Reformas políticas y convicción democrática

Publicado : 10 Diciembre, 2008 en Prensa

Aceptemos que éste es un orden de problemas que no hace vibrar a la ciudadanía. Tal como se expande una mancha de aceite se ha ido instalado en el imaginario colectivo, no sólo la idea de que los asuntos políticos no tienen mayor importancia o que resultan ajenos a la experiencia cotidiana, sino que su atención supondría desatender lo que se ha llamado ambigua y mañosamente ?los temas que realmente importan a la gente?. Al final del día, esto se ha remitido a una traducción cosística: plazas, alumbrado, alcantarillado, recogida de basuras y, cuando no, las inolvidables playa artificial y nieve cosmética que caracterizarán para siempre la gestión edicilia de Lavín en Santiago.

Por suerte, algunos sectores de la opinión pública comienzan a entender que la política cumple un rol tutelar, de forma que su conducción apropiada posibilita el buen desarrollo del resto de las actividades humanas al interior de una sociedad. Las instituciones políticas vienen ser una suerte de “metainstituciones”, que facilitan o entorpecen el desarrollo de otras actividades. En el caso de los partidos, que merecen sistemáticamente en las encuestas la desconfianza ciudadana, es conveniente recordar que son imprescindibles en toda sociedad democrática. Con ellos, sucede como con los impuestos. Pueden resultar antipáticos pero acatamos su existencia. Si alguien tuviera dudas, es cosa de observar la situación de países como Venezuela, que ha visto pulverizado su sistema de partidos. Mención especial merece el intento de modificar la actual ley de partidos políticos. De ellos puede decirse que son “luz fuera y oscuridad en la casa”. Siendo instituciones cuyo objetivo es viabilizar el principio de representación en los sistemas democráticos y procesar la complejidad social, a través de la agregación de las demandas ciudadanas, presentan en su interior evidentes dificultades para lograr ambos objetivos. Por el contrario, acostumbran a estar más cerca de las lógicas oligárquicas así como serias ineptitudes a la hora de procesar las diferencias entre sus miembros. El expediente de la expulsión no es el más eficaz, a la luz de los casos de Zaldívar y Schaulsohn. En lo inmediato, se requiere dar un salto, reconociendo su protagonismo en el mantenimiento del andamiaje político-democrático. Una de las normas propuestas es el impulso de una cierta disciplina por medio de las órdenes de partido “en asuntos en que se encuentren comprometidos los principios, programas o línea política”. Las discrepancias no se han hecho esperar y, desde la oposición, han surgido voces de rechazo. Es cierto que a nadie le gusta ser controlado pero resulta decepcionante comprobar, una vez más, la inexistencia de propuestas.

El paquete de reformas políticas ya está desafiando a la oposición a ir más allá de una actitud entre obstruccionista y zigzagueante. Piñera ha reconocido la necesidad de revitalizar la democracia. Pero ello no se acomete privilegiando sólo medidas de conveniencia, mareando al oponente o incurriendo en una suerte de chantaje con el arma de la intervención electoral. Que haya habido casos puntuales de manejo irregular de fondos públicos en campañas electorales no autoriza a la oposición a pedirle al gobierno que se amarre una mano a la espalda y no pueda realizar sus funciones hasta el último día, máxima en un gobierno corto de cuatro años de duración.

Autores como Pasquino nos recuerdan que la democracia es exigente, no sólo porque exige comportamientos coherentes con los objetivos definidos a través de la libre competencia electoral, sino porque tiene a la base un cierto corpus ético, lejano al relativismo absoluto. Dado que el presidenciable de la Alianza ha señalado que “los políticos muchas veces son buenos para hablar y no son buenos para hacer las cosas”, es de esperar por estos días que su liderazgo entregue señales consistentes de convicción con el mejoramiento de la democracia.