Usos (y abusos) del intervencionismo electoral

Publicado : 27 Agosto, 2008 en Prensa

Reconozcamos que su instalación en el debate público, particularmente en lo que a supuesto intervencionismo electoral se refiere, supone todo un éxito de la Alianza que, en estas lides, proyecta un lenguaje disciplinado, pero también carente de rigor y seriedad científica. Lo que tenemos hoy es la conversión de la intervención electoral en arma de contienda política. No sólo es preocupante la ansiedad por transformar en sistémicos un conjunto de hechos derivados de prácticas repudiables de desvío de recursos de ciertas reparticiones públicas y que deben ser sancionadas con total rigor, sin excepciones, sino que no abundan evidencias empíricas concluyentes que demuestren la existencia de una correlación entre intervención electoral y eficacia electoral, tal como señala Christian Gruenberg, del Instituto de Implementación de Políticas Públicas para la Equidad y el Crecimiento (Cippec), de Argentina.

No sólo por razones intelectuales, sino también morales y prácticas, debieran ser bienvenidos todos los intentos posibles por clarificar dicho fenómeno, sus límites y ambigüedades, máxime cuando nos encontramos en el corto horizonte temporal de un Gobierno de cuatro años que, en principio, no debiera aceptar maniatarse. Sin embargo, ironías de la vida, será quizás el que más obras mostrará en la materia con relación a sus antecesores.

El abanderado presidencial de RN ha asumido la lucha contra la intervención electoral con particular celo, por no decir obsesión. No sólo ha propuesto la creación de un ente que vele para que las autoridades no realicen campañas mientras ostenten un cargo, sino que ha llamado a crear una red de elecciones libres. Lo que se logra con eso no sólo es arrancar sonrisas irónicas, dado que Chile está bien conceptuado internacionalmente en la materia, sino sembrar la duda sobre los funcionarios públicos con el afán de convertirlos en interdictos, con sus derechos civiles de asociación y reunión en entredicho.

Sebastián Piñera ha llegado tan lejos en estas propuestas que ha terminado tomando una dosis de su propia medicina al aceptar reunirse con un grupo de funcionarios de Gendarmería, sin reparar -prudentemente- que esta actividad sería interpretada como una evidencia de lo que él tanto reprueba.

El tenor del debate se inclina peligrosamente por la pendiente de las prohibiciones, olvidando que éstas deben ser realistas y efectivas. Es probable que esta situación tenga algún parentesco con la intención del Gobierno de prohibir el aporte de las empresas a la actividad política el que, aceptemos resignadamente, se conducirá por otras vías. Más que reprimir de forma inconducente, el foco debiera colocarse en fomentar la transparencia activa, con sanciones reales y garantías de igualdad de acceso.

Los medios, por su parte, deben cumplir su rol fiscalizador. Las sociedades modernas han avanzado muchas veces por oleadas, particularmente en estos temas, abordando primero la transparencia y, posteriormente, la limitación y la equidad del gasto. El camino que se avizora es arduo. No por nada los alemanes califican este tipo de legislación como “interminable”.

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