Reflexiones sobre la democracia representativa en Chile

Publicado : 03 Abril, 2017 en Columnas Chile 21, Javiera Arce, Portada

| por Javiera Arce | publicado en “LA TERCERA” el 03/04/2017 |


La democracia representativa es una alianza un tanto incómoda, así lo relata Hanna Pitkin (2004) en su ensayo del mismo nombre (an uneasy Alliance). La autora plantea que desde sus orígenes, la democracia consistió en un ejercicio político directo de los ciudadanos, que nace en la antigua Grecia, en que los hombres libres votaban y participaban en asambleas, sin cuerpos políticos intermedios. No obstante, para poder avanzar en eficiencia gubernamental las repúblicas modernas, decidieron incorporar la representación utilizada por las monarquías, quienes enviaban a sus representantes a cobrar los tributos a distintas partes de los reinos, a vigilar controversias y resolver asuntos de gobierno.

Tal como la conocemos en estos días, la democracia representativa en ciertas oportunidades tiende a sufrir tensiones (debe ser por este forzado matrimonio), por lo que el concepto de representación política ha sufrido fuertes cuestionamientos en estos tiempos.

Pitkin (1967; 2004) nuevamente nos entrega un marco analítico para poder encuadrar las distintas acepciones de un término tan complejo. Ella hace referencia particularmente a dos conceptos de representación: descriptiva y sustantiva, que vale la pena desarrollar, para intentar comprender los fenómenos políticos que están sucediendo en el Chile actual.

La representación descriptiva se refiere a que los representantes actúan basados en la conexión que poseen con sus grupos de electores y actúa en la lógica del reflejo/semejanza (espejo). En cambio, la representación sustantiva conlleva al ejercicio de la representación política por medio de la detección de los intereses ciudadanos, y se espera que el “representante actúe a favor del interés de los representados” (Pitkin, 1967).

Diversos estudios de opinión púbica han reflejado sistemáticamente el desgaste de los partidos políticos en Chile, particularmente en los últimos diez años, éstos han venido decayendo estrepitosamente, alcanzando en la actualidad su nivel de confianza institucional más bajo, el cual no supera el 3% (equivalente al margen de error de cualquier encuesta). Por lo que se podría deducir que los partidos tradicionales ya no representan a nadie.

En un contexto de desencanto y de desgaste de los cuerpos representativos convencionales, han emergido una serie de alternativas, como Revolución Democrática, Movimiento Autonomista/Izquierda Autónoma, y otros grupos de izquierda que lograron confluir en el denominado Frente Amplio. Por otro lado, al interior del Partido Socialista Fernando Atria dio un respiro al conservadurismo y ha obligado a que se retomen una serie de discusiones políticas, al parecer olvidadas, fortaleciendo a uno de los sectores más críticos al establishment, y que pese a la renovación de rostros, cabe destacar que siempre ha existido en esas filas.

El domingo recién pasado el Partido Socialista celebró sus elecciones internas. Para sorpresa de la opinión pública, pese a su aparente falta de musculatura política, logró convocar una cantidad similar de adherentes a votar, que en la polarizada elección de 2015, alcanzando por completo su proceso de refichaje en todos los rincones del país.

El escenario esta vez resultó algo extraño. En un escenario que se plantea como desgastado y con mucha crítica (a veces beligerante) contra del conservadurismo político y el statu quo que representan los/as mismos /as de siempre, la lista C Unidad Socialista, que hizo confluir a los sectores mayoritarios del Partido Socialista, excluidos Izquierda Socialista (sector de Atria), Osvaldo Andrade, Maya Fernández Allende y Gonzalo Durán, alcanzó el 20% de la votación, versus el 80% que obtuvo la lista continuista a la gestión de Isabel Allende.

Es de común conocimiento la capacidad de movilizar personas que posee el Partido Socialista. Después de este ejercicio electoral quedó demostrado que sigue siendo un partido con raíces sociales fuertes, y que justamente son esas bases las que entregaron un contundente apoyo a una propuesta “moderada”, y que prometía compactar al Partido Socialista, a modo de prepararse para la difícil contienda presidencial del presente año, en que puede pasar cualquier cosa.

¿Qué nos dice este resultado? Hoy en día es difícil pronosticar resultados electorales futuros. En un escenario de descontento social e inmovilismo ciudadano, en un contexto de alto fraccionamiento del sistema de partidos y dificultades de ordenamiento de las élites partidarias, por lo que es probable que pueda pasar cualquier cosa. Sin embargo, es preciso hacer un alto en este punto, pues hay dos hechos que permiten una reflexión mayor.

Es importante aclarar que por lo general, no se deben comparar elecciones de diferente naturaleza, por lo que se recurrirá a la elección municipal de 2016 sólo para ejemplificar.

La elección en la comuna de Valparaíso y el triunfo del Frente Amplio el 2016, contó con un 69% de abstención electoral, en que las personas que habitan los cerros y aquellas menos educadas, decidieron simplemente marginarse de la elección. El alcalde Jorge Sharp obtuvo su triunfo, no sólo por el respaldo de sus adherentes, también contó con los votos de la Nueva Mayoría y de la Alianza, particularmente de sectores más educados, quiénes cansados de una deficiente y clientelista gestión municipal, no vieron otra opción plausible que apoyarlo, situación que le permitió ganar, pero contrario a lo que se piensa, no logró movilizar a los desencantados, pues la comuna registra incluso 3% más de abstención que la elección de 2012. Es importante agregar también, que las elecciones municipales (para tener cuidado con las comparaciones), poseen desde hace algunos años mayor volatilidad que otras. Por lo que no resulta extraño que desafiantes hagan perder a incumbentes que llevan años en sus cargos (Luna & Altman, 2011).

El segundo hecho es precisamente lo que pasó con el sector de “izquierda” del Partido Socialista, que si bien logró movilizar personas, no pudo reclutar un número significativo de militantes que le permitiera disputar la hegemonía del aparente conservadurismo encabezado por Álvaro Elizalde.

Si pensamos entonces en el concepto de representación sustantiva, de sectores que se atribuyen la delegación de poder de las bases, será necesario detenerse a pensar y reflexionar sobre el posible éxito del Frente Amplio.

Beatriz Sánchez, sin duda es una de las figuras más atractivas en la carrera presidencial. Nadie dudaría jamás de su profesionalismo, franqueza y carisma, pero su grupo político si bien está aglutinando el enojo colectivo, la plantilla parlamentaria, ha sido poco estudiada, y procura crecer a costa de la Nueva Mayoría y no de la derecha. Situación que podría complicar los ánimos, encontrando reacciones beligerantes en su contra, por parte de sectores con quienes deberían tender puentes, en un Chile que requiere de transformaciones profundas. Obviando el componente de la representación sustantiva del pueblo, incluso sin formar parte de éste.

La ciencia política afirma que los electores, siempre buscarán situarse en posiciones intermedias, alejándose de la confrontación dura y radical en la arena política (teoría del votante medio), por muy mediática que sea la candidatura, los votantes tenderán a rechazar el conflicto, la confrontación y las posiciones extremas.

Será preciso observar entonces los acontecimientos en este convulsionado año electoral, que recién comienza.

Fuentes:

Luna, J. P., & Altman, D. (2011). Uprooted but stable: Chilean parties and the concept of party system institutionalization. Latin American Politics and Society53(2), 1-28.

Pitkin, H. F. (1967). The concept of representation. Univ of California Press.

Pitkin, H. F. (2004). Representation and democracy: uneasy alliance. Scandinavian Political Studies27(3), 335-342.