Gobernar sin liderar

Publicado : 20 Julio, 2011 en Portada, Prensa

Por María de los Ángeles Fernández | Directora Ejecutiva Fundación Chile 21

Los cambios de gabinete, por distintos que sean los gobiernos, tienen un cierto aire de familia. Los del actual parecen inspirarse en la era Bachelet. Como ella, pretendió dejar a un lado la política, para otorgarle a la técnica el mejor derecho. Como ella, ha sobresalido en la defensa especial de un ministro. Como ella, ha debido resistir presiones de sus propios partidos. La “nueva forma de gobernar” pasó al mundo de las promesas, no tanto por errores e ineficiencias, sino por contener mucho de lo que anunció que erradicaría: la política de camarillas, expresada en la lucha por beneficios y el reparto de cargos.

Si bien sería injusto afirmar que la composición resultante es netamente gerencial, se mantiene un déficit sociológico que no logra reflejar el país real. Para remate, la salida de Von Baer, con afectar el ya escuálido porcentaje de ministras, expresa igualmente la poca estima que al Mandatario le merecen las capacidades femeninas. Sin duda, el ingreso al gabinete de Longueira y de Chadwick añadirá las dotes negociadoras que faltaban. Adicionalmente, contribuirá a que el Presidente gane las cuotas de autoridad informal que, hasta el momento, le eran negadas. Durante año y medio, sus socios de la UDI le regatearon confianza, estima, y, por cierto, también temor.

La pregunta es si su ingreso viene a proporcionar lo que los tiempos están demandando. A primera vista se mantiene un déficit severo de habilidades blandas, aquellas que permiten hacer la diferencia: credibilidad, empatía, humildad, más capacidad de escucha que de resistencia a las presiones y sensibilidad a las representaciones simbólicas. Por otro lado, hay coincidencia en señalar que enfrentamos una encrucijada en la que la política de acuerdos cupulares ha ido perdiendo legitimidad y, con ello, una cierta forma de procesar los conflictos, propia de la transición. La estrategia de reclutar ministros en el Senado va configurando, por la vía de sus reemplazantes por secretaría, una casta de senadores designados que no hace más que añadir argumentos para la irritación ciudadana. La democracia representativa es sacrificada en el altar de la gestión gubernamental, al tiempo que se carece de mecanismos de democracia participativa.

Con el cambio se gana un respiro. Sin embargo, sigue latente la disyuntiva que hace la diferencia entre gobernar y liderar: o se avanza en la resolución efectiva de los nudos de desigualdad que atenazan Chile o, por el contrario, nos enrumbaremos hacia el desvarío.

Publicado en “La Segunda” el 20 de Julio de 2011