"Tiempo y relato"

Publicado : 10 Febrero, 2010 en Prensa

fernandezramil_m_de_los_angeleLa expectación ante el anuncio del equipo que acompañará a Sebastián Piñera ha servido para compensar otro tipo de debate, un tanto incómodo y deslucido, como es el relativo al destino de su cuantiosa fortuna. Las comparaciones conducen mecánicamente a preguntarse si hará suyas las promesas de Michelle Bachelet: “rostros jóvenes” y “paridad” de género. En cuanto a lo primero, es sabido que Piñera gusta rodearse de savia joven, demostrándolo tanto en su gestión empresarial como en sus proyectos políticos. Lo segundo es más discutible. Poniéndose el parche antes de la herida, advirtió que evitará “amarrarse” a ese tipo de criterios. De paso, intentó escudarse en el supuesto incumplimiento de la Mandataria. Craso error. La paridad, entendida como un tipo de acción positiva en la que los dos géneros tienen la misma representación, particularmente en los cargos políticos, tiene dos acepciones: la aplicación de cuotas en que ningún género tenga más del 40 ni menos del 60 por ciento o, en su versión más extrema, 50 y 50. La Presidenta Bachelet inició su mandato con la segunda y lo está terminando con la primera.

Piñera debiera incorporar un número razonable de mujeres en su gabinete, concordante con el avance femenino en distintas áreas de desarrollo del país, así como con la imagen internacional que Chile ha adquirido en el seno de las democracias modernas gracias al propio activismo presidencial en estos temas. De no ser así, entregará argumentos a los que temen el retorno de una derecha cavernaria, que gusta ver a las mujeres en los fogones y cuyo anhelo de modernidad es más discursivo que real.

Pero es la excelencia el criterio al que el Mandatario electo ha hecho, sin duda, más apelaciones. Por estos días, el debate público se ha visto asaltado por la antinomia “política vs. técnica”, señalándose que la aspiración al “gobierno de los mejores” oscila entre el engaño y la ilusión. Faltó decir que encierra un peligro para la democracia, por su tendencia a usurpar las labores de los representantes elegidos a la hora de diseñar la política.

El embrujo de la tecnocracia se vio devaluado tras el Transantiago. ¿No se nos dijo que sus cerebros eran expertos, con intachable pedigree académico? Como fuera, Piñera enfrenta una cierta incredulidad en la materia. Quizás, por ello, ha jugado con dos variables. Una es el tiempo. Se ha concedido una cierta parsimonia, así como un procedimiento de búsqueda que le ha permitido transmitir, al menos en apariencia, la sensación de acuciosidad. La otra es el relato. No en vano, junto con la necesidad de reeditar como método la “democracia de los acuerdos” de los noventa, ha propuesto la idea, con ciertas pretensiones épicas, de avanzar hacia una segunda transición como horizonte político, la que estaría marcada por el salto hacia el desarrollo. Para ello, a su juicio, debiera retomarse el eslabón perdido en materia de crecimiento. Los equipos de Piñera deberán sopesar los efectos de sus políticas. Los chilenos ya no son los de antes y parecieran más conscientes de sus derechos. La creatividad de los expertos se verá desafiada porque no se aceptará, de buenas a primeras, el desempolvo de las fórmulas tradicionales de la derecha económica. El riesgo menor es la reedición de aquel “difuso malestar”, diagnosticado por el PNUD a fines de los noventa, según el cual la sociedad percibía, no sólo que los frutos del crecimiento no llegaban a todos, sino que los avances materiales no derivaban, necesariamente, en satisfacción y felicidad. No es bueno olvidar que crecimiento y desarrollo no son necesariamente sinónimos.

Además, la búsqueda de excelencia y de capacidad acometida en la selección de sus ministros para este primer acto de una obra que durará cuatro años no debiera prescindir de otro elemento que ya Maquiavelo le recomendaba al Príncipe, si es que quería ser prudente. Nos referimos a la lealtad, virtud que en la derecha ha sido un bien escaso.

Publicado en el Diario La Segunda