"Por qué nos conviene adherir en plenitud"

Publicado : 12 Julio, 2010 en Prensa

La visita de Néstor Kirchner pone en nuestra agenda diplomática la aprobación parlamentaria del Tratado constitutivo de Unasur. Este hecho, pendiente desde hace algún tiempo, provoca diversas interrogantes en la opinión pública: ¿cuál es el objetivo de constituir un nuevo organismo regional? ¿No estaremos adhiriendo a una fórmula construida ad hoc por un país o un grupo de países con intereses diversos a los nuestros?
Más explícitamente, algunas voces dudosas señalan que Unasur es una “iniciativa bolivariana” (en alusión a un padrinazgo venezolano), que se orienta más a países que han optado por estrategias de desarrollo diferentes a la nuestra y que nos alejan de México.
Otra forma de enfrentar el tema es analizar la historia, aunque breve, del naciente organismo y examinar nuestra posición a partir de la experiencia concreta. ¿Qué nos indica la historia reciente?
Lo primero es casi una obviedad: que América del Sur es una región muy diversa en materia de regímenes políticos. Es así como en nuestro subcontinente conviven desde fórmulas de centroderecha como la colombiana, con países de marcado corte antiimperialista como el gobierno venezolano. Tenemos también países que están reorganizando su pacto social (como Bolivia y su proyecto de Estado plurinacional, junto a la refundación que el Presidente Correa busca para Ecuador). Por otro lado, los países del Cono Sur muestran una continuidad estabilizadora. Esta diversidad no ha sido obstáculo para la unanimidad de todos los gobiernos de la región en salir a defender la democracia y la integridad territorial de Bolivia con ocasión de la crisis que la afectara en 2008.
Y cabe preguntarse si la única diplomacia que nos conviene es aquella que podemos desarrollar con países parecidos al nuestro y que han adoptado similares opciones que nosotros. Estrictamente, esos son países que pueden ser nuestros socios privilegiados, pero no pueden transformarse en nuestros únicos interlocutores porque si Sudamérica es diversa, el mundo lo es mucho más.
Unasur, justo es reconocerlo, correspondió en gran medida a un esfuerzo desplegado por Brasil, que convencido de la necesidad de la concertación sudamericana para entrar en mejores condiciones a las convulsas aguas de la globalización, promovió su constitución. Su tratado fue fruto de largas negociaciones de todas las cancillerías y surgió como un organismo que expresaba la pluralidad de nuestra Sudamérica.
¿Nos conviene a los chilenos adherir en plenitud a este nuevo proyecto? En mi opinión, sí. La historia demuestra que hablando se entiende la gente, y para ello necesitamos foros donde todos podamos concurrir en igualdad de condiciones. Unasur lo garantiza.
Las anteriores pueden ser razones positivas. Examinemos las razones negativas. ¿Puede Chile negarse a ratificar el Tratado de Unasur, que ha sido avalado por todas las diplomacias de la región y ya ha sido ratificado por una media docena de Estados? De hacerlo, podemos hacerlo, basta que en el Congreso se construya una mayoría adversa. ¿Cuál sería el costo de ello?
Es innegable que todos los chilenos queremos entrar de lleno al siglo 21, profundizando nuestra opción de desarrollo. Al respecto, la historia enseña que es muy difícil que un país aislado alcance el desarrollo en medio de una región inestable. Justo es reconocer que la inestabilidad amenaza de diversas formas e intensidades a los países de América Latina y de Sudamérica. La única actitud realista ante ello es desplegar una fuerte y cooperativa diplomacia en la región, que contribuya a resolver esos focos de inestabilidad, ya se trate de amenazas trasnacionales (la delincuencia organizada) o producto de roces y crisis interestatales. Cooperar a ordenar el barrio, ser un buen vecino, implica asistir a las reuniones del vecindario y saludarse con todos. Es cierto que la diplomacia multilateral ha generado una maraña de organismos, y no todos exhiben una productividad siquiera media, pero desgraciadamente los organismos multilaterales no son como los software, donde las nuevas versiones absorben las antiguas. Sin embargo, al igual que cualquier computín, los países podemos elegir qué programa es el que más nos conviene usar.

La visita de Néstor Kirchner pone en nuestra agenda diplomática la aprobación parlamentaria del Tratado constitutivo de Unasur. Este hecho, pendiente desde hace algún tiempo, provoca diversas interrogantes en la opinión pública: ¿cuál es el objetivo de constituir un nuevo organismo regional? ¿No estaremos adhiriendo a una fórmula construida ad hoc por un país o un grupo de países con intereses diversos a los nuestros?

Más explícitamente, algunas voces dudosas señalan que Unasur es una “iniciativa bolivariana” (en alusión a un padrinazgo venezolano), que se orienta más a países que han optado por estrategias de desarrollo diferentes a la nuestra y que nos alejan de México.

Otra forma de enfrentar el tema es analizar la historia, aunque breve, del naciente organismo y examinar nuestra posición a partir de la experiencia concreta. ¿Qué nos indica la historia reciente?

Lo primero es casi una obviedad: que América del Sur es una región muy diversa en materia de regímenes políticos. Es así como en nuestro subcontinente conviven desde fórmulas de centroderecha como la colombiana, con países de marcado corte antiimperialista como el gobierno venezolano. Tenemos también países que están reorganizando su pacto social (como Bolivia y su proyecto de Estado plurinacional, junto a la refundación que el Presidente Correa busca para Ecuador). Por otro lado, los países del Cono Sur muestran una continuidad estabilizadora. Esta diversidad no ha sido obstáculo para la unanimidad de todos los gobiernos de la región en salir a defender la democracia y la integridad territorial de Bolivia con ocasión de la crisis que la afectara en 2008.

Y cabe preguntarse si la única diplomacia que nos conviene es aquella que podemos desarrollar con países parecidos al nuestro y que han adoptado similares opciones que nosotros. Estrictamente, esos son países que pueden ser nuestros socios privilegiados, pero no pueden transformarse en nuestros únicos interlocutores porque si Sudamérica es diversa, el mundo lo es mucho más.

Unasur, justo es reconocerlo, correspondió en gran medida a un esfuerzo desplegado por Brasil, que convencido de la necesidad de la concertación sudamericana para entrar en mejores condiciones a las convulsas aguas de la globalización, promovió su constitución. Su tratado fue fruto de largas negociaciones de todas las cancillerías y surgió como un organismo que expresaba la pluralidad de nuestra Sudamérica.

¿Nos conviene a los chilenos adherir en plenitud a este nuevo proyecto? En mi opinión, sí. La historia demuestra que hablando se entiende la gente, y para ello necesitamos foros donde todos podamos concurrir en igualdad de condiciones. Unasur lo garantiza.

Las anteriores pueden ser razones positivas. Examinemos las razones negativas. ¿Puede Chile negarse a ratificar el Tratado de Unasur, que ha sido avalado por todas las diplomacias de la región y ya ha sido ratificado por una media docena de Estados? De hacerlo, podemos hacerlo, basta que en el Congreso se construya una mayoría adversa. ¿Cuál sería el costo de ello?

Es innegable que todos los chilenos queremos entrar de lleno al siglo 21, profundizando nuestra opción de desarrollo. Al respecto, la historia enseña que es muy difícil que un país aislado alcance el desarrollo en medio de una región inestable. Justo es reconocer que la inestabilidad amenaza de diversas formas e intensidades a los países de América Latina y de Sudamérica. La única actitud realista ante ello es desplegar una fuerte y cooperativa diplomacia en la región, que contribuya a resolver esos focos de inestabilidad, ya se trate de amenazas trasnacionales (la delincuencia organizada) o producto de roces y crisis interestatales. Cooperar a ordenar el barrio, ser un buen vecino, implica asistir a las reuniones del vecindario y saludarse con todos. Es cierto que la diplomacia multilateral ha generado una maraña de organismos, y no todos exhiben una productividad siquiera media, pero desgraciadamente los organismos multilaterales no son como los software, donde las nuevas versiones absorben las antiguas. Sin embargo, al igual que cualquier computín, los países podemos elegir qué programa es el que más nos conviene usar.

Publicado en “La Segunda” 09 de Julio de 2010