"La tentación del escapismo"

Publicado : 15 Abril, 2010 en Prensa

El antipático endoso de responsabilidades por la prensa resulta inevitable mientras no se concrete el principio de responsabilidad política, que se traduce en que quienes tomaron las decisiones que derivaron en el penoso resultado electoral, asuman las consecuencias de sus actos.

Aquí no ha pasado nada. Esa es, en el fondo, la invitación que hizo Ernesto Aguila en su columna publicada en este mismo espacio, en relación con el posible análisis de las causas de la derrota concertacionista en las urnas. Si bien reconoce que es un proceso que resulta insoslayable, se inclina más por considerarlo inconducente, invitando a realizar una huida hacia adelante.

¿Y cuáles son sus argumentos? Por un lado, las consecuencias del 27-F no entregan las condiciones favorables de contexto. En política, tal parece que nunca existe la ocasión propicia. Si no es ahora, ¿cuándo? En el pasado, la Concertación estaba sumida en las tareas propias de la administración del poder, sin tiempo para ejercicios analíticos ni disquisiciones intelectuales. Ya en 1997, el resultado de las elecciones parlamentarias mostró una luz de alerta: la pérdida de un millón de votos. Aunque algunos intentaron buscar las causas, fueron amagados. La prensa logró, entre acierto y caricatura, atrapar los dos polos del debate. Se trataba de los autocomplacientes y los autoflagelantes.

Por otro, aduce que la tarea de identificar causas y responsables es de tal magnitud, que aspirar a la precisión resultaría un imposible. Además, se correría un riesgo mayor: un análisis superficial. Sus argumentos son reveladores de las dificultades que ha enfrentado la hoy oposición, no sólo para generar espacios deliberativos, sino para lidiar con el disenso. Tal parece que Aguila asimila la indispensable autocrítica con el intento de comprensión del misterio de la Santísima Trinidad y, la verdad, no se trata de tal cosa.

La Concertación cuenta con políticos lúcidos, así como con una pléyade de intelectuales, que pudieran contribuir a delimitar lo que son causas y consecuencias, así como factores estructurales, coyunturales y de más largo plazo. Hacer un ejercicio de esta naturaleza resulta no sólo terapéutico, sino pedagógico. Sólo de un diagnóstico razonablemente compartido se podrá obtener la serenidad y la lucidez para encarar los desafíos de futuro.

Por ahora, se ha recurrido a frases para la galería, de difícil comprobación. Como cuando se afirma que la Concertación no entendió el país que contribuyó a cambiar, que si la falta de disciplina y las rencillas, que si rostros demasiado repetidos, que si MEO es el causante, que si el conservadurismo de Hacienda o la dificultad, por parte de los partidos, para interpretar lo que supuso su llegada a La Moneda, formulada por la ex Presidenta Bachelet.

El cónclave realizado el lunes mostró un rostro de la Concertación, aquel mayestático y burocrático, de puestos y cargos, todavía demasiado tentado de mirar hacia atrás como la mujer de Lot, más que el de aquella coalición que podría invitarnos de nuevo a soñar.

Además, la autocrítica ayudaría a enfrentar dos asuntos pendientes. Por un lado, posibilitaría el desarrollo de liderazgos nuevos, que hagan preguntas, que desafíen ideas antiguas y que propongan otras nuevas. Este paso resulta indispensable en un conglomerado más inclinado, por ahora, a la defensa del legado y que comprende el liderazgo como un simple recambio de rostros.

Por otro, el antipático endoso de responsabilidades por la prensa resulta inevitable mientras no se concrete el principio de responsabilidad política, que se traduce en que quienes tomaron las decisiones que derivaron en el penoso resultado electoral, asuman las consecuencias de sus actos. No resulta presentable que se mantengan en las directivas partidarias aquellos que nos condujeron al actual estado de cosas.

Publicado en el Diario La Tercera (15.04.10)