La nueva oleada de políticas en América Latina

Publicado : 26 Octubre, 2010 en Portada, Prensa

Por María de los Ángeles Fernández | Directora Ejecutiva Fundación Chile 21

image
Susana Villarán, en Perú; Dilma Rousseff y Marina Silva, en Brasil; Cecilia López, en Colombia, y Laura Chinchilla, en Costa Rica. Son algunos de los nuevos nombres que han emergido en la escena política latinoamericana. En general, son exitosas profesionales, de origen urbano, de extracción socioeconómica media o alta y con estudios universitarios, pero que enfrentan un duro obstáculo: lograr el reconocimiento de sus pares.

Michelle Bachelet supuso un punto de inflexión en materia de participación política femenina. No sólo fue la primera mujer en ser elegida Presidenta en un país importante en América Latina, seguida luego por Cristina Fernández, en Argentina, sino que reivindicó un estilo de liderazgo femenino. A la hora de los balances, es inevitable no tener la impresión de que el género estuvo más vinculado simbólicamente con ella que con las mujeres en su conjunto.

Dejó su mandato sin concretar una ley de cuotas y habiendo tenido, en total, 19 ministras que hoy día se encuentran en la penumbra política. Solamente una, Carolina Tohá, actual presidenta del PPD, ostenta un protagonismo importante. El balance de las elecciones parlamentarias de 2009 es agridulce: si bien se pasó de dos a cinco senadoras, las diputadas descendieron de 18 a 17. Terminó entregándole la banda presidencial a Sebastián Piñera, el abanderado de la centroderecha, que movilizó con más éxito el voto femenino.

Pero ¿habrá alguien que se atreva a decir que su presidencia para la causa femenina fue en vano? Por el contrario, ha pasado a convertirse en una referencia inexcusable, así como Margaret Thatcher ha devenido, con o sin justicia, en una suerte de antimodelo. El nombramiento de Michelle Bachelet como secretaria general adjunta de ONU–Mujer convierte a Chile en una providencial atalaya para observar a las mujeres políticas cuyos nombres comienzan a sonar con fuerza en los distintos países de la región.

Los medios hablan de Keiko Fujimori y Susana Villarán, en Perú; de Dilma Rousseff y Marina Silva, en Brasil; de Cecilia López, en Colombia; de Laura Chinchilla, en Costa Rica, y de Beatriz Paredes y Josefina Vázquez Mota, en México, por nombrar a algunas. Forman parte de una nueva oleada de liderazgos femeninos. Interesa, más allá de los números, saber quiénes son o cuán distintas o similares son de sus predecesoras en términos de su biografía; las particularidades de los contextos en que emergen; los obstáculos que enfrentan; las estrategias que utilizan para neutralizarlos y, especialmente, si están decididas a cambiar las condiciones de discriminación que enfrentan las mujeres en las sociedades que les tocará liderar.

En este marco, todas debieran mirar con atención la experiencia de gobierno de Michelle Bachelet, que llegó a ser candidata en un país conservador y que, si bien enfrentó dificultades durante su campaña, fue siendo Presidenta donde éstas se acumularon de manera incesante, viéndose obligada a dar respuesta no solamente a los dilemas de autoridad y de capacidad, sino a la subestimación permanente.

Los analistas políticos, incapacitados para dar cuenta de la finalización de su mandato con más del ochenta por ciento de aprobación, lo reducen a un asunto de pura simpatía o, sencillamente, abdican de mayores esfuerzos analíticos, refiriéndose a ella como un “enigma”.

Su caso muestra la forma en que el género se convierte en una variable relevante políticamente, así como su influencia e impacto en el liderazgo político. Un aspecto interesante es analizar cómo logró utilizar estereotipos propios del género para enfrentar contratiempos. Por ejemplo, se apropió de la tesis del “femicidio político” para graficar el fenómeno de sobremérito o las exigencias mayores a las que las mujeres se ven sometidas cuando ascienden a ciertas posiciones. De esta forma, logró conectar con sentimientos ampliamente difundidos en la población acerca de que a las mujeres se les exige más que a los hombres, en una misma función.

Por otra parte, al reivindicar un liderazgo femenino basado en la preocupación por los más vulnerables y sostenido por ideas como el cuidado y la empatía, pudiera haber contribuido a reforzar los estereotipos ya existentes acerca de las expectativas que existen acerca del comportamiento femenino. Es esta una dimensión que deberá ser explorada en el futuro.

El escenario en que emergen
¿Por qué hablamos de una nueva oleada? Que una mujer llegue a la presidencia de un país, en América Latina, ya no es algo extraño, aunque sigue teniendo carácter de excepcionalidad. En el pasado, y a partir de la década de los setenta en que se inaugura la llamada tercera ola democratizadora en el continente, ya lo lograron María Estela Martínez de Perón, en Argentina; Lidia Gueiler, en Bolivia; Ertha Pascal–Trouillot, en Haití; Rosalía Arteaga, en Ecuador; Janet Rosenberg, en Guyana; Mireya Moscoso, en Panamá, y Violeta Chamorro, en Nicaragua. Todas esas mujeres comparten, no tanto el vínculo familiar con un hombre, sino más bien el carácter de accidentabilidad de su llegada al poder, con carácter de interinato en varios casos. Por otra parte, solamente Chamorro y Moscoso fueron elegidas mediante el voto popular. Sin embargo, las mujeres que llegan ahora vienen pisando fuerte, avaladas por un respaldo interno obtenido en sus propias estructuras partidarias y luego, aspirando al apoyo popular, por la vía de las urnas.

Si tomamos en cuenta los datos de Idea Internacional en su documento “30 años de democracia: ¿En la cresta de la ola? Participación política de la mujer en América Latina”, lo hacen en momentos en que la presencia femenina en cargos de representación popular, especialmente en congresos unicamerales o cámaras bajas, ha aumentado a un 18,5%. Ello no habría sido posible sin la aprobación, en 11 países, de medidas de acción positiva o cuotas.

Adicionalmente, es posible observar un proceso de feminización de los gabinetes, representando ya un 24%, y avanzando en la ocupación de carteras asignadas tradicionalmente a los hombres. Aunque los prejuicios contra el género femenino siguen a la orden del día, lo hacen en contextos políticos y culturales más matizados, por cuanto la incursión de las mujeres en la arena política se observa con potencial sanador de una actividad que está ampliamente desprestigiada.

Su incorporación responde a una demanda de “feminización de la política” y no a una convicción acerca del valor de la igualdad política de género. Adicionalmente, se espera que puedan representar los intereses e identidades de las mujeres, introduciendo en las agendas políticas las temáticas de género. La preocupación no es irrelevante por cuanto varios países de la región permanecen herméticos a las cuotas de género y otros las han introducido, aunque ineficazmente, como es el caso de Brasil. Además, los gobiernos locales exhiben una asignatura pendiente para las mujeres, donde hay un estancamiento. Solamente Ecuador y Brasil exhiben porcentajes de dos dígitos en el número de alcaldesas. Además, la región viene asistiendo a la creación o reforma de instituciones relacionadas con la rendición de cuentas y la vigilancia de las acciones del Estado y, en ellas, la participación femenina es insuficiente. Nos referimos a las judicaturas, a comisiones especiales contra la corrupción o a favor de los derechos humanos, a instancias vinculadas con los servicios civiles y la dirección pública y a las auditorías, por nombrar algunas.

El perfil de las políticas
¿Qué tienen en común Susana, Keiko, Beatriz, Laura, Dilma, Josefina y tantas otras que podrían sumarse a esta nueva oleada de líderes políticas? En general, ya no son mujeres que sostienen sus carreras políticas en la figura de un varón, sea su esposo, padre o hermano, con excepción de Keiko Fujimori, cuyo vínculo filial con el ex Presidente Fujimori la coloca en un perfil cercano a las mujeres de la primera oleada. En general, son mujeres profesionales, de origen urbano, de extracción socioeconómica media o alta, que han estudiado en la universidad y han desarrollado carreras profesionales, muchas veces vinculadas con el aparato del Estado y, algunas, con importantes cargos ministeriales, como fue Dilma, quien llegó a ser mano derecha de Lula da Silva, Presidente de Brasil. Eso no exime el que, en sus vidas, la figura de un mentor, hombre, con quien se dice que mantienen una relación de privilegio, es importante. Son los casos de la misma Dilma y de la actual Presidenta de Costa Rica, Laura Chinchilla.

Igualmente, son mujeres que proceden de las entrañas de la política partidaria y nadie lo expresa mejor que la actual presidenta del PRI, Beatriz Paredes, que dirige una formación política con un atavismo relacionado con la propia Revolución Mexicana. Este perfil compacto, todavía un tanto oligárquico, comienza a fisurarse. La misma Beatriz inició su carrera como dirigenta agraria y Marina Silva es hija de una pareja de recolectores de caucho.

Aunque la condición de mujer puede ser un facilitador, no es menos cierto que en sus carreras políticas se ven obligadas, no ya solamente a enfrentar barreras, sino fantasmas cuya función de amedrentamiento puede ser eficiente. Es lo que viven Dilma y Susana. Su pasado “rojo” o “guerrillero” se erige como un arma que sus adversarios utilizan, aprovechando el temor del recurso a la violencia en sectores de las sociedades latinoamericanas.

Como parte de un guión conocido, es natural que también sus críticos movilicen la idea de que son mujeres sin autonomía, manipulables y susceptibles de ser instrumentalizadas por otros cuando lleguen al poder. Dilma vive la experiencia por estos días, enfatizada por el interés del propio Lula de vincular su liderazgo con el de su sucesora, en un intento de transferibilidad de su popularidad. No ha dudado en correr el riesgo de profundizar los estereotipos de género cuando la llamó “la madre del PAC (Programa de Aceleración del Crecimiento)”, iniciativa social emblema de su gobierno, y ya la experimentó Chinchilla, de quien sus contrincantes decían que era un títere movido por los hilos del “arismo” (en alusión al ex Presidente de Costa Rica, Oscar Arias).

Pero también existe la situación contraria. Por estos días, circula por Guatemala un mito urbano: no solamente se habla de las aspiraciones presidenciales que tendría Sandra Torres, esposa del Presidente en ejercicio, Alvaro Colom, sino que se hace referencia a ella como una mujer “malévola” y que lo domina.

Como la religión permanece como una dimensión importante de experiencia y sentido, buena parte de ellas se ven enfrentadas, en mayor medida que sus pares varones, a dar respuesta a los dilemas de la autonomía del cuerpo femenino y los derechos reproductivos. Dilma pudiera decirnos mucho acerca de las tensiones que vive, pronta a enfrentar la segunda vuelta, como exponente de un partido de izquierda y progresista, que aboga por las libertades individuales, haciendo guiños a la institución de la familia y viéndose forzada a firmar un compromiso de que, de ser elegida, no legislará a favor de las uniones del mismo sexo o ampliará las causales de aborto.

El avance femenino en política es consistente, pero insuficiente, habiéndose concentrado en las tres últimas décadas. Las líderes políticas se ven obligadas a enfrentar ciertos “ritos de pasaje” de manera de lograr no solamente el poder formal, sino su propio empoderamiento y reconocimiento de sus pares.

Se observa que las contiendas electorales obligan a utilizar, como táctica, las ideas preconcebidas y tradicionales acerca de las mujeres. Sin embargo, el afán de votos en el corto plazo no entiende la necesidad de trascender los estereotipos. Es lo que sucede en Brasil, cuando se asocia a Dilma con la figura de una madre. En Chile, las cosas no son mejores por cuanto, en una suerte de etapa “posmachista” asistimos a un discurso oficial que alude a los supuestos problemas que el acceso de la mujer al mundo laboral trae para la vida familiar o cuando se asocia al feminismo con la lógica de trinchera.

Buena parte de los avances están sustentados todavía en arena. No corresponden a patrones culturales afianzados, sino más bien a climas culturales cambiantes y manipulables. En ello, los medios juegan un papel importante, reforzando los estereotipos de género o bien cuestionándolos.

Pese a todo, ningún tiempo pasado fue mejor para las mujeres. Vienen a mi memoria las palabras de Isabel Allende al recibir recientemente el Premio Nacional de Literatura: “En los años de mi vida he presenciado cambios tan extraordinarios que ni la ciencia ficción los había concebido. No andamos en círculos, como los locos, sino en espirales, como las estrellas: un poco más arriba en cada vuelta. No retrocedemos, avanzamos en suspiros”.

Publicado en “Revista Ya” de “El Mercurio” del 26 de octubre de 2010