Cambio de gabinete: huyendo de interpretaciones banales

Publicado : 15 Noviembre, 2007 en Prensa

Dos matices al respecto: la paridad, aunque a muchos les pese, sigue vigente en la conformación del gobierno sólo que expresada en una acepción más flexible. Esta indica que ambos sexos deben estar representados en una correlación de 60/40. Afirmar que la paridad se ha desmoronado sólo da cuenta del poco o escaso conocimiento que se posee de este criterio que apunta a reconocer el valor de la igualdad política de género y porque la Presidenta, es cierto, ejecutó en su primer gabinete de marzo del 2006 un criterio más radical, con porcentajes equivalentes del 50/50. La Presidenta, en la primera hora, optó por un sistema de cupos exactamente proporcionales, adaptado a las mujeres. En cuanto a caras nuevas, éstas se mantienen plenamente, aunque coexistiendo con otros cracks de la política, que forman parte de la experiencia y acerbo concertacionista. No se entiende la insistencia en reafirmar que este principio se ha desdibujado poniendo sólo el acento en el ingreso de personas como José Antonio Viera-Gallo o de René Cortázar, olvidando reconocer la inclusión de caras  jóvenes como la de los ministros de Energía    -Marcelo Tockman- y de Medio Ambiente -Ana Lya Uriarte- , por no decir el rápido ascenso del meritocrático ministro de Justicia    -Carlos Maldonado-.

En cuanto a la impronta del “gobierno ciudadano”, tan incomprendida y caricaturizada desde la primera hora, nunca se fijó un criterio oficial. Fueron los medios los que insistieron en caracterizarla como una manera de propiciar mayores dosis de participación directa e ingerencia ciudadana en la toma de decisiones,  obviando que quizás tenga más que ver con la forma en que la presencia de la Presidenta, su manera de relacionarse y sus discursos, vinieron a llenar un espacio y una necesidad ciudadana de semejanza, empatía y proximidad.   La insistencia comunicacional en presentar los fenómenos, no sólo descontextualizados, sino de forma unidimensional, olvida que el terreno político está constituido por tres dimensiones, a juicio de Gamble  (2003): la política como orden, la política como identidad y la política como poder, y las tres son componentes cruciales de la experiencia y capacidad humanas. Resulta difícil combinar, en el ejercicio político cotidiano, las tres. El primer año de gobierno de Michelle Bachelet asistió a la preeminencia de una dimensión más expresiva de lo político. La subjetividad huérfana de los chilenos, un poco a maltraer por los desafíos del mercado y los embates de la globalización, pareció encontrar en la candidatura concertacionista esperanzas de reconocimiento y un cauce emocional que la política tradicional no es capaz de expresar. Sin embargo, la política es también poder, demostrando “una dimensión instrumental que formula la pregunta de quién obtiene qué, cuándo y cómo. Es el espacio en el que se toman decisiones respecto a quién ha de ser incluido y quién excluido, el modo en que se asignan los recursos, desde el reparto de nombramientos de cargos públicos hasta la distribución de impuestos y beneficios, así como las decisiones administrativas y reguladoras que son controladas directamente por quienes ostentan el poder”.

Un cambio de gabinete expresa, de manera paradigmática, esta situación. Pero la política es, también, orden, “expresando la dimensión reguladora de lo político que se plantea el interrogante de cómo debiéramos vivir. Es el espacio que determina el marco de todas las actividades sociales, la creación y puesta en práctica de normas vinculantes”.  Es altamente probable, y no podemos tener más que fe en ello, que el ministro Cortázar nos sacará del atolladero pero ¿cuál será el costo? No cabe duda de que, más temprano que tarde, habrá más autobuses en el paisaje urbano, se racionalizarán los recorridos y hasta existirá algún sistema computacional de control de flota pero ¿qué habrá sido necesario sacrificar para lograrlo? Ya las voces regionalistas expresan su descontento por esta asimetría de energías y recursos. Mario Marcel ha indicado que ?la lección no puede quedarse sólo en identificar los errores específicos del Transantiago, sino en reconocer en esta experiencia problemas más de fondo en nuestra forma de hacer políticas públicas que pudieran repetirse en el futuro?. ¿Sólo en la forma?, ¿se hubiera solucionado consultando más a la gente?, ¿o es que nos hemos topado con un problema mayor, relativo a los límites de un enfoque de prestación de bienes públicos por medio de intervención de privados?, ¿cuáles son las posibilidades y riesgos que, como sociedad enfrentamos, cuando seguimos depositando el goce y prestación de bienes públicos al sector privado?

Es éste un debate que, más temprano que tarde, no podrá seguir evitándose. En cuanto al análisis de la prensa internacional, los medios nacionales no han trepidado en titular ?El fin del romance de la prensa internacional y Bachelet? o, como señaló un columnista, ?Nos están mirando feo?. No es para sorprender que un país como Chile, que constituye una de las economías más abiertas del planeta y cuya experiencia política y económica reciente se ha erigido a la categoría de mito, sea auscultado con lupa, máxime cuando el gobierno es dirigido por una mujer, ya de suyo una rareza. Pero una cosa es señalar los aspectos críticos de la implementación de un plan de transporte urbano que, ya de por sí, es una experiencia bastante inédita y revolucionaria y lo otro es afirmar, como lo hizo The Economist, que la Presidenta carecería del peso intelectual que vendría a llenar el nuevo ministro Secretario General de la Presidencia.  Lamentable que ni siquiera el discurso mediático de dicho reputado medio haya podido librarse de viejas ideologías, atavismos y prejuicios sociales. Olvida el diario que, tras la sonrisa y carisma presidencial, hay una mujer que estudió Medicina y Defensa y que, como muchas mujeres que llegan a esas posiciones, han debido experimentar un proceso de sobreselección, pasando un triple filtro social que el sistema les impone para obtener su estatus: una selección social general, una selección patriarcal y una selección en cuanto a pioneras.

Decepcionante, a nuestro juicio, que un diario con esas características terminara mostrando la carga de prejuicios y de estereotipos que afectan la imagen de las mujeres políticas en los medios de comunicación. Estas y otras consideraciones, tan ajenas del tratamiento que los medios hacen de la realidad política actual, contribuyen a darle un poco más de espesura -a nuestro juicio- a la forma en que se abordan los problemas y se les entrega, a los ciudadanos, claves para interpretar la realidad.

Referencias: Gamble, Andrew (2003) Política y destino, Madrid: Siglo Veintiuno de España Editores.