"La guerra de Schmidt"

Publicado : 12 Julio, 2010 en Prensa

Cuando los chilenos no superan todavía el 27-F y un importante porcentaje sufre sus efectos en la forma de estrés postraumático, Carolina Schmidt, ministra del Sernam, nos dice que estamos superando la “guerra de los sexos” o, dicho de otra forma, la confrontación como fórmula para lograr la igualdad de oportunidades por parte de las mujeres. Sin embargo, miramos por todas partes y no vemos restos de esquirlas, ni de bombas ni de balas. Es más, tal afirmación desentona con el llamado a “unidad nacional”, proclive a la concordia, que el gobierno de Piñera ha venido invocando.

Que la ministra llame “guerra” al avance sostenido de los derechos de las mujeres, desde el año 1990 a la fecha, o es un exceso o vive en otro mundo. Es evidente que tal afirmación evoca caricaturas que rondan a la imagen de las feministas. Para enfrentar los problemas, hay que partir llamándolos por su nombre y lo que es ampliamente reconocido e, incluso, difundido desde los foros internacionales, es que las mujeres han estado subordinadas al poder e intereses masculinos, por un lado y, por otro, dicha subordinación se ha asentado en la división sexual del trabajo. ¿Entenderá la ministra por confrontar a develar la situación de desventaja y discriminación que hemos vivido las mujeres durante siglos y al hecho de demandar al poder político que las esferas, pública y privada, se organicen en función de la experiencia de ambos y no sólo de la masculina?

La ministra ha anunciado que, a diferencia de la administración anterior, no sólo se trata de fortalecer a la mujer en sus derechos sino desarrollar políticas que ayuden al hombre a entrar con fuerza en el mundo de la familia. No se entiende por qué ambas dinámicas se contraponen, cuando debieran ser complementarias. Pudiera equivocadamente pensarse que las feministas han dado la espalda a la familia cuando, lo que ha sucedido, es que sus planteamientos no son divulgados por los medios. Por otra parte, los gobiernos concertacionistas pueden haber fallado en incorporarla de manera más visible en sus discursos pero, aún así, son reconocidos los cambios legales y las políticas sociales desarrolladas, en particular, para sus integrantes más débiles. Que no haya existido una entidad responsable por su protección y fortalecimiento demuestra que no se buscó imponer una visión desde el Estado, habida cuenta de la aceptación cada vez más generalizada de la convivencia sin vínculo social. Añadamos que, desde un punto de vista práctico-administrativo, se optó por la lógica transversal, con medidas contenidas en un conjunto de políticas económicas y sociales. Ya la administración Bachelet reconoció la importancia de avanzar hacia la conciliación entre la vida personal y la vida laboral, dejando sentadas las bases de iniciativas tales como las llamadas “buenas prácticas laborales”. Involucrar a los hombres en las tareas domésticas es lo más loable que hay y le deseamos a la ministra la mejor de las suertes. Limpiar baños o fregar platos no gozan, ni de glamour ni de reconocimiento social. En esta hazaña no han resultado victoriosas ni siquiera las sociedades nórdicas, ampliamente reconocidas por su igualitarismo entre los sexos. El dilema es cómo la ministra logrará prestigiar socialmente este tipo de actividades en el mundo masculino, más allá de los avances que ya se identifican en algunos grupos de hombres que rondan la treintena, conocida como la “Generación Y”.

La afirmación de la ministra deja al descubierto lo que la mayoría advirtió cuando el gabinete fue nombrado: muchos pergaminos, notable homogeneidad social y mucha experiencia en el retail pero escaso conocimiento de los otros mundos posibles. La política tiene que ver también con la identidad, y el género es una de sus fuentes, junto con la nacionalidad, la religión, la clase social y la etnia. La demanda de derechos, por parte de las mujeres, se inicia en la constatación y reconocimiento de su propia identidad pero también de la diversidad al interior de dicho grupo, algo que a la derecha le cuesta comprender y asimilar. Por lo pronto, ya desde el Estado, se comienza a promover una visión familista y matrimonialista unilateral, no sólo falla en reconocer la diversidad de fórmulas existentes para vivir en conjunto sino que puede incurrir en algo peor: la estigmatización y la segregación.

Las vicisitudes que vive el proyecto de Acuerdo de Vida en Común (ACV) impulsado por el senador Allamand, para regular las relaciones entre parejas de distinto sexo; las voces udistas que se alzan para corregir el “sismo espiritual” que, en materia de valores, habrían supuesto los gobiernos concertacionistas y la creación de una “comisión de la familia” al interior de RN, partido en cuyas recientes elecciones internas triunfó la visión más conservadora, dejan corta la “guerra” de Schmidt porque lo que se nos viene encima es una “batalla” valórica, que algunos quisieran erigir a la categoría de “cruzada”.

Aquellos que pensaban que Piñera representaría a una derecha moderna y liberal se equivocaron, así como acertaron los que preconizaron que sería en el terreno de la aceptación de la diversidad donde Piñera tendría más oportunidades para mostrar de qué pie cojea.

Publicado en “El Periodista” 12 de Julio de 2010