Los Damnificados del Gabinete

Publicado : 13 Febrero, 2010 en Prensa

No deja de resultar curiosa la comprensión que ha despertado la decisión del presidente electo, Sebastián Piñera, de prescindir de los partidos de la coalición que lo apoya a la hora de nombrar a los colaboradores que lo acompañarán en La Moneda. Ni siquiera ha sido necesario defenderlo argumentando que está haciendo uso de su legítima prerrogativa presidencial. Muchos pensarán que no tenía otra salida luego que su sector dirigiera buena parte de sus andanadas electorales contra el cuoteo partidista de la Concertación. Esta prescindencia se habría concretado, al menos, por dos canales: la no consulta a la UDI y a RN, por un lado y, por otro, nombrando a un nutrido grupo de independientes.

Tanta consideración contrasta con el debate público que se generó, hace justo exactamente cuatro años, cuando Michelle Bachelet nombró a los integrantes de su primer gabinete ministerial. Ya se señalaba en ese momento que, motivada por su objetivo de introducir diversidad (caras nuevas y paridad de género) había entrado en tensión con ellos al desoír las sugerencias partidarias. Algunos se animaban a recomendarle que, más que pasar por sobre los partidos, debía convencerlos sobre el beneficio que conllevaría esta decisión. Al final, la incorporación de miembros de Expansiva, aquella cosa poco asible y de difícil definición mediante el recurso a los conceptos políticos tradicionales, pero acerca de quien se tenía la certeza de su afán de influir en aquellos lugares donde se toman las decisiones importantes, vino a dar la razón. Hasta el día de hoy, aunque blindada por una popularidad fuera de todo pronóstico, más del 80%, a Bachelet se le adjudica buena parte de responsabilidad por el debilitamiento de los partidos que conforman la Concertación.

¿Por qué tanta dureza a la hora de juzgar a Bachelet, llegando incluso a esgrimir que ella no sólo no tomaba en cuenta a los partidos sino que, con su consigna de “gobierno ciudadano”, poco menos que pretendía erosionar la idea de democracia representativa y, por otra parte, tantos elogios hacia Piñera por su actitud de descarte de los consejos partidarios?, ¿encierra este doble estándar interpretativo algún asomo de machismo o es factible explicarlo por otras vías?

La respuesta pudiera ser más simple, pero también más riesgosa por las implicancias que tiene para la calidad de la democracia. Y es que los partidos políticos, para los sectores conservadores, son una concesión que el vicio hace a la virtud. ¿No se nos ha dicho, durante todos estos años, que la política no se ocupa de los “verdaderos” problemas de la gente? No olvidemos que su ideal es un mundo apolítico o, mejor antipolítico. De ahí la exaltación- muchas veces un tanto pueril -de los métodos de la técnica para solucionar los problemas.

Por otra parte, la incorporación de trece independientes al gabinete, personas presumiblemente incontaminadas de todo contacto con la vida partidaria por no haber dado el paso de firmar una ficha de militante, se presenta como garantía de asepsia política. Sin embargo, éste no es más que un hábil recurso para enfrentar el descrédito que salpica a todo aquello que se vincule con las dinámicas partidarias. Si analizamos la situación sin dejar que se nos pase gato por liebre cabe preguntarse si, en el mundo de la política, se puede ser realmente independiente y, por otra parte, cabe añadir si es bueno que sea así. Ya Carlos Larraín se ha apresurado a aclarar que cuatro de ellos son cercanos a su partido. La experiencia comparada demuestra que los independientes, para mantenerse en la vida política, terminan necesitando el apoyo de un partido aunque, obviamente, hay excepciones. No olvidemos el caso del ministro Velasco que, por un lado, no era cualquier ministro sino de Hacienda y, además, fue salvado varias veces por la campana (apoyo) de la propia Presidenta.

Se ha señalado que Sebastián Piñera tiene, en los días que vienen, oportunidades para subsanar esta situación. La primera, con los próximos nombramientos, a fin de incorporar la experiencia política de la cual parecen tan anémicos los ministros, así como de consultar la opinión de las toldas partidarias. A fin de cuentas, no hace mal que recordemos que una de las funciones que los partidos cumplen en las democracias modernas es la de reclutar y seleccionar el personal político. Más que sustituirla ¿no sería más conveniente generar los incentivos y los mecanismos para que la cumplan bien? Es cierto que ha habido abusos y extralimitaciones invadiendo, por un lado, más espacios de los razonables y, por otro, promoviendo a personas francamente mediocres que han introducido, en algunos puntos del aparato público, lo que el Contralor denominó la “cultura del despelote”. Pero el problema no se resuelve aplaudiendo el hecho de que el mandatario electo, para seleccionar a sus ministros, haya hecho uso de criterios de corte particularista tales como el conocimiento que tiene de algunos por haber compartido directorios, de otros por haber jugado un partido de tenis, por su amistad con los consortes o bien, derechamente, por haberlos llevado un fin de semana al idílico parque que posee en Chiloé. De esta forma, no mejora necesariamente la calidad de la democracia. Para que los partidos sean más eficientes en la selección de sus cuadros, se deben incorporar criterios de racionalización que pasa por disponer de controles ex ante y ex post de dichos procesos, por ejemplo.

La segunda oportunidad pudiera concretarse en la figura del Comité Político anunciado, que incluirá a partidos y parlamentarios, impulsando un trabajo más coordinado y unitario.

Por tanto, cuando hablamos de los “damnificados” del primer gabinete de Sebastián Piñera, está claro que no nos estamos refiriendo ni a los Allamand, ni a los Longueira ni a los Alvarez, sino a los partidos políticos, estructuras que no gozan del favor popular. En Chile, la percepción ciudadana sabe deslindar bien las cosas porque, según Latinobarómetro, si bien no despiertan credibilidad, la mayoría los consideran necesarios. No deja de resultar sano dar un vistazo a lo que sucede por el barrio para constatar su indispensabilidad para la canalización de la vida política. Ahí está el caso de Venezuela, donde la relación entre los ciudadanos y el Estado se resuelve mediante el recurso al vínculo mediático-emocional que utiliza Chávez y donde el sistema de partidos fue pulverizado, no logrando hasta el día de hoy levantar cabeza.

Publicado en el Blog de La Tercera