La Concertación: ¿una supernova política?

Publicado : 18 Enero, 2010 en Prensa

Mria. de los Angeles3La Concertación no es sólo una coalición de partidos. Algunos la definieron como un sentimiento, por su capacidad para concitar adhesión ciudadana, más allá de las entidades políticas que la integran. Ricardo Lagos lo sentenció bien: “La Concertación no es simplemente grupos políticos que se reúnen, porque está profundamente arraigada en el alma nacional”.

Sin embargo, en el último tiempo, también ha pasado a ser un acumulado de paradojas. La primera es la que alude a que los problemas que ha venido experimentando la coalición de gobierno son un producto de su propio éxito. La segunda es que los que ayer eran sus críticos acérrimos la reconozcan como la coalición más exitosa de la historia de Chile, cosa que no deja de ser sospechosa. Una tercera es que, a veces, en la vida el resultado electoral puede no resultar del todo decisivo para evaluar la actividad política.

Es reconocido ampliamente que la Concertación de Partidos por la Democracia, que ha gobernado Chile desde 1990 a la fecha, es la coalición de gobierno más duradera en la historia del presidencialismo, posibilitando, además de la instalación de las instituciones democráticas, el reconocimiento del país en los rankings de gobernabilidad democrática del continente.

En muchos países, distintos actores políticos envidian sanamente y en la distancia la capacidad de ponerse de acuerdo que han tenido las fuerzas políticas y democráticas chilenas. ¿Cómo es posible que la Concertación de Partidos por la Democracia pueda ser evaluada, con prescindencia de su posibilidad de lograr un quinto gobierno para Chile? Su explicación se encuentra, a nuestro juicio, en el hecho de haberse convertido en un fenómeno político inédito que, bajo condiciones no favorables, se ha mantenido por veinte inéditos años, desafiando las esperanzas de vida que los estudiosos de la realidad chilena le concedían.

Condiciones fundacionales
Efectivamente, la coalición debió enfrentar dos condiciones estructurales que, en teoría, dificultaban su camino: la existencia de un régimen presidencial con fuertes atribuciones institucionales y la inexistencia de mayoría parlamentaria. A pesar de ello, la Concertación llega al año 2010 con la fortaleza de un legado incuestionable, que la mayoría tiende a considerar como positivo, a pesar de la pléyade de analistas que han hecho su deporte favorito anunciar su derrumbe, lo que contrasta con la escasa reflexión histórica y analítica sobre dicha experiencia política.

Afortunadamente, ello ha venido a subsanarse en el último tiempo con la aparición de dos obras que intentan dar cuenta de la experiencia concertacionista, aunque en claves un tanto distintas. La primera, titulada “Más allá de los sueños, más allá de lo imposible. La Concertación en Chile”, en dos volúmenes, editada por las fundaciones Justicia y Democracia y Clodomiro Almeyda. En ella, se explica su surgimiento por “los valores comunes compartidos por las fuerzas sociales y políticas que convergen con ella”, indicando que éstos son los de justicia, solidaridad, igualdad y libertad. La segunda, titulada “Chile en la Concertación 1990-2010. Una mirada crítica, balance y perspectivas”, editada por la Fundación Friedrich Ebert, reconoce los avances logrados en todos los ámbitos, pero también revela las insuficiencias, así como los nuevos problemas que surgen como producto de la asimetría en la distribución del poder y la desigualdad en materia económica. A pesar de su matiz crítico, dicha obra no trepida en reconocer los aportes concertacionistas, a saber: manejo serio y sólido de su política fiscal; permanente preocupación por la reducción de la pobreza, por la equidad y la justicia social, así como avances en materia de equidad de género; fortalecimiento de la función jurídica con reformas importantes a la justicia y plena normalización de las relaciones cívico-militares, con acciones de justicia en materia de derechos humanos.

Los interesados en el tema no evitarán la tentación de clasificar el enfoque de ambas obras bajo el lente de aquella antinomia acuñada por la prensa a fines de los ’90 para capturar los dilemas internos de una coalición cuyos avances eran celebrados en los foros internacionales, pero que no dejaba de sentirse internamente torturada. Nos referimos a la polaridad de los “autocomplacientes” y los “autoflagelantes”, adjetivos atractivos a los fines periodísticos, pero que no contribuyeron mayormente a impulsar un debate al interior de la coalición, que siempre ha quedado encapsulado en estado pendiente y ahogado por las lógicas propias de un incrementalismo que ha ido sepultando la aspiración de reformas más estructurales.

Analistas como Cavallo afirman que “desde Aylwin, el movimiento centrífugo no ha cesado (al interior de la Concertación)”. Sin embargo, durante dos décadas ha logrado capear los temporales, bajo una adecuada combinación de adaptación y cambio. Es justo reconocer que es durante la actual administración, encabezada por Michelle Bachelet, que sus problemas han tendido a agudizarse. El clímax de los mismos se reflejó en la incapacidad para presentar un candidato único en la contienda presidencial de 2009, aunque los antecedentes pueden encontrarse en la ruptura de su tradicional disciplina electoral cuando presentó dos listas en las elecciones municipales de 2008 e, incluso, más atrás, cuando Lagos debió enfrentar a Lavín en segunda vuelta electoral en 2000. Fue en ese minuto que la derecha respiró más cerca que nunca en la nuca concertacionista.

Durante el actual período, han proliferado los intentos de explicación a la situación que vive la Concertación, centrándose más en las consecuencias que en las causas, poniendo el foco en los sucesos siempre más recientes y ojalá espectaculares, lo que evita la mirada histórica larga necesaria para entender un fenómeno como la Concertación, que hunde sus raíces en el período dictatorial, y con mucho recurso a la cuña pero que, al momento de su desmenuzamiento, nada explica. Ejemplos de ellos son las frases de “nada es para siempre” o que asistimos a un “cambio de ciclo”.

Otras ideas que han circulado acerca de las dificultades que viene enfrentando la coalición oficialista han aludido a una suerte de “ideología del gobiernismo” instalada en su seno (Cortés Terzi), que reproduciría las características de sistemas de partidos como coaliciones de intereses o partidos “holding”. Otros afirman que su hoja de ruta se habría agotado (Navia) o bien que se hace necesaria una reingeniería profunda (Letelier). Desde la oposición, y con el explícito objetivo de promover el llamado “desalojo” del gobierno, se ha señalado que la Concertación adolece de “fatiga de material” (Allamand).

Explicaciones y dilemas
En el último tiempo, han proliferado las explicaciones para comprender la irrupción de Marco Enríquez-Ominami, joven diputado ex PS, a la Presidencia. Entendiendo que tanto su candidatura como la de Jorge Arrate surgen de la matriz concertacionista, se ha hablado del agotamiento posible del proyecto, del pacto o de la alianza. Aunque no hay unanimidad en la materia, sí parece existir consenso en torno a las consecuencias nefastas de sus decisiones en materia de selección de candidatos, siendo la punta del iceberg la realización de primarias “de corto alcance” (o “truchas”, como las denomina Navia), lo que sería la evidencia palpable de su escaso compromiso democrático.

Los dilemas que enfrenta la Concertación comprenden una sumatoria de factores que abarcan desde prácticas, pasando por contenido y referentes orgánicos. Lo que sí parece evidente es que la Concertación fue eficaz mientras fue dinámica y pudo tanto adaptarse a los cambios del entorno como constituirse en sí misma en un factor de cambios. Un ejemplo de lo primero fue la decisión de promover la candidatura de una mujer a La Moneda, aunque es justo reconocer que la historia hubiera sido distinta si ella no hubiera sido ungida previamente en las encuestas. Un caso de lo segundo es la incapacidad para impulsar reformas políticas con la misma velocidad que las reformas económicas, ámbito en el que Chile es considerado líder.

En este marco, puede inscribirse la tesis del académico Peter Siavelis, para quien la Concertación tiene la responsabilidad de fundar un nuevo modelo político-transicional a partir del reconocimiento de que enfrenta un conjunto de “enclaves de la transición” que estarían complotando contra una democracia representativa de calidad. Siguiendo la figura acuñada por Manuel Antonio Garretón, advierte que existe un conjunto de artefactos de la transición que, si bien tuvieron efectos benéficos en su momento, hoy resultarían disfuncionales. Al igual que los enclaves autoritarios, su carácter es multifuncional, han tenido efectos positivos en cuanto contribuyeron a la estabilidad y al logro del consenso y, además, beneficiaron a algunos que no quisieron verlos eliminados. Serían, a su juicio, la política de elites, el cuoteo en la distribución de los cargos, una política de cúpula de partidos fuertes, la falta de democratización de los gobiernos regionales y la política electoral y de selección de candidatos.

Concedamos que en el último tiempo, algunos avances se han hecho en materia de reformas políticas, siendo los más importantes la aprobación de una Ley de Acceso a la Información Pública y la posibilidad de la inscripción automática y el voto voluntario. Esto, con todo, es insuficiente para saldar los déficits que la democracia chilena ha ido acumulando.

Dictador y constitución
El germen de las tribulaciones que experimenta, sin embargo, es más lejano y tiene su anclaje en decisiones basales del pacto transicional, justificadas en su minuto por el protagonismo del ex dictador y por el rol de “guardianship” de la Constitución otorgado a las Fuerzas Armadas. Nos referimos a la aceptación del modelo de mercado, cristalizado en una Constitución que consagra el rol subsidiario del Estado y le otorga un rol sacrosanto al derecho de propiedad. En segundo lugar, la progresiva generación de instituciones tales como el Banco Central o el Tribunal Constitucional, y que han tendido a florecer como las esporas (Consejo Nacional de Televisión, Alta Dirección Pública y Consejo de Transparencia, por citar algunas), en las que su composición se consagró en base a la existencia de las dos grandes coaliciones, reproduciendo a su interior las anomalías que el sistema binominal produce en el Congreso y derivando en fenómenos que Moulian no ha trepidado en denominar como “empate” y “copamiento coalicional”, pero que encontramos más cercanos a los efectos que producen los procesos de cooptación: un compromiso donde ambas partes renuncian a parte de sus deseos y cambian algunos de sus fines, o la prioridad de éstos, a fin de lograr un equilibrio.

En ambos casos, la aceptación irrestricta del modelo de mercado y de la cohabitación institucional con la derecha han derivado en que los cambios de mentalidad y de inclinaciones de algunos miembros de la dirigencia concertacionista sean tan evidentes que no se puede más que pensar en los efectos del “síndrome de Estocolmo”.

Lo cierto es que el modelo de mercado, tal como lo ha demostrado la experiencia, tiene consecuencias culturales evidentes, como lo son el hecho de que hoy asistimos a una sociedad de mercado, como bien advirtió Lechner en su momento. Los imaginarios colectivos de sectores de la ciudadanía se han transformado. La Concertación, que se anquilosó en el clivaje “autoritarismo-democracia”, con dificultades reconoce que una parte de país, caracterizado por “Andrea, la vendedora de isapre” a que aludieron Aninat-Elacqua como representativa del votante promedio de clase media aspiracional, se siente más cercana al paradigma liberal de mercado que de los valores originarios de la coalición, aquellos que hablan de justicia social y solidaridad.

Por su parte, el amancebamiento permanente en las instancias aludidas y a las que Garretón bien denominó “poderes fácticos de iure”, han contribuido fuertemente a sustituir la idea de consenso sobre los medios, natural en una democracia, por el consenso sobre los fines. Nada lo grafica más que la preocupante apropiación, por parte de miembros de la dirigencia concertacionista, del término “igualdad de oportunidades” que, como bien nos advierte Bealey, posee la ventaja de que alude a la igualdad sin que necesariamente dé lugar a una sociedad más igualitaria. Y no hablemos de la mentada “meritocracia”, que es admirable por sí misma, pero inevitablemente conduce a una sociedad más agraviada.

¿Por qué sucede esto, a juicio de dicho autor? Porque garantizar legalmente los mismos derechos para acceder a las vías del progreso no equivale a igualdad de oportunidades; sólo sería equivalente si no existieran diferentes procedencias familiares. Y, eso, en Chile, no ocurre.

A los que conocen bien la historia política reciente de Chile y los valores originales que inspiraron la creación del pacto concertacionista les debe costar aceptar que las clasificadoras de riesgo-país o los organismos internacionales consideren que, en la quinta elección presidencial que el país ha vivido en democracia, ha sido indistinto quien gane.

Consecuencias
Los que moramos en esta tierra sabemos que no es así y que las consecuencias de la revolución conservadora que promoverá la Coalición por el Cambio desde el poder sólo pueden contribuir a una mayor desigualdad y a un nivel más creciente de abusos. Pero éstas son las consecuencias cuando una coalición, cuya mayor fortaleza es la diversidad, en vez de preocuparse de generar formas de canalización de debate y de disenso a su interior, se dejó caer por la pendiente de los acuerdos transversales y de la cooperación a todo evento, al punto de que lo que eran dos proyectos de país se han ido mimetizando. La imagen en el espejo que los otros nos brindan, sean países u organismos internacionales, es una urgente señal para refundar un proyecto que, junto con vivenciar los límites de su éxito, parece haber experimentado el descafeinamiento de su esencia original.

La Concertación de Partidos por la Democracia es una coalición de partidos; es también un sentimiento, pero puede ser también como aquellas estrellas cuya luminosidad experimenta súbitamente una enorme elevación para, luego, tender a debilitarse gradualmente. Es por eso, sin duda, que también puede ser considerada como una “supernova” política.

Publicación La Nación.