¿Cancillería:Cambio de rumbo en Sudamérica?

Publicado : 08 Abril, 2010 en Prensa

El panorama sudamericano se caracteriza por una variada diversidad en materia de proyectos políticos y estrategias de desarrollo. Reconocer este dato es vital para comprender la región. Asumir la realidad siempre es vital para un buen diseño de política exterior.

Tomemos un solo dato y no menor: el tipo de relación que los países de la región buscan con los EE.UU. A grandes rasgos, podemos encontrar en nuestro subcontinente tres tipos de relaciones.

En primer término, ubiquemos a aquellos países que han optado por una estrecha alianza económica con los EE.UU., han conseguido firmar TLC o lo buscan denodadamente. La alianza no sólo es económica, sino que se extiende a ámbitos políticos e inclusive en algunos casos a lo militar. Como estrategia de desarrollo, se busca una apertura comercial junto a una progresiva desregulación. Colombia es el principal integrante de esta tendencia, y el Perú de Alan García hace esfuerzos por seguir los pasos de su vecino del norte.

En otro ángulo, tenemos a los países integrantes del ALBA, que estrictamente abarca más allá de Sudamérica, pero en nuestra subregión tiene el apoyo pleno de Venezuela, Ecuador y Bolivia, con una mirada de simpatía de parte de Paraguay. Los países del ALBA son refractarios a un entendimiento con los EE.UU.; más aun, varios de ellos lo perciben como una amenaza (Venezuela y Cuba en especial). Buscan construir formas de cooperación sur-sur y se definen por oposición a lo que denominan el “neoliberalismo”. Confieren un decisivo rol a la participación del Estado en la economía. Pero los ámbitos de discrepancia con los EE.UU. y sus aliados no se reducen a lo económico. Temas políticos (como la crisis hondureña o la relación con Cuba) y temas militares (como las denominadas “siete bases” colombo-estadounidenses) conforman, entre otros, una profunda distancia política, diplomática y económica entre este grupo y los EE.UU.

En tercer término, otro grupo de países busca una relación no confrontacional con los EE.UU. en el marco de una inserción global, de un regionalismo abierto. Con diversos niveles de inserción internacional, se busca construir un diseño equidistante de relacionamiento con las principales potencias del globo. Especial rol cumplen aquí las relaciones con los países asiáticos y los de la Unión Europea. Brasil, Uruguay y, hasta la fecha, Chile, han asumido esta posición.

Esta breve descripción muestra la diversidad a la que aludíamos al inicio. Puede que nos guste o no, pero eso no desmiente su realidad. Y sobre esa base debemos actuar. Tomemos este dato, y coloquémoslo bis a bis a la demanda de integración regional. ¿Es posible avanzar sustantivamente en un proceso de integración cuando existe tal diversidad de estrategias de desarrollo?

A menudo los análisis confunden deseos con realidades; eso es aceptable en la academia, donde el cuestionamiento crítico es casi un recurso metodológico, o en el ámbito periodístico, donde a veces lo que importa es el impacto noticioso más allá de la rigurosidad conceptual.

Pero es muy complicado confundir deseos con realidad a la hora de definir la política exterior.

Al inicio de una nueva administración, es legítimo preguntarse si mantendremos el perfil que nuestra diplomacia ha adoptado en los últimos años, o si viviremos innovaciones y en qué sentido.

Publicado en Diario La Segunda (08.04.10)