Más allá de la ley: el verdadero desafío de la migración

Publicado : 25 Agosto, 2017 en Columnas Chile 21, Portada, Viviana Giacaman

| por Viviana Giacaman | publicado en “EL MOSTRADOR.CL” el 25/08/2017 |


El ataque de grupos supremacistas blancos en Charlottesville en Estados Unidos no es solo expresión de la xenofobia de Trump y sus huestes, sino también un problema mundial que refleja la tensión entre visiones que abrazan la diversidad de la globalización y enfoques de nacionalismo rancio o de racismo simplemente enfermo.

Chile es parte de ese debate. El flujo migratorio de los últimos años le ha cambiado la cara al país y hoy tenemos una sociedad racial y culturalmente más diversa, y se nota. El tema se comienza a instalar en la sociedad y en los medios de comunicación, e incluso ha gatillado respuestas desde el mundo político, como el proyecto de ley de migraciones propuesto por el Gobierno.

Esto abre la oportunidad de pensar y decidir no solo nuestra mirada sobre la migración sino también debatir sobre el tipo de sociedad que queremos tener en el futuro.

El proyecto de ley propuesto por el Gobierno busca modernizar la respuesta del Estado ante la migración, balanceando una política migratoria ordenada y segura con el respeto a los derechos de las personas. Si bien va a haber posturas diversas en la discusión parlamentaria –probablemente más acaloradas de lo necesario por la proximidad de las elecciones–, la creación de una bancada transversal por la migración es una noticia promisoria que indica que hay suficientes puntos de acuerdo como país.

Estamos de acuerdo en que es un tema complejo, que es necesario modernizar la legislación y que la migración es un fenómeno global con el que tendremos que convivir siempre. Por tanto, con más o menos tropiezos, es posible que en el mediano plazo tengamos una ley aprobada.

Hasta ahí vamos bien.

Sin embargo, la ley solo se hace cargo de la institucionalidad y procedimientos: visas, acceso a servicios públicos, requisitos para acceder a la ciudadanía, sanciones a quienes cometan delitos y otros. El desafío más importante no es legal, ni institucional ni burocrático. El desafío que tenemos es debatir si queremos ser un país que valore y proteja la diversidad e identidad de los grupos étnicos o religiosos, o uno que priorice el ser chileno y que, por tanto, asimile y homogeneice.

Este debate tiene también fuertes implicancias para la democracia: en pocos años va a haber una enorme cantidad de nuevos votantes, que no necesariamente decidirán sobre la base de nuestros clivajes ideológicos; nuevos ciudadanos que van a ocupar cargos de elección popular y que también van a ser influyentes en el mundo privado. Con políticas públicas adecuadas, la migración puede fortalecer al país, generar oportunidades para una democracia más robusta, aumentar nuestra integración en el mundo, potenciar la innovación, la competitividad y formas de desarrollo más alineadas con los desafíos del siglo XXI. Pero eso depende de nuestras decisiones, y por eso tenemos que abrir esa conversación hoy.

¿Estamos desbordados realmente?

El tema migratorio pone nerviosa a la gente. Cada vez es más común escuchar que estamos desbordados de migrantes, aunque los datos nos digan lo contrario: la última Casen muestra que los migrantes representan 2.7% de la población, es decir, solo 0.6% más que la misma encuesta en el 2013. Si bien efectivamente se ha registrado un aumento de 9.8% en el otorgamiento de visas entre 2015 y 2016, la cantidad de la población que es extranjera es muy baja si se compara con el 13% promedio de la OCDE o el casi 30% de la población en países como Suiza, Australia o Nueva Zelandia.

Entonces, ¿estamos desbordados? Todo indica que no, pero los datos objetivos no logran bajar la ansiedad. En el mejor de los casos existe escepticismo, pero en general hay una percepción negativa o abierto rechazo a los extranjeros. Se les asocia a un supuesto aumento de la delincuencia que no tiene ninguna base empírica o se especula que los recién llegados les están quitando trabajo a los chilenos. Afortunadamente también están los que entienden que la diversidad puede fortalecer al país y potenciar el desarrollo.

Experiencias internacionales

La larga guerra civil en Siria, los avances de ISIS y otros conflictos han generado nuevos desafíos para la migración mundial para los que aún no hay respuesta, pero tradicionalmente han existido en el mundo dos enfoques hacia la migración: multiculturalismo (Estados Unidos y Canadá) y asimilación (Francia).

Antes de Trump, la política migratoria de Estados Unidos ha sido de puertas abiertas. Se basa en la idea de que la diversidad es en parte sustento de su lugar como potencia mundial y, por tanto, se han creado políticas de retención de talentos que han mostrado ser efectivas: el centro mundial de tecnología e innovación, Sillicon Valley, probablemente no existiría sin migración asiática.

En Estados Unidos los grupos étnicos mantienen su cultura, tradiciones e idioma. En todas las ciudades estadounidenses hay letreros de tiendas o restaurantes escritos en chino, amárico, árabe o español. No es casual que exista un Chinatown en Nueva York donde casi no se habla inglés o un Little Italy, un Korea Way (que, por lo demás, está en medio de las calles más exclusivas de Manhattan) y tantos otros barrios que representan a comunidades nacionales o étnicas.

Lo mismo pasa en Canadá, donde se valora la diversidad y se promueve la migración. Pese a que la noche misma de la elección de Trump el sitio web oficial de migración de Canadá colapsó por la cantidad de visitas; pese a que más de 4 mil personas cruzaron la frontera en las últimas dos semanas –que obligó a abrir un estadio olímpico en Montreal como improvisado albergue para atenderlos–, Canadá no ha cerrado sus puertas. El Primer Ministro Justin Trudeau reafirmó la política de Canadá en un tuit: “Aquellos que escapan a la persecución, el terrorismo y la guerra, Canadá los recibirá sin importar su religión. La diversidad es nuestra fortaleza”.

En el extremo opuesto, el republicanismo francés busca la mantención de la identidad y cultura francesas, por lo que ha optado por la asimilación de los extranjeros. La prohibición de símbolos religiosos en las escuelas o la ley que no permite el uso del velo islámico (hijab) de Sarkozy el 2011 son muestra de ello. Francia enfrenta permanentemente la tensión entre su deseo de mantener su “identidad francesa” con la presión de grupos étnicos que buscan mantener su cultura, religión y costumbres. Como consecuencia, Francia debe lidiar con un problema que crece y que se manifiesta periódicamente con disturbios y violencia en las calles. La política de la asimilación está mostrando sus grietas.

Equivocadas o no, los países que han enfrentado migración han tomado decisiones deliberadas pensando en su futuro. Nosotros tuvimos esa oportunidad con las olas migratorias del siglo XX, pero la inacción causó que las así llamadas “colonias” –alemana, árabe, italiana y otras– sean hoy solo pintorescas expresiones de una identidad desdibujada.

Esta vez, sin embargo, tenemos la oportunidad de tomar una decisión consciente, estratégica y planificada sobre qué país queremos ser. Creo que la experiencia internacional y la dirección que está tomando el mundo muestran que –sin ser perfecta– la opción por el multiculturalismo es la acertada, pero es un debate que debemos asumir como país. Esta vez no podemos dejar que la inercia nos haga perder la oportunidad.