V Foro Anual del Progresismo

Publicado : 26 Octubre, 2010 en Agenda, Portada

V Foro Anual del Progresismo

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Renovar la política: crisis y recomposición del progresismo

Santiago de Chile, 11 y 12 de noviembre de 2010

La nueva versión del Foro Anual del Progresismo abordará, de manera problematizadora, la idea de renovar la política. Esa parece ser la consigna más repetida y, también, la más ambivalente, de los últimos tiempos. Carga sobre sus hombros las dudas sobre su contenido pero, al mismo tiempo, un importante caudal de esperanza. Sin embargo, no hablamos de cualquier política, sino de la política progresista, la política de la izquierda democrática.

Las democracias latinoamericanas asisten a la irrupción de esta promesa, en un marco de paradojas. Mientras se han ido instalando como democracias electorales, más parece alejarse de sí mismas la posibilidad de una igualdad de resultados. Los gobiernos de izquierda, en la región, han avanzado, a distintos ritmos, demostrando que pueden gestionar la economía tan bien como la derecha. Adicionalmente, un aspecto claramente reconocible es el avance hacia la instalación de sistemas de protección social que abrigan la aspiración de superar la fórmula neoliberal de la política focalizada y asistencialista. Sin embargo, en muchos casos, las transformaciones estructurales que permitan la superación de la desigualdad y del abuso siguen pendientes. Los ciudadanos de nuestros países, mientras tanto, han aprendido a valorar autónomamente la democracia, como sistema político y como forma de convivencia, con independencia de su resultado en términos económicos y sociales. Aunque la predisposición a los autoritarismos ha ido desapareciendo de las percepciones ciudadanas, la aceptación democrática encierra dosis importantes de resignación y, en muchos casos, un cierto cinismo frente a la actividad política.

Renovar la política es una apelación utilizada por actores políticos y por coaliciones, especialmente tras una derrota. Difícilmente se alude a ello mientras se está en el ejercicio del poder. Pero ¿cómo se está entendiendo y cómo se está llenando de contenido? En algunos contextos, se asocia con el cambio por rostros más jóvenes, interpretando la crítica a la clase política como una de corte generacional. En otros, se apela al cambio de estilos y se recurre a las nuevas tecnologías de la información para sintonizar con las demandas ciudadanas, incluso con la pretensión de sustitución de la implementación de fórmulas activas y presenciales de democracia directa. Sin embargo, hay un área de la renovación menos abordada: la relativa a los contenidos de la actividad política. Resulta difícil que esta tarea no incluya una reflexión inevitable: la relacionada con los modelos de desarrollo y las estrategias para lograr una transformación estructural que posibilite que la distribución no sea asumida como una dimensión “ex post” y en conciliación con la sustentabilidad ambiental.

En síntesis, la renovación de la política progresista no sólo debe limitarse al cambio de rostros, sino a una actualización profunda del diagnóstico de las transformaciones sociales profundas, expresados en programas políticos pero, indudablemente, también, en fuerzas políticas.

¿Cómo desafía este estado de cosas a las fuerzas progresistas en el mundo? La respuesta a esta pregunta, si bien se puede responder mejor hoy desde América Latina por los procesos interesantes que han venido teniendo lugar, no puede hacerse solamente en clave latinoamericana. En Europa, ya hemos visto, como la socialdemocracia alemana y el laborismo inglés han experimentado sus respectivas derrotas. ¿Qué explica la situación de los socialdemócratas alemanes y de los laboristas ingleses, así como el triunfo de Sarkozy, en Francia? Obama, en Estados Unidos, a pesar de instalar la necesidad de reformar el sistema de salud, no logra satisfacer el cúmulo de expectativas que estuvieron a la base de su candidatura. Nuestro continente se ha visto menos afectado que otros por la crisis financiera internacional de 2008. Dicha crisis brindó la oportunidad para que los gobiernos progresistas de la región desarrollaran una política activa de apoyo a los más vulnerables de sus sociedades, por cuanto disponían de la solidez fiscal para hacerlo, como fue el caso de Chile. Sin embargo, las elecciones presidenciales de 2010 dieron el triunfo, por primera vez en más de cincuenta años, a la derecha. ¿Cómo puede ser posible que un gobierno progresista atienda a sus ciudadanos más vulnerables, tenga una Presidenta con récord histórico de popularidad, y no tenga la capacidad de retener el gobierno? Como respuestas parciales, surgen las asociadas al agotamiento inevitable que produce el poder cuando se detenta mucho tiempo, las dificultades para captar las demandas ciudadanas en sociedades altamente complejas y fragmentadas, la intransferibilidad inherente a los liderazgos carismáticos (como es el caso Bachelet), o la incapacidad para transmitir a la ciudadanía la importancia de generar sistemas de convivencia sostenidos en valores como la solidaridad y el compromiso, que es una de las claves del proyecto progresista, frente a los promovidos por la derecha, asentados en el esfuerzo personal y las oportunidades, y que encierran cotas importantes de egoísmo, individualismo e indiferencia por los impactos sociales de la lógica de mercado.

Derrotas y dificultades se interpretan, en muchos casos, en clave partidaria. No podría ser de otra forma. Los partidos políticos son indispensables para el sostenimiento del régimen democrático pero, al mismo tiempo, concitan unánime rechazo ciudadano. En muchos casos, han terminado siendo aceptados como un mal necesario, pero ello no garantiza la legitimidad de la política. En lo que atañe a los partidos progresistas, la crítica es aún mayor por cuanto hacen de la participación y de la democracia la esencia de su corpus de principios. Los partidos progresistas, en muchas partes, se han ido convirtiendo en aparatos de poder y dependientes de liderazgos individualistas, incorporándose al “establishment”, perdiendo su conexión con la base social y priorizando lógicas tecnocráticas en la resolución de los problemas. El progresismo, inevitablemente, se ha dejado arrastrar por una de las dimensiones de la política, la que dice relación con el poder, dejando algunas veces de lado la preocupación por otras dos dimensiones connaturales al quehacer político: la identidad y el orden. Pero el progresismo no puede permanecer indiferente frente a este estado de cosas por cuanto, a diferencia de los neoliberales que postulan un mundo apolítico e incluso, antipolítico, reconoce que la política, no sólo cumple una función tutelar y ordenadora en todas las sociedades sino que es una dimensión insoslayable de la experiencia humana.

Es por ello que la quinta versión del Foro Anual del Progresismo se centrará, no tanto en los dilemas socioeconómicos que constituyeron el eje de la reflexión de sus anteriores versiones, sino en los cambios en la esfera política y en la organización política y, más concretamente, en la necesidad de actualizar las ideas y principios que sustentan el proyecto progresista. No se trata solamente de analizar lo sucedido con sus fuerzas políticas tradicionales sino de ampliar la mirada, incorporando fuerzas políticas que acogen demandas asociadas tradicionalmente al progresismo. Más aún nos asiste el convencimiento que se necesita, lo que pudiéramos llamar, “un nuevo progresismo” que desborde los domicilios partidarios corrientemente asociados a la izquierda.

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