Etnografía de una Marcha

Publicado : 25 Julio, 2011 en Prensa

Por Osvaldo Torres | Antropólogo. Miembro del directorio de la Fundación Chile 21

A las 11:00 am, en Plaza Italia, una mujer de edad agita una bandera feminista. Centenares de secundarios saltan gritando contra Lavín, tanto hombres como mujeres. Hace frío. La gente busca rostros conocidos o lienzos que los identifiquen con sus colegios, universidades o gremios. El tiempo pasa en medio de un bullicio de pitos, cornetas, chistes contra el gobierno o algún chascarro de una toma de liceo. La gente se sigue sumando en bloques, allá las adolescentes del Santa María (gritan: Somos del Santa María y cu.. todo el día; vienen las risas; otros con consignas contra la fuerza pública,

que en el centro de la plaza Baquedano observa); los de la Escuela de Medicina de la U de Chile con el lienzo y su logo; el comunal de Profesores de La Florida. Cada organización trae una impronta identitaria: un grupo viste de verde; otros con la máscara de los hacker; más allá una Escuela que marcha alrededor de una callampa gigante y varias pequeñas alrededor; las famosas chicas del colegio que exigen con lienzos de sostenes, que el Estado cumpla su papel de sostenedor de la educación; hay otros de un colegio emblemático que van pintados y unos universitarios que desfilan con el guanaco como estandarte y son aplaudidos. Las consignas denuncian el lucro en la educación; la deuda que contraen lo universitarios; la mala educación que no tiene solución; el problema de los “profesores taxi”; el gobierno relacionado con el negociado y que los políticos son todos iguales. Tiene un aire a comparsa de “fiesta de la primavera” que hacían en la primera mitad del siglo XX, si no fuera por el motivo que congrega.

Hay hombres y mujeres de todas las edades. De 14 a los 70 años; se mezclan, se observan. Los más jóvenes recurren a sus propios referentes (el thriller de M Jackson o Lady Gaga) imaginando un futuro donde su país pueda darle más cuotas de igualdad o los más viejos recordando lo que se perdió en los años ’70, pero ambos se articulan en el hartazgo al abuso del mercado. Las ropas varían en gustos y calidades, así se ven la moda artesa, pasando por las liquidaciones del retail y la prenda de marca. La tez mestiza y la baja estatura (de la que se queja Borghi) es predominante, pero hay rubios altos también. El modo de hablar, es más bien popular, muchos hablan como el perro de Lipigas, aunque con más garabatos. No se ven banderas de partidos políticos, ni líderes de éstos; aunque en el suelo ya se ven volantes del “partido revolucionario de los trabajadores-IV internacional”; otros que hablan de la revolución maoísta con Marx, Engels, Lenin y Mao y un pseudo poema anarquista; la dueña de LOM reparte un manifiesto sobre la educación escrito por Mario Garcés. Hay una masa que no se mueve, luego avanza unos metros y salta, se arremolina en torno a unas danzantes de música nortina, mientras pasa un camión que va con música de Chico Trujillo. ¿Es una fiesta popular o es una forma menos solemne de manifestación política en estos tiempos de ausencia de alternativas? ¿Es lo que han llamado un movimiento ciudadanista, circunstancial, efímero, cargado de una ética democrática pero sin objetivos políticos?

Lo que es evidente, para el que quiera verlo, es que esta marcha está socializando a las nuevas generaciones en un tipo de actividad política que estuvo ausente desde fines de los ’80, y que operará como referente para los años venideros. Se está ingresando al área de la política, tanto por que es una acción colectiva tras un objetivo que cuestiona la estructura que reproduce una educación estamental, como porque los marchantes saben que su demanda es resistida por el gobierno y que tiene apoyo en la sociedad. Es el inicio de la disolución de los arreglos individuales o meramente familiares, para resolver los problemas que aquejan a las familias y la sociedad.

Hay un giro cultural, pues la crítica es a un modelo educativo, pero en el fondo es al neoliberalismo como filosofía que organiza la sociedad. Estamos en presencia de la primera gran derrota cultural de la herencia de la dictadura cívico militar (los estudiantes gritan contra la educación de Pinochet), pues ha caído el velo que hacía ver como natural tanto las formas de organización institucional heredadas y administradas en la transición como el predominio del mercado.

El proyecto ideológico que se impuso y quiso despolitizar y tecnificar las soluciones, haciéndolas aparecer como “limpias” y “científicas” está desnudo. No cuenta con el apoyo mayoritario de los chilenos ni tampoco obtienen el consenso entre los de arriba. Muchos han pasado de la protesta a la articulación de alternativas, pero aún sin densidad suficiente. Hay una re-emergencia del vilipendiado “militantismo” -desplazando al “voluntariado” despolitizado y caritativo tipo “techo para Chile”-, pero esta vez aparece como compromiso con una causa (educación pública, la medioambiental, o laboral), aunque desarrolla su capacidad crítica contra las estructuras que reproducen las desigualdades.

En definitiva estas Marchas pasarán, pero los aprendizajes quedan. La “fiesta” no se contradice con la politización. La legitimidad neoliberal, tanto institucional como discursiva está resquebrajada a ojos de la población. Nuevamente la derecha se deberá enfrentar al viejo dilema: realiza un transformismo de su ortodoxia adaptándose a la nueva situación –tal como lo fue haciendo desde 1924 hasta 1970- o se rigidiza como minoría, tensando el cascarón democrático al intentar impedir que sea el pueblo soberano el que decida el rumbo de la nación.

Publicado en “radio.uchile.cl|Diario Electrónico” el 25 de Julio de 2011