“Enfrentamos no solo el riesgo de una derrota electoral, sino también cultural e ideológica”

Publicado : 18 Diciembre, 2016 en Portada, Prensa


Luego de meses de silencio, por una delicada situación de salud, el ex senador expone con crudeza el escenario de su sector político, resume con la palabra “despilfarro” su balance del Gobierno y arremete contra la “soberbia” y la “ignorancia” de la generación Boric-Jackson-Sharp. [Álvaro Valenzuela M.]


Fidel Castro. Ese día de agosto, Carlos Ominami (ex senador, ex PS) recordó de inmediato la crisis de salud sufrida por el cubano hace una década. Afectado por una peritonitis producto de una diverticulosis, Castro rehusó someterse a una colostomía y optó por otro procedimiento, que no dio los resultados esperados. Fue el comienzo de su fin.

En un hospital público de Beja -una ciudad de 25 mil habitantes, en la región del Algarve, Portugal-, Ominami se enfrentó hace cuatro meses al mismo dilema. Estando de vacaciones en el sur de ese país junto con su pareja y un par de amigos, sufrió repentinos dolores de estómago que lo obligaron a internarse de urgencia. Los antibióticos no dieron resultado y el doctor le planteó la situación y su gravedad: una peritonitis puede tener desenlace fatal. “¿Cuánto tiempo?”, preguntó el ex parlamentario. Aludía al período en que debería permanecer colostomizado. Cuatro meses, fue la respuesta. Dos horas después entraba a pabellón.

Lo difícil vino luego. Primero, en el posoperatorio, cuando sintió un dolor de cabeza de una intensidad desconocida. “Cuando uno está en esos estados de sensibilidad, piensa lo peor. No debo tener solo diverticulosis, debe ser un tumor y hasta aquí no más llegamos, sentí”. Se trató de un malestar pasajero, pero en las semanas siguientes se enfrentó a lo que sí era real: las limitaciones que impone una colostomía. “Yo soy una persona de buena salud; por lo mismo, la operación me produjo una sensación de precariedad, de fragilidad, y lo de la bolsita ya era… el autoestima por el suelo”, recuerda ahora, al referirse a lo que significa una colostomía, en la que se le realiza al paciente una apertura en el vientre, conectando el colon con un pequeño saco plástico para la eliminación de los desechos del proceso digestivo. Inevitablemente, la situación afectó su calidad de vida, hasta en cuestiones como aceptar una invitación a comer. “Lo hice dos o tres veces y lo pasé pésimo, porque siempre tienes la angustia de que te pueda pasar algo, porque uno no controla. No me pasó, pero mi único mecanismo de control era hacer algo que me hizo daño: no comer. Entonces, bajé como ocho kilos”.

Con todo, Ominami tuvo suerte y, en lugar de cuatro meses, pudo recuperarse en dos, cuando en octubre, ya de vuelta en Chile, se sometió a una nueva cirugía, esta vez reconstructiva. A estas alturas ha recuperado su vida normal (la semana pasada volvió a jugar tenis), y en esta entrevista retorna al debate público. “Animal político”, como él mismo se definió en un libro escrito junto a su hijo Marco Enríquez-Ominami, no ha dejado de reflexionar. Pensar en lo que han sido años agitados en lo personal (se separó e inició una nueva relación sentimental) y en lo público -la fiscalía lo formalizó a raíz de aportes de SQM a su candidatura senatorial de 2009, en un proceso que finalmente logró ganar, al establecer los tribunales su prescripción-. También en los efectos de la relativa soledad que le significó su alejamiento de la antigua Concertación. “He visto amigos que son especialmente amigos, que incluso han corrido riesgos políticos invitándome a cosas. Pero he visto varios que miran para el techo. Y unos poquitos que, cuando pensaban que Marco podía ser el futuro Presidente de Chile, llamaban cada dos días; pasaron dos años y no llamaron más”.

Por cierto, la reflexión también abarcó el actual panorama del país y de un gobierno al que califica en una palabra, “despilfarro”.

“Despilfarró -argumenta- las energías transformadoras que había en Chile. La gente ya no le hace la crítica a la política educacional o a la tributaria; la idea misma de reforma hoy se puede transformar en una mala palabra. Eso pone al mundo del que soy parte en una situación difícil. Enfrentamos el riesgo de tener el próximo año no solo una derrota electoral, sino también una derrota cultural, ideológica, que nos puede dejar heridos y marginados de la escena pública por un tiempo muy largo”.

“Sobreinterpretamos lo de 2011”

-Usted, desde hace mucho demandaba un gobierno más de izquierda. ¿Por qué, cuando llega ese gobierno, fracasa?

-Yo, lo que planteaba era que se requería un gobierno que se hiciera cargo de una necesidad de cambio que existía en el país. Y para eso no tiene que ser un gobierno de izquierda; puede ser uno sustentado en una alianza del centro y la izquierda, pero basada en la claridad. Y lo que se construyó en torno a Bachelet fue algo deliberadamente ambiguo. Aquí hubo de parte de muchos una mezcla entre oportunismo y cobardía.

“La Presidenta escuchó la voz de la calle, pero eso no basta, porque la voz de la calle eran grandes titulares y además era ambigua; sobreinterpretamos lo que ocurrió en 2011. Dijimos: ‘aquí está en cuestión el modelo’. Pero cuando uno miraba a los jóvenes que iban a marchar con sus padres, la verdad es que muchos no estaban cuestionando el modelo, sino la mochila de deuda que tenían, y si les resolvían esa deuda, a otra cosa mariposa. Hubo un trabajo político y técnico súper rudimentario… No es que este gobierno no haya hecho cosas importantes, pero respecto de las expectativas, ha sido un despilfarro”.

“Pongo el principal ejemplo: organizamos un movimiento para un plebiscito por una nueva Constitución. La propuesta era que el primer proyecto de este gobierno fuera una reforma que habilitara a la Presidenta para convocar a plebiscito, de modo que el pueblo dijera si quería cambiar la Constitución y a través de qué mecanismo. Desgraciadamente, el primer proyecto del Gobierno fue uno para transformar un bono en permanente. Ahí partimos mal. Toda la historia posterior tiene algo de patético”.

-¿Por qué el progresismo arriesga una derrota cultural y no solo electoral?

-Porque se generaron grandes expectativas. Parecía que este gobierno sería una cosa distinta, iba a ser efectivamente un nuevo ciclo, quizá más entroncado con la izquierda tradicional, con Allende. Pero hay un conocido pasaje de Marx: “Hegel dijo que la historia se repite. Se le olvidó decir que la primera vez es como tragedia, y la segunda, como comedia”. Vamos a hacer una gran reforma educacional, pero finalmente no es una gran reforma. Vamos a hacer una nueva Constitución, y terminamos en unos cabildos… Por cierto, en esa cita hay dos traducciones; yo prefiero la más suave: comedia.

-¿Cuál es la otra?

-Farsa.

“Aquí -continúa- hay expectativas que han sido frustradas, y un gobierno desentendido de su proyección hacia adelante”.

-¿No le interesa?

-Sienten que ya tienen suficientes problemas. Y creo que, al revés de lo que mucha gente piensa, de cómo por segunda vez (entregar el poder) a Piñera, psicológicamente se dicen que, como ya lo hicieron una vez, la segunda va a ser menos grave.

“Un Podemos chileno puede ser una tragedia”

-¿Y la izquierda está también resignada?

-Izquierda es un concepto relevante, pero no basta. La izquierda tradicional es una especie en extinción y para enfrentar ese riesgo hay que renovar el arsenal teórico y revisar muy bien lo que está pasando en el mundo.

“El intento que hicimos, de hacer del PS la casa común de la izquierda, no cuajó. Inmediatamente se produjo la división entre el PPD y el PS; luego, este se ha ido desangrando… La izquierda está con un grado de división, se confundió renovar con renegar, se llegó alguna vez a hablar de hacer un partido Concertación, una idea delirante…

-¿Por qué tanto?

-Porque era juntar en un solo partido a gente que piensa completamente distinto. No se llegó a eso pero se lo intentó. ¿Y cuál ha sido el resultado? Que la DC, que debió haber sido el centro, se comenzó a desangrar por la derecha, porque tenía un cierto complejo y no jugó su papel expresando claramente sus convicciones. El caso mayúsculo es 2013 frente a las propuestas de programa de Michelle Bachelet, donde simplemente hubo cobardía. Cobardía de gente que firmó un programa sabiendo que no le gustaba.

“Y frente a todo eso se está generando una nueva izquierda, que tiene energía, con una dimensión generacional muy fuerte…”

-¿Está hablando de Boric?

-Boric, Jackson, Sharp. Estamos cerca de que se pueda generar algo… lo llaman Frente Amplio, una gran expresión, pero no lo son.

-¿Por qué no?

-Porque el Frente Amplio es una referencia a Uruguay, donde se trata de una fuerza mayoritaria. Ellos no lo son. Más bien, estamos al borde de que se pueda constituir algo del tipo del Podemos en España.

-¿Y eso es bueno o malo?

-Puede ser una tragedia para este país y para la izquierda. Porque Podemos le permitió a Pablo Iglesias elegir a 80 diputados. Esto que se está constituyendo aquí le permite de repente a este “frente amplio” tener 20 diputados con el nuevo sistema electoral. Entonces, es un instrumento que puede ser muy útil para elegir congresistas, pero no va a gobernar nunca Chile. Y su conflicto principal va a ser con la izquierda tradicional, con el PS, el PPD, el PC. Sería una desgracia, porque significaría consagrar esta división de la izquierda que nos atraviesa desde la UP. Es una izquierda que se condena a ser testimonial, porque se instaló en una contraposición fatal: el mundo de los jóvenes contra el mundo de los viejos. Los que piensan así son los que creen que la historia partió con ellos. Eso es una mezcla de soberbia con una infinita ignorancia.

-Pero ellos ya notificaron que competirán en todos los frentes.

-Espero que eso no ocurra, y que pueda haber una convergencia progresista.

-¿Y eso qué significa?

-Reconocer que hay que superar a la izquierda tradicional. Retomar con fuerza el tema de la desigualdad, pero añadir otras dimensiones: una izquierda democrática, verde, sensible al feminismo, todo eso que yo llamo, a falta de otra palabra, progresismo. Abogo para que se produzca esa confluencia, de modo que podamos influir en las candidaturas presidenciales para que un eventual triunfo sea sustantivo, sobre la base ya no solo de la voz de la calle, sino una construcción más sofisticada. Y si nos toca perder, tener un núcleo de ideas que haga que esa derrota sea electoral, y no cultural e ideológica.

-¿Esta convergencia implica repensar los actuales partidos?

-La condición para que funcione es dejar de lado la dimensión orgánica. Eso es tema de los partidos. Yo lo que digo es generar un espacio para que hagamos una construcción político-intelectual que hoy no existe, y allí una contribución es Chile 21, la fundación que ha logrado sobrevivir estos 20 años.

“La DC debiera sincerar posiciones”

-¿Qué rol juega la DC? Sus dirigentes han insistido en que podrían llegar con candidato propio a primera vuelta y la izquierda ha dicho que eso sería gravísimo.

-Yo creo que el centro tiene que ser centro, y la izquierda, izquierda. Y la DC debiera, sin complejos, sincerar sus posiciones; tiene sí una dificultad: es un partido que tiene diferencias en casi todos los temas.

-Usted dice que la DC tiene que encontrar su camino, pero también dice que para hacer grandes reformas se requieren grandes mayorías. ¿Cómo se concilia?

-No es contradictorio. A mí no me gusta el centro-raya-izquierda; me gusta la alianza entre el centro y la izquierda. En esta lógica, una DC de centro, con muchos aspectos conservadores, podría adquirir una vitalidad que hoy no tiene. Tienen que sincerarse, y la izquierda asumir que los cambios se hacen con fuerzas mayoritarias, y hacer una coalición. Con todas las diferencias de un régimen parlamentario y de que los alemanes son los alemanes, allá fueron a las elecciones, la señora Merkel vio que no tenía mayoría en el Parlamento y negoció una gran coalición con el SPD. Se pasaron un mes, de cara al país, diciendo pongámonos de acuerdo, hicieron un mamotreto, y ese es el compromiso de la legislatura. Ahí no hay matices, letra chica ni notas a pie de página; hay un acuerdo.

-¿No le asusta volver a los tres tercios?

-No. Aquí hemos disputado el centro tratando todos de ser centristas; con ello, la izquierda se desangra por la propia izquierda, y el centro empieza a desarmarse por la derecha. Entonces, yo prefiero volver a un esquema de tres tercios donde la derecha es un tercio y de repente puede ser el más chico, a un esquema donde la derecha tiene el 40%.

Fidel Castro. Ese día de agosto, Carlos Ominami (ex senador, ex PS) recordó de inmediato la crisis de salud sufrida por el cubano hace una década. Afectado por una peritonitis producto de una diverticulosis, Castro rehusó someterse a una colostomía y optó por otro procedimiento, que no dio los resultados esperados. Fue el comienzo de su fin.

En un hospital público de Beja -una ciudad de 25 mil habitantes, en la región del Algarve, Portugal-, Ominami se enfrentó hace cuatro meses al mismo dilema. Estando de vacaciones en el sur de ese país junto con su pareja y un par de amigos, sufrió repentinos dolores de estómago que lo obligaron a internarse de urgencia. Los antibióticos no dieron resultado y el doctor le planteó la situación y su gravedad: una peritonitis puede tener desenlace fatal. “¿Cuánto tiempo?”, preguntó el ex parlamentario. Aludía al período en que debería permanecer colostomizado. Cuatro meses, fue la respuesta. Dos horas después entraba a pabellón.

Lo difícil vino luego. Primero, en el posoperatorio, cuando sintió un dolor de cabeza de una intensidad desconocida. “Cuando uno está en esos estados de sensibilidad, piensa lo peor. No debo tener solo diverticulosis, debe ser un tumor y hasta aquí no más llegamos, sentí”. Se trató de un malestar pasajero, pero en las semanas siguientes se enfrentó a lo que sí era real: las limitaciones que impone una colostomía. “Yo soy una persona de buena salud; por lo mismo, la operación me produjo una sensación de precariedad, de fragilidad, y lo de la bolsita ya era… el autoestima por el suelo”, recuerda ahora, al referirse a lo que significa una colostomía, en la que se le realiza al paciente una apertura en el vientre, conectando el colon con un pequeño saco plástico para la eliminación de los desechos del proceso digestivo. Inevitablemente, la situación afectó su calidad de vida, hasta en cuestiones como aceptar una invitación a comer. “Lo hice dos o tres veces y lo pasé pésimo, porque siempre tienes la angustia de que te pueda pasar algo, porque uno no controla. No me pasó, pero mi único mecanismo de control era hacer algo que me hizo daño: no comer. Entonces, bajé como ocho kilos”.

Con todo, Ominami tuvo suerte y, en lugar de cuatro meses, pudo recuperarse en dos, cuando en octubre, ya de vuelta en Chile, se sometió a una nueva cirugía, esta vez reconstructiva. A estas alturas ha recuperado su vida normal (la semana pasada volvió a jugar tenis), y en esta entrevista retorna al debate público. “Animal político”, como él mismo se definió en un libro escrito junto a su hijo Marco Enríquez-Ominami, no ha dejado de reflexionar. Pensar en lo que han sido años agitados en lo personal (se separó e inició una nueva relación sentimental) y en lo público -la fiscalía lo formalizó a raíz de aportes de SQM a su candidatura senatorial de 2009, en un proceso que finalmente logró ganar, al establecer los tribunales su prescripción-. También en los efectos de la relativa soledad que le significó su alejamiento de la antigua Concertación. “He visto amigos que son especialmente amigos, que incluso han corrido riesgos políticos invitándome a cosas. Pero he visto varios que miran para el techo. Y unos poquitos que, cuando pensaban que Marco podía ser el futuro Presidente de Chile, llamaban cada dos días; pasaron dos años y no llamaron más”.

Por cierto, la reflexión también abarcó el actual panorama del país y de un gobierno al que califica en una palabra, “despilfarro”.

“Despilfarró -argumenta- las energías transformadoras que había en Chile. La gente ya no le hace la crítica a la política educacional o a la tributaria; la idea misma de reforma hoy se puede transformar en una mala palabra. Eso pone al mundo del que soy parte en una situación difícil. Enfrentamos el riesgo de tener el próximo año no solo una derrota electoral, sino también una derrota cultural, ideológica, que nos puede dejar heridos y marginados de la escena pública por un tiempo muy largo”.

“Sobreinterpretamos lo de 2011”

-Usted, desde hace mucho demandaba un gobierno más de izquierda. ¿Por qué, cuando llega ese gobierno, fracasa?

-Yo, lo que planteaba era que se requería un gobierno que se hiciera cargo de una necesidad de cambio que existía en el país. Y para eso no tiene que ser un gobierno de izquierda; puede ser uno sustentado en una alianza del centro y la izquierda, pero basada en la claridad. Y lo que se construyó en torno a Bachelet fue algo deliberadamente ambiguo. Aquí hubo de parte de muchos una mezcla entre oportunismo y cobardía.

“La Presidenta escuchó la voz de la calle, pero eso no basta, porque la voz de la calle eran grandes titulares y además era ambigua; sobreinterpretamos lo que ocurrió en 2011. Dijimos: ‘aquí está en cuestión el modelo’. Pero cuando uno miraba a los jóvenes que iban a marchar con sus padres, la verdad es que muchos no estaban cuestionando el modelo, sino la mochila de deuda que tenían, y si les resolvían esa deuda, a otra cosa mariposa. Hubo un trabajo político y técnico súper rudimentario… No es que este gobierno no haya hecho cosas importantes, pero respecto de las expectativas, ha sido un despilfarro”.

“Pongo el principal ejemplo: organizamos un movimiento para un plebiscito por una nueva Constitución. La propuesta era que el primer proyecto de este gobierno fuera una reforma que habilitara a la Presidenta para convocar a plebiscito, de modo que el pueblo dijera si quería cambiar la Constitución y a través de qué mecanismo. Desgraciadamente, el primer proyecto del Gobierno fue uno para transformar un bono en permanente. Ahí partimos mal. Toda la historia posterior tiene algo de patético”.

-¿Por qué el progresismo arriesga una derrota cultural y no solo electoral?

-Porque se generaron grandes expectativas. Parecía que este gobierno sería una cosa distinta, iba a ser efectivamente un nuevo ciclo, quizá más entroncado con la izquierda tradicional, con Allende. Pero hay un conocido pasaje de Marx: “Hegel dijo que la historia se repite. Se le olvidó decir que la primera vez es como tragedia, y la segunda, como comedia”. Vamos a hacer una gran reforma educacional, pero finalmente no es una gran reforma. Vamos a hacer una nueva Constitución, y terminamos en unos cabildos… Por cierto, en esa cita hay dos traducciones; yo prefiero la más suave: comedia.

-¿Cuál es la otra?

-Farsa.

“Aquí -continúa- hay expectativas que han sido frustradas, y un gobierno desentendido de su proyección hacia adelante”.

-¿No le interesa?

-Sienten que ya tienen suficientes problemas. Y creo que, al revés de lo que mucha gente piensa, de cómo por segunda vez (entregar el poder) a Piñera, psicológicamente se dicen que, como ya lo hicieron una vez, la segunda va a ser menos grave.

“Un Podemos chileno puede ser una tragedia”

-¿Y la izquierda está también resignada?

-Izquierda es un concepto relevante, pero no basta. La izquierda tradicional es una especie en extinción y para enfrentar ese riesgo hay que renovar el arsenal teórico y revisar muy bien lo que está pasando en el mundo.

“El intento que hicimos, de hacer del PS la casa común de la izquierda, no cuajó. Inmediatamente se produjo la división entre el PPD y el PS; luego, este se ha ido desangrando… La izquierda está con un grado de división, se confundió renovar con renegar, se llegó alguna vez a hablar de hacer un partido Concertación, una idea delirante…

-¿Por qué tanto?

-Porque era juntar en un solo partido a gente que piensa completamente distinto. No se llegó a eso pero se lo intentó. ¿Y cuál ha sido el resultado? Que la DC, que debió haber sido el centro, se comenzó a desangrar por la derecha, porque tenía un cierto complejo y no jugó su papel expresando claramente sus convicciones. El caso mayúsculo es 2013 frente a las propuestas de programa de Michelle Bachelet, donde simplemente hubo cobardía. Cobardía de gente que firmó un programa sabiendo que no le gustaba.

“Y frente a todo eso se está generando una nueva izquierda, que tiene energía, con una dimensión generacional muy fuerte…”

-¿Está hablando de Boric?

-Boric, Jackson, Sharp. Estamos cerca de que se pueda generar algo… lo llaman Frente Amplio, una gran expresión, pero no lo son.

-¿Por qué no?

-Porque el Frente Amplio es una referencia a Uruguay, donde se trata de una fuerza mayoritaria. Ellos no lo son. Más bien, estamos al borde de que se pueda constituir algo del tipo del Podemos en España.

-¿Y eso es bueno o malo?

-Puede ser una tragedia para este país y para la izquierda. Porque Podemos le permitió a Pablo Iglesias elegir a 80 diputados. Esto que se está constituyendo aquí le permite de repente a este “frente amplio” tener 20 diputados con el nuevo sistema electoral. Entonces, es un instrumento que puede ser muy útil para elegir congresistas, pero no va a gobernar nunca Chile. Y su conflicto principal va a ser con la izquierda tradicional, con el PS, el PPD, el PC. Sería una desgracia, porque significaría consagrar esta división de la izquierda que nos atraviesa desde la UP. Es una izquierda que se condena a ser testimonial, porque se instaló en una contraposición fatal: el mundo de los jóvenes contra el mundo de los viejos. Los que piensan así son los que creen que la historia partió con ellos. Eso es una mezcla de soberbia con una infinita ignorancia.

-Pero ellos ya notificaron que competirán en todos los frentes.

-Espero que eso no ocurra, y que pueda haber una convergencia progresista.

-¿Y eso qué significa?

-Reconocer que hay que superar a la izquierda tradicional. Retomar con fuerza el tema de la desigualdad, pero añadir otras dimensiones: una izquierda democrática, verde, sensible al feminismo, todo eso que yo llamo, a falta de otra palabra, progresismo. Abogo para que se produzca esa confluencia, de modo que podamos influir en las candidaturas presidenciales para que un eventual triunfo sea sustantivo, sobre la base ya no solo de la voz de la calle, sino una construcción más sofisticada. Y si nos toca perder, tener un núcleo de ideas que haga que esa derrota sea electoral, y no cultural e ideológica.

-¿Esta convergencia implica repensar los actuales partidos?

-La condición para que funcione es dejar de lado la dimensión orgánica. Eso es tema de los partidos. Yo lo que digo es generar un espacio para que hagamos una construcción político-intelectual que hoy no existe, y allí una contribución es Chile 21, la fundación que ha logrado sobrevivir estos 20 años.

“La DC debiera sincerar posiciones”

-¿Qué rol juega la DC? Sus dirigentes han insistido en que podrían llegar con candidato propio a primera vuelta y la izquierda ha dicho que eso sería gravísimo.

-Yo creo que el centro tiene que ser centro, y la izquierda, izquierda. Y la DC debiera, sin complejos, sincerar sus posiciones; tiene sí una dificultad: es un partido que tiene diferencias en casi todos los temas.

-Usted dice que la DC tiene que encontrar su camino, pero también dice que para hacer grandes reformas se requieren grandes mayorías. ¿Cómo se concilia?

-No es contradictorio. A mí no me gusta el centro-raya-izquierda; me gusta la alianza entre el centro y la izquierda. En esta lógica, una DC de centro, con muchos aspectos conservadores, podría adquirir una vitalidad que hoy no tiene. Tienen que sincerarse, y la izquierda asumir que los cambios se hacen con fuerzas mayoritarias, y hacer una coalición. Con todas las diferencias de un régimen parlamentario y de que los alemanes son los alemanes, allá fueron a las elecciones, la señora Merkel vio que no tenía mayoría en el Parlamento y negoció una gran coalición con el SPD. Se pasaron un mes, de cara al país, diciendo pongámonos de acuerdo, hicieron un mamotreto, y ese es el compromiso de la legislatura. Ahí no hay matices, letra chica ni notas a pie de página; hay un acuerdo.

-¿No le asusta volver a los tres tercios?

-No. Aquí hemos disputado el centro tratando todos de ser centristas; con ello, la izquierda se desangra por la propia izquierda, y el centro empieza a desarmarse por la derecha. Entonces, yo prefiero volver a un esquema de tres tercios donde la derecha es un tercio y de repente puede ser el más chico, a un esquema donde la derecha tiene el 40%.

“He visto amigos que son especialmente amigos, que incluso han corrido riesgos políticos. Pero he visto varios que miran para el techo. Y unos poquitos que, cuando pensaban que Marco podía ser el futuro Presidente de Chile, llamaban cada dos días; pasaron dos años y no llamaron más”, resume Ominami su experiencia desde que se alejó de la antigua Concertación.

 “Yo no he tomado partido por candidatos”

 
Si hay un tema en el cual Ominami mide cada palabra, es la situación de su hijo, formalizado por la fiscalía y viviendo un complejo momento, luego de haber sido la estrella ascendente de la política chilena.

-¿Tiene él un rol que jugar en la política de hoy?

-No tengo la menor duda. Él abrió un espacio…

-¿No fue copado ese espacio por los Boric y Jackson?

-Ahí hay una disputa. Pero hay un espacio que él abrió. Y ha sido víctima de fuego cruzado, una víctima injusta. Se transformó en un blanco muy interesante, porque era hace un año, y puede volver a ser, la única persona que podía ganarle a la derecha. Hubo interés convergente de moros y cristianos para herirlo. Y lo han herido.

-¿Cómo está hoy su relación política con Marco?

-Uno tiene que distinguir entre la dimensión personal y la dimensión política. En la política, es claro que tenemos aproximaciones distintas. Tenemos un tema generacional, y también una diferencia sobre la transición. Yo fui ministro de Estado, fui vicepresidente del PS, fui senador de la República. Soy constructor de eso. Soy crítico, pero es claro que tenemos diferencias sinceradas con Marco.

-Pero más allá de esas diferencias, ustedes compartieron proyecto en 2009 y 2013. ¿Hoy día están en lo mismo?

-Tenemos un gran acuerdo en la necesidad de una izquierda progresista que supere a la izquierda tradicional. Yo comparto lo que él dijo y que en un momento parecía que podía ser efectivo, que era la creación de una nueva Nueva Mayoría, en la cual, a través de una primaria, se eligiera al candidato presidencial. Hoy no están las cosas para eso.

-¿Le gustaría que Marco volviera a ser candidato?

-Yo creo que ya resolvió ser candidato. No es un tema.

-¿Y qué le parece a Ud. esa decisión?

-Es su decisión. Yo nunca voy a estar en contra de la decisión de un hijo.

-¿Es su candidato?

-Para que yo pueda aportar en la construcción de esta convergencia progresista, soy mucho más útil teniendo independencia respecto de las candidaturas. Le hago flaco favor a esta idea si actúo simplemente como representante de Marco, que no lo soy. Porque, y es sabido, tenemos también nuestras particularidades. Somos generaciones distintas, tenemos historias distintas y diferencias sobre muchos aspectos. Uno es la transición. Otro es una cosa filosófica que tiene que ver con la pregunta de quién hace la historia, los pueblos o los líderes. Yo soy más de los pueblos, el Marco es más de los líderes.

-Esa no había sido su posición en 2009 y en 2013, cuando claramente Marco era su candidato.

-Le reitero: yo no he tomado partido por candidatos, porque con eso contamino el esfuerzo en que estoy involucrado. Ahora, falta un año para las elecciones, y en algún momento tendré que hacerlo.

“También se lo digo con claridad: yo no confundo una relación política con una relación afectiva. Si mi hijo por alguna razón se transformara en alguien de extrema derecha, no sería mi candidato. Una cosa es una relación filial y otra una relación política; por muy hijo que sea, el día de mañana, si tiene diferencias muy importantes, que no es el caso… Pero tenemos una discusión abierta sobre eso”.


Publicado el 18/12/2016, en EL MERCURIO