Borrando con el codo: a propósito del debate sobre el voto voluntario

Publicado : 04 Noviembre, 2010 en Portada, Prensa

Gloria de la Fuente

Por Gloria de la Fuente | Directora del Programa Político de la Fundación Chile 21

No hay duda que la Concertación atraviesa por un momento sumamente complejo. A la derrota de enero pasado le sigue ahora la necesidad de sobrellevar el luto con cierta dignidad para poder reconstruir un proyecto político que sea verdaderamente una alternativa de gobierno y no una sumatoria de recetas de políticas públicas sin proyecto político. A ello se agrega la evaluación cada vez más crítica de la ciudadanía respecto a la coalición, tal como ha quedado de manifiesto en los últimos estudios de opinión. No cabe duda que la reinvención de la Concertación no pasa sólo por un cambio de nombre, de rostros o de ideas, sino que también por un sentido profundo de una manera de hacer las cosas donde, al menos en apariencia, pareciera primar más el cálculo político que el interés ciudadano.  

Por esto es incomprensible que se quiera hoy borrar con el codo lo que se escribió con la mano en enero pasado, cuando se aprobó la reforma constitucional que establece la inscripción automática y el voto voluntario, sobre la que sólo resta un proyecto de ley. Esto por varios motivos que me parece necesario señalar.

Lo primero, es ilógico intentar retrotraer este debate a una discusión de principio entre aquellos que asumen la postura “republicana” del deber del voto versus quienes asumen el voto como un derecho. No hay entre ambos argumentos principistas una posición reconciliable.

Lo segundo, respecto al efecto electoral que esta medida puede tener, lo cierto es que existe suficiente evidencia internacional para tener presente que la voluntariedad del voto significa una baja en la participación electoral. Al desaparecer la amenaza de sanción, muchos optan por no votar en un clásico comportamiento freerider. De la misma manera, existen también algunos estudios que señalan que esta es una iniciativa que favorece la desigualdad, porque quienes tienden a votar son los más educados y quienes más tienen, en desmedro de los sectores más desfavorecidos, que no concurren a las urnas. No obstante, este no pareciera ser un argumento que, en última instancia, ponga el peligro la voluntad general y la legitimidad del sistema político, que puede encontrar también otros factores de descomposición y descrédito acelerado. Además, hay que preguntarse cuantos de esos 3.7 millones de personas, particularmente jóvenes, que ya están marginados del sistema, no obedecen a los sectores más desfavorecidos de la población. La desigualdad es una realidad hoy, no algo que construya ésta iniciativa.

Por último y más allá de todo este debate, que se ha prolongado casi por una década, lo cierto es que la Concertación se inflige un daño al borrar con el codo lo que escribió con la mano, porque instala la sospecha de un cálculo electoral desesperado tras una derrota que le costó salir después de 20 años del gobierno, sumándose a esta coyuntura específica, la alta popularidad del Presidente y su equipo. Las coaliciones y partidos cumplen con la labor no sólo de intermediar la relación de los ciudadanos con el Estado, sino que también con representar ciertos intereses y valores que pueden generar empatía e identidad con los ciudadanos.

Sabemos que la participación electoral en Chile ha ido bajando considerablemente en los últimos 20 años y que el padrón electoral se ha envejecido de manera preocupante. Sabemos que nuestro sistema electoral presenta altos niveles de predictibilidad y, en consecuencia, bajos niveles de competencia y que su reforma ha sido imposible – más allá del sistema de quórums heredado de la dictadura- porque quienes son juez y parte (los parlamentarios) no tienen incentivos suficientes para cambiarse a sí mismos las reglas del juego. Entonces ¿será la propia Concertación la que se haga cómplice del statu quo que implica mantener el sistema como está?¿será la propia Concertación la que privilegie la certidumbre del cálculo electoral por sobre el respeto a la palabra empeñada con los electores?. Por el bien de la reinvención que requiere la oposición, espero que no.