Un pacto republicano

Publicado : 19 Marzo, 2017 en Carlos Ominami, Columnas Chile 21

| por Carlos Ominami | Publicado en “LA TERCERA” el 18/03/2017 |


CHILE NO va bien. Ya no lo decimos solamente los que desde hace años venimos alertando sobre el deterioro de la política, la entronización de la desconfianza, la baja en la calidad de la gestión pública o la pérdida de dinamismo de la economía.

Existe hoy día consenso al respecto. Y cuestión clave, éste incluye a todos los candidatos presidenciales. Simplemente para ilustrar, Ricardo Lagos afirmó que Chile enfrenta “una crisis institucional profunda”; Sebastián Piñera sostiene que “el país está en decadencia” y Alejandro Guillier, que “Chile…está paralizado”.
Surge la pregunta clásica: ¿Qué hacer? Es evidente que las respuestas difieren según la posición política de cada cual. Unos sostienen que es el exceso de reformas el causante de todos nuestros males. Otros piensan, por el contrario, que es la falta de reformas profundas la que nos ha llevado a esta situación. Hay también muchos que están convencidos que las reformas eran necesarias pero que han sido mal concebidas y peor implementadas. En esto no existe acuerdo posible. Habrán siempre fuerzas conservadoras que, con que diversos argumentos, buscarán frenar los impulsos reformadores.

Necesitamos, sin embargo, un acuerdo que genere el espacio y provea las herramientas para dirimir de manera constructiva nuestras discrepancias. La campaña presidencial podría ser una gran ocasión para confrontar propuestas en este plano.

Desgraciadamente no lo está siendo. Lo que más se escucha son descalificaciones y ataques al voleo. Por este camino de mediocridad es seguro que volveremos a protagonizar un nuevo “caso de desarrollo frustrado”, según la célebre expresión de Aníbal Pinto.
El pacto impuesto que hizo posible la transición se agotó. Se requiere de un nuevo acuerdo que le inyecte energía a la democracia. Para alcanzar el desarrollo necesitamos una democracia dinámica con instituciones robustas y prestigiadas. Para lograrlo requerimos, como lo propusimos recientemente con M.A.Garretón, de un gran Pacto Republicano.

Es normal que existan diferencias importantes en materia, por ejemplo, de régimen político, amplitud de los derechos sociales, profundidad de la regionalización o autonomía de los servicios. El debate permitirá precisar posiciones, generar consensos y delimitar las diferencias. Éstas deberán ser resueltas mediante la expresión de la soberanía popular.

Se plantea así la necesidad de definir la naturaleza del proceso a través del cual generar un conjunto de reglas e instituciones que sean asumidas como propias por la ciudadanía. Éstas deben cumplir con varias condiciones, pero hay una que es decisiva: la legitimidad.

Y ésta solo podrá otorgarla un proceso constituyente que abra espacios amplios de participación a todas las fuerzas políticas y sociales. No existe otra forma de recomponer un sistema político tan gravemente dañado como el nuestro. Ningún arreglo que no resulte de una deliberación ampliamente participativa será considerado como legítimo y capaz de reconstruir el lazo entre la sociedad y la política. A pesar de las múltiples reformas que se le introdujeron a la Constitución de 1980, ésta no logró legitimarse. La idea de una nueva Constitución goza de un respaldo muy mayoritario. Chile está maduro para un ejercicio de este tipo. Hay que escuchar a la ciudadanía e incorporarla creativamente al debate de manera que se sienta parte responsable, con todos los derechos que le corresponden pero también con los deberes que la vida en comunidad impone.