¿Qué tan nuevo en la derecha?

Publicado : 10 Noviembre, 2010 en Portada, Prensa

 
Por María de los Angeles Fernández | Directora Ejecutiva Fundación Chile 21

NO SE JUSTIFICAN tantos ríos de tinta para dar cuenta de las mutaciones, con ínfulas refundacionales, que estaría experimentando la derecha. Cualquier novedad, si la hubiere, se explica más por la actitud de la oposición, al ver que sus banderas de lucha han sido usurpadas. Es más, lo que se busca es reciclar, en clave chilena, un término que tiene viejas resonancias: con el nombre de “neoconservadurismo”, ya se planteó en los años 70, siendo Reagan y Thatcher sus paladines.

Por otra parte, resulta inevitable no establecer asociaciones, por contraste, con la llamada “Nueva Izquierda”. No nos referimos a la fracción del PS criollo, sino a una tendencia política que emerge, en la década del 50, cuando las revelaciones de Krushchev sobre la dictadura de Stalin sacudieron al Estado soviético y al comunismo internacional. Históricamente, coincide con el movimiento de los derechos civiles en USA, el aplastamiento de la revolución húngara por los rusos, la campaña por el desarme nuclear y la revolución cubana. 

Tampoco los giros promovidos en estos días por el titular de Interior son algo inédito en la política chilena. Intelectuales europeos, frente al avance de la derecha en las parlamentarias europeas, a pesar de la crisis financiera internacional, intentaron revelar esta paradoja. Un lúcido artículo publicado en El País desempolva un estudio de Przeworski, de 2001, donde tras analizar los gobiernos danés e inglés, concluye que si un gobierno quiere seguir manteniéndose en el poder, debe hacer lo que hacía su competidor y mejorarlo.

Reconozcamos que la llamada “nueva derecha” supone un loable intento por incorporar temas extraños a su ideario tradicional, pero ya instalados en el sentido común ciudadano, como la preocupación por el medioambiente, los derechos humanos o el futuro de los pueblos originarios. Permanece refractaria, sin embargo, a otros temas propios de la modernidad, como los derechos de las mujeres y la igualdad de género. 

Por otra parte, a partir de algunas de sus políticas no se logra atisbar la superación de la desigualdad social. Es más, en algunos casos, se acentuará la segregación. ¿Qué producirán, si no, los liceos de excelencia que impulsa el ministro Lavín? ¿Qué señales se envían cuando se prioriza la familia monoparental por sobre otras formas posibles de vida? ¿Qué se pretende con el Acuerdo de Vida en Común, si no reservar el matrimonio para la pareja heterosexual? 

Por otra parte, la meritocracia a la que invita el ministro Hinzpeter, en apariencia igualitaria, ha devenido en una elite más soberbia, que ha reemplazado los títulos nobiliarios por los académicos. Alguna razón tiene la UDI cuando reclama los créditos por impulsar un verdadero “parteaguas”: una derecha que decidió internarse en territorios de los otrora cordones industriales de la  UP. Pero ¿se deben a esto sus éxitos o también a otros factores, relacionados con su acuciosa ingeniería electoral, a su disciplina y consistencia internas? Su énfasis en los pobres, sin embargo, no logra ocultar su urticaria frente a la diversidad. De ahí su preferencia por un solo tipo de familia o de credo religioso. 

El país ganaría, en todo caso, si toda esta batahola cristaliza en otro Zeitgeist, en un nuevo espíritu de los tiempos, al interior de dicho sector.

Publicado en “La Tercera” el10 de Noviembre de 2010