Complejidades del Estilo Presidencial

Publicado : 08 Enero, 2008 en Prensa

Mucha razón tiene Héctor Soto, en su columna del domingo pasado titulada “Las sintonías del poder”, cuando advierte que la Ciencia Política ha obviado la consideración de “las afinidades, los caracteres y las sintonías personales”. Basta analizar las mallas curriculares de los programas de pregrado y postgrado de la disciplina en Chile para percatarse de que la formación, en lo relativo a psicología política, brilla por su ausencia. Por otra parte, resulta riesgosa la afirmación de Ascanio Cavallo en su columna de ese mismo día, cuando postula que la renuncia de Velasco revelaría una cierta “ausencia de estilo”. Eso no es del todo cierto. Todas las personas poseen un estilo, un cierto talante, y eso no excluye a quien detenta la primera magistratura del país. No se puede afirmar que carece de él porque no se acerque al modelo que a nosotros nos interesaría. Mucho de ésto se percibe, por ejemplo, en los comentarios de los analistas cercanos a la Alianza que repiten, majaderamente, que asistimos a un “vacío presidencial”. Está claro que no resulta fluido ni fácil analizar el ejercicio del poder ejecutivo cuando quien comanda el país es una mujer ya que dicho poder es, seguramente, el más masculino de todas las áreas del Estado y no está exento de un dejo de ideología masculina que sirve como estándar de evaluación.

Nos vemos exigidos, por tanto, a integrar distintos factores en un marco de análisis más comprehensivo. Para examinar las decisiones presidenciales y sus implicancias, éstas debieran centrarse en la interacción entre el líder y el medio ambiente que lo circunda, tomando en cuenta el estilo y la ambición, por una parte, y las estructuras institucionales y las necesidades de la sociedad, por otra. Los estudios de caso realizados sobre el desempeño de mujeres líderes de países contribuyen a complementar este enfoque porque, además, se centran en el impacto del género, enfocándose en los obstáculos que surgen así como en las estrategias que impulsan para enfrentarlos.

Se ha tratado de capturar la esencia del estilo de la Presidenta a través de los tres ejes que conformaron su gabinete originario: paridad, caras nuevas y gobierno ciudadano.  Frente a los cambios ministeriales realizados se ha hablado de debilidad, cuando no de “promesas incumplidas”. Sin embargo, una interpretación alternativa hablaría de una mujer pragmática y adaptativa. No es ésta la tónica que ha dominado en el análisis.

Adicionalmente, es extraño que alguien que se caracteriza por su voluntad de diálogo y de trabajo en equipo, avalado por sus anteriores gestiones ministeriales, aparezca cortando los puentes de comunicación con su principal ministro. Es cierto que esto puede neutralizarse con otro rasgo de su carácter, ampliamente comentado, como es la desconfianza. Las interpretaciones han tendido a valorar la trayectoria experimentada del ex ministro, así como las contribuciones realizadas mientras estuvo en el gabinete, olvidando sus posibles deficiencias. Cabe preguntarse hasta qué punto su decisión incluiría ciertos cálculos políticos porque ¿qué costo tendría renunciar ante una Presidenta cuyo horizonte político, una vez que deje La Moneda, está en la nebulosa?, ¿quién se hubiera animado a renunciar ante Frei o Lagos, con carreras que no terminaban al salir de la presidencia? Alternativamente, ¿qué papel cumple la lealtad, tan valorada por la mandataria, en este episodio?

Porque estamos recién en la mitad del mandato presidencial,  parecen necesarias ciertas precisiones que complejicen el análisis, yendo más allá de las intrigas palaciegas, evitando sesgos y simplificaciones.