Democracia en distintas dimensiones y sordera crónica

Publicado : 11 Agosto, 2011 en Portada, Prensa

Por Gloria de la Fuente | Directora del Programa Político de la Fundación Chile 21

Para nadie en Chile es un misterio que el clima político y social en nuestro país ha ido cambiando y que se expresa en la masividad que han alcanzando las movilizaciones sociales. Primero fueron las múltiples marchas en rechazo al proyecto Hidroaysén, luego las manifestaciones a favor del matrimonio igualitario y desde hace algunos meses, las multitudinarias movilizaciones estudiantiles solicitando cambios en el sistema educacional y también reformas más estructurales al sistema político. A ello se suma la expresión ciudadana cada vez más extendida que se manifiesta a través de jornadas importantes de “bocinazos” y “cacelolazos” que empiezan a tomarse las calles en distintos lugares del país.

No cabe duda que este fenómeno sintoniza también con los llamados “indignados” que hoy se expresan en distintos países de Europa. No obstante, es claro que en el caso chileno confluyen una serie otros fenómenos que podrían estar en la raíz de lo que observamos y que requieren cierta atención particularmente desde quienes hoy ostentan espacios de representación para poder enarbolar respuestas adecuadas y no simplemente parches que finalmente terminen transformando las reformas en fines y no medios para mejorar nuestro sistema político.

En este sentido, y para ser justos, hay que reconocer que la expresión de malestar es mucho más profunda que la mera insatisfacción con el gobierno de turno -aunque sus decisiones u omisiones contribuyan a agravar la crisis mermando sus niveles de aprobación y amenacen su gobernabilidad- porque ella es propia de un modelo de desarrollo que ha significado en muchos aspectos profundizar desigualdades y perder la confianza en la capacidad que tiene la política para proveer sentidos y construir un proyecto de sociedad donde nadie se quede fuera. De hecho, ya el informe de desarrollo humano del PNUD del año 1998 daba cuenta de la paradoja del “modelo de modernización chileno” que objetivamente producía buenos resultados pero que al mismo tiempo incubaba importantes grados de insatisfacción y malestar en las personas. A ello se suma, por cierto, bajo nivel de confianza en las instituciones propias de la democracia como el parlamento y los partidos políticos y una baja sistemática y relevante de la participación electoral, que en definitiva pone en tela de juicio nuestro sistema de representación.

Desde esta perspectiva, lo que me parece está en juego es un cambio de paradigma respecto a nuestra concepción misma de democracia. En efecto, podríamos reconocer la existencia de tres estadios en la democracia, que corresponde a tres formas de entenderla. La primera, aquella ligada a los procedimientos e instituciones, donde las elecciones y la representación cumplen un rol relevante. Una segunda dimensión, que contiene a la anterior, que agrega a ello derechos civiles y políticos, como el reconocimiento del derecho a la libertad de expresión, la transparencia, protección contra la discriminación, administración de justicia, entre otros. Por último, un tercer estadio que tiene que ver ya no sólo con los procedimientos o con los derechos civiles y políticos, sino que también con el reconocimiento y el respeto de derechos sociales y económicos. Esta última concepción de la democracia es, en el fondo, una forma de concebir la sociedad que garantiza a los ciudadanos un “piso mínimo” para la realización social, económica y cultural de su proyecto individual, pero también del colectivo social. Esta misma concepción ya había sido trabajada hace algunos años por el PNUD, cuando se refería a la necesidad de que las democracias avanzaran hacia la construcción de ciudadanía política, civil y social, como un imperativo para el pleno desarrollo democrático.

Por qué es relevante esta distinción? Porque me parece que mientras desde la élite política la tendencia natural es hacia respuestas de carácter procedimental (que implica una serie de reformas al conjunto del sistema político para mejorar la representación), lo que hay en el seno de clamor callejero es mas bien una demanda por mayor justicia social, es decir, con el reconocimiento de derechos sociales y económicos que de alguna manera logren romper las desigualdades, se hagan cargo de la necesidad de que el modelo de desarrollo alcance de verdad para todos. No cabe duda que hablamos entonces de dos planos distintos de democracia, donde los ciudadanos han complejizado su demanda y el mundo político, con contadas excepciones, parece sufrir de sordera crónica.

Ello no obsta, por cierto, la necesidad de emprender de todas formas un conjunto de reformas políticas que de alguna manera logren “destrabar” el sistema político, pero transformar estas iniciativas en un fin en sí mismo, contienen en peligro potencial de defraudar una vez más a las ciudadanas y ciudadanos.

Por eso es tan importante lo que han hecho los estudiantes, porque han puesto en el centro la igualdad como consigna, porque han reivindicado el valor del derecho a algo tan básico pero trascendente como es la educación para el desarrollo de una sociedad. De esta manera, si no se atiende la profundidad de esta petición, seguramente esto será pan para hoy y hambre para miles mañana.

Publicado en “La Tercera-Blog” el 11 de Agosto de 2011