo populista”, por citar solamente algunas. Su batería de argumentos contra esta medida de democracia directa no solamente aparecen envueltos bajo el velo de la aparente legitimidad científica de la técnica sobre la política, sino que eluden las tensiones que nuestra democracia encierra, resolviéndolas por la vía de la defensa de aspectos procedimentales y amparados en una concepción de la gobernabilidad donde el consenso, más que medio, se convierte en un fin. La forma en que intentan descartar la alternativa plebiscitaria no solamente es práctica, por cuanto enfatizan los problemas que presenta el mecanismo. Es también ideológica y se hace necesario desmitificarla. Existen, al menos, dos problemas que parecen preocuparlos: por una parte, el nivel de influencia del demos en el resultado del proceso político y, por otra, las fallas del actual mecanismo democrático representativo. Frente al primero, se esbozan respuestas que reproducen, sin mediación alguna, la distinción de clases: “cuidado con la exaltación del pueblo” y sus lógicas intempestivas. Además, el que el plebiscito haya sido utilizado en exceso en un cierto tipo de democracias, como las plebiscitarias, no lo convierte necesariamente en populista. En un segundo nivel, la reproducción es mediada a partir del a priori igualitario: partiendo del principio de igualdad, la democracia participativa es menos igualitaria que la representativa. El error idealista garrafal radica en la aceptación incuestionable de un principio que rige, cual designio divino, los mecanismos democráticos.

De este modo, se anula la posibilidad de introducir cambios profundos, optándose por lo cosmético. La igualdad no existe tanto en la cabeza de las personas como ha contribuido mayormente a generar algún tipo de igualdad social. Se argumenta, a modo de contrastación del ideal igualitario, que el mecanismo del voto lo encarna. Pero sabemos que el acto de votar y la institución que lo acoge no se constituyen como causa de la democracia, sino como el efecto de ciertas fuerzas que lo hacen emerger: el ímpetu reproductor del sistema político afín al capitalismo neoliberal.

Plantear la igualdad cuantitativa respecto del voto corresponde a autonomizarlo, desvincularlo y desconocer el campo social en el que opera. Por otro lado, los representantes de la Ciencia Política liberal, tal como lo advierte Ravecca en “La política de la Ciencia Política: ensayo de introspección disciplinar desde América Latina hoy”, no acostumbran a reflexionar mucho acerca de la igualdad “social”, por lo que permanecen presos, consciente o no, de una visión de la realidad que debe sujetarse al dictado de los derechos liberales.

Un aspecto adicional es la afirmación de que el movimiento estudiantil, no solamente está desorientado en su apelación a plebiscito, sino que debiera darse por satisfecho al haber instalado temas sensibles para la sociedad chilena sin necesidad de recurrir a él. El planteamiento revela que no se termina de comprender el carácter del movimiento, independientemente de su resultado final. Junto con sus contradicciones, que las tiene, no parece ser uno que aspire a la incorporación, convirtiéndose en parte de los arreglos de intermediación de intereses, sino a la transformación, lo que implicaría transferencia de poder, o bien la democratización, por cuanto los estudiantes apelan a un cambio sustancial en derechos y obligaciones.

Si los cientistas políticos pretendiesen contribuir efectivamente a resolver los nudos gordianos de nuestra democracia debieran tomar distancia de ciertas prácticas cortesanas, como diría Lechner, y entender la oportunidad que el momento actual brinda para enfrentar la problematización disciplinaria. Más que obsesionarnos por identificar el mejor sistema electoral o cuál sería el mecanismo de primarias con menos “trade off” debiéramos centrarnos, como recordaba el mismo autor, en “los problemas que plantea la sociedad y cómo los enfocamos”, enfrentando la autorreflexión de la sociedad sobre sí misma. Quizás en ese momento dejaremos de sufrir el intrusismo profesional, porque hasta los médicos se pronuncian sobre la conveniencia de los plebiscitos, o de ser tan fácilmente intercambiables con los economistas.

Publicado en “El Dínamo” el 03 de Septiembre de 2011