Brasil: las razones de una destitución

Publicado : 02 Noviembre, 2016 en Carlos Ominami, Columnas Chile 21

|por Carlos Ominami|


La destitución de Dilma no fue simplemente cambiar un Presidente. Se trata de algo mucho mayor aún: cambiar de modelo, derrotar un proyecto y para ello es imprescindible destruir a Lula y al Partido de los Trabajadores.

Solo así se puede explicar el proceso que vive Brasil. Castigar con el empêchement a una Presidenta por eventuales maniobras presupuestarias para mejorar los indicadores fiscales no justificaba una decisión tan radical. La oposición podía esperar hasta octubre de 2018 para ganar una elección presidencial y legítimamente introducir los cambios que estimara pertinentes. Se habría podido evitar una crisis política tan profunda y un daño de imagen que Brasil demorará mucho tiempo en reparar.

Del Brasil que junto a Rusia, India y Sudáfrica (los BRICS) entraba por la alfombra roja al club de los grandes de este mundo ya no queda prácticamente nada. Una vez más se ha comprobado eso que se viene repitiendo por décadas: “Brasil es un país de gran futuro”.

La política que está poniendo en práctica el gobierno de Temer no tiene misterios. Se trata del triángulo clásico: recorte del gasto fiscal, disminución de impuestos y privatizaciones.

Para ello había que estar dispuesto a todo: a dar incluso un golpe de Estado. No se trata del golpe latinoamericano clásico encabezado por un general audaz que logra aglutinar a un contingente suficiente de tropas para instalarse en el poder. Los tiempos actuales no dan para eso. Pero sí para utilizar torcidamente procedimientos constitucionales para, sin pasar por la soberanía popular, cambiar fundamentalmente el signo del gobierno y de su política.

Habiendo hecho un primer gobierno (2011-2014) más bien discreto, Dilma había conseguido derrotar a una oposición especialmente virulenta. La derecha llegó a la conclusión de que el ciclo progresista abierto por el primer gobierno de Lula era muy difícil de detener. Por ello, el objetivo principal, la presa mayor, finalmente no era Dilma: es Lula.

La eventualidad de un nuevo ciclo encabezado por el ex Presidente es la peor pesadilla de la derecha brasileña. Todo indicaba y todavía indica que Lula es el candidato presidencial más competitivo. Por otra parte, había llegado a ser el principal referente del progresismo a nivel mundial.

Bajo su dirección, Brasil, con toda su significación geográfica, demográfica y económica, había abierto tres áreas cruciales de disputa con las fuerzas conservadoras. Por una parte, poniendo en práctica políticas económicas heterodoxas contradictorias con el pensamiento neoliberal hoy hegemónico. Por la otra, desarrollando una diplomacia internacional autónoma no subordinada a los intereses de los EE.UU. Y, asimismo, encabezando un esfuerzo de integración y concertación política a nivel de América del Sur que hacía posible que los otros países de la región pudieran actuar con una mayor independencia. La derrota estrepitosa del proyecto de Zona de Libre Comercio de las Américas (ALCA) –impulsado por el gobierno norteamericano de la época– fue posible gracias a la fuerza con que Brasil se opuso a esa iniciativa.

Todo eso era demasiado para una derecha primitiva y envidiosa. Si no se había podido derrotar por la vía electoral el proyecto encabezado por Lula, era preciso cambiar de estrategia, desplegarse en un terreno distinto, más favorable.

Los medios de comunicación encabezaron una ofensiva brutal que, más que confrontar ideas, buscó descalificar personas. La corrupción fue su principal caballo de batalla.

En un sistema político extremadamente fragmentado, con 25 partidos representados en el Parlamento y en su abrumadora mayoría desprovisto de ideologías, el canje de apoyo por prebendas era la manera clásica de generar coaliciones. Este es el origen de una corrupción endémica en el sistema político.

El PT no es ningún caso el partido más corrupto. Es una paradoja que una Presidenta reconocidamente honesta termine destituida por una campaña en la cual jugaron un papel central los políticos más corruptos de Brasil, encabezados por el ex Presidente de la Cámara de Diputados y principal impulsor del empêchement: Eduardo Cunha.

A imagen de lo que ocurrió en Italia en la pasada década de los noventa, una parte del Poder Judicial se dejó seducir por la posibilidad de jugar un papel estelar en la “moralización” de las prácticas políticas. Sería injusto afirmar que los fiscales que se han encarnizado en contra de Lula están a sueldo o reciben instrucciones de la derecha. Se les paga no en dinero pero sí en protagonismo. El juez Moro, que lleva la batuta en las acusaciones en contra de Lula, ha sido convertido por los medios en una suerte de rockstar. Esto lo incentiva a radicalizar sus acusaciones, al paso que le otorga la posibilidad de actuar con total impunidad.

La sistematicidad de la campaña de los medios, alimentada por acusaciones judiciales graves pero sin fundamento, creó las condiciones para que en el Congreso se generara una mayoría espuria que abrió paso al proceso que derivó en la destitución de la Presidenta.

La acusación de maniobras presupuestarias no estuvo nunca en el debate. En la justificación de su voto la mayoría de los parlamentarios les hablaron a sus respectivas clientelas utilizando todo tipo de argumentos fuera de contexto: la rebaja de impuestos, la negativa al aborto y por cierto la corrupción.

Insistiendo en las denuncias sobre corrupción, los más corruptos intentan lavar su imagen. Es un recurso clásico. Es difícil que lo logren. Por de pronto, Michel Temer, el nuevo presidente, es reconocidamente un político no solo desleal sino también uno de los más corruptos. Tentado por la posibilidad de alcanzar la Presidencia para desde allí intentar detener las investigaciones judiciales que lo afectan a él y a muchos de sus nuevos aliados, el ex vicepresidente traicionó la confianza que le había otorgado Dilma.

Temer es un personaje obscuro. Desde ya no tiene ninguna posibilidad de ser electo el 2018. Su nivel de apoyo en la ciudadanía no supera el 5 %. Su principal tarea es destruir a Lula.

El sistema político brasileño es indecente. El PT llegó al poder el 2003 denunciándolo y prometiendo un cambio radical. Sin embargo, pasaron tres periodos de gobierno y el sistema se mantuvo incólume. El PT renunció a cambiarlo y ha terminado pagando por ello un precio extremadamente caro.


Publicado en “EL MOSTRADOR”