21 de mayo: Por un análisis serio

Publicado : 24 Mayo, 2008 en Prensa

Resulta meritorio que haya sido posible reaccionar a las demandas coyunturales que han surgido al camino en estos dos años de mandato, como educación, probidad, justicia laboral y política indígena, manteniendo firme el timón de aquello a lo que el Gobierno aspira sea su impronta: la protección social.

Si intentamos un análisis más denso, evitando la intencionalidad electoralista de corto plazo, surge la necesidad de argumentar -a lo menos- contra tres señalamientos que se han formulado. El primero, las afirmaciones del abanderado presidencial de RN, Sebastián Piñera. Según éste, la Presidenta no ofrecería una visión de país aunque sí buenas intenciones. Este segundo añadido, lleno de paternalismo, no debe oscurecer la falsedad de lo primero.

El que al empresario no le agrade la visión de país al que la Presidenta aspira, pero por el que votaron 53% de los chilenos, no quiere decir que carezca de ella. Mientras Piñera estaría más fielmente representado por la frase de Margaret Thatcher, su correligionaria neoliberal, de que “no hay tal cosa como la sociedad. Hay hombres y mujeres individuales, y hay familias”, la Mandataria sostiene, desde su época de campaña, un relato orientador en términos político-programáticos: avanzar crecientemente en un proceso de inclusión de todos los chilenos, en perspectiva de comunidad, mediante el establecimiento de un sistema de protección social donde el Estado garantice derechos sociales a todas las personas, en virtud de su dignidad humana y no de su poder adquisitivo.

Suele plantear de manera sistemática que su deseo es contribuir, desde el Gobierno, a dar un salto cualitativo desde la matriz neoliberal de la dictadura hacia un estado social y democrático de derecho. Está claro que al empresario le disgusta que las políticas sociales en curso se asienten en premisas tales como derechos sociales, vulnerabilidad y universalidad (y no, como le gustaría, en asistencialismo y subsidiariedad).

La segunda se ha centrado en el rol que la Presidenta atribuye al Estado, planteándose de manera antojadiza que trasluciría una no valoración de la libertad individual o del emprendimiento. Padecemos una insuficiencia de Estado y a esto hemos asistido en las más recientes crisis, como la energética o la del Transantiago. No es que ambos asuntos hayan estado en manos de personas incompetentes o mal remuneradas, como se acostumbra a señalar en ciertos discursos sobre la reforma del Estado, sino que han obedecido a la ausencia de una valorización del rol estratégico y orientador que a éste le cabe por sobre las fuerzas del mercado.

Por lo demás, la Mandataria logra empatizar con lo que los latinoamericanos señalan en el más reciente Latinobarómetro: crecientes dudas sobre las bondades intrínsecas de la economía de mercado y un aumento por la demanda de más Estado.

La tercera ha sido la constatación de que asistiríamos a demasiados beneficios sociales, obviando las medidas para el crecimiento. El discurso no escatima esfuerzos en materia de inversión en innovación y competitividad, así como en educación, con el acento puesto en mejorar la capacidad del capital humano. Ambas áreas, a juicio de los expertos, son clave para que el país supere sus rezagos, según el último Informe de Competitividad Mundial. Sin embargo, surge la legítima duda sobre su impacto efectivo en las reglas del juego existentes, donde el Estado se mantiene relegado a una función compensatoria. Economistas como Sunkel e Infante vienen advirtiendo que la corrección apropiada del modelo no pasa sólo por el logro de una elevada tasa de crecimiento.

El problema no residiría tanto en la velocidad del crecimiento como en las profundas diferencias de productividad y calidad de nuestra estructura productiva, tanto en sus sectores productores de bienes como de servicios. Parece urgente, por tanto, dar un salto en un debate que se mueve entre el conservadurismo fiscal y el asistencialismo social.

Sin embargo, esta situación parece ser distinta en un área que no suscita las conversaciones ni atenciones que merece: el programa Chile crece Contigo. Esta política, en la que la Presidenta ha sido persistente, no sólo enfrenta la desigualdad sino lo que el especialista Esping-Andersen denomina la lucha “contra la herencia social”. La puesta en marcha de salas cuna, con el impulso realizador más eficaz de la historia política reciente, ayuda a resolver dos problemas: el de la incompatibilidad que enfrentan las madres que trabajan y el de la necesidad de una inversión productiva para las oportunidades de vida de los niños así como para la futura productividad de la sociedad.