"Locos por el Estado"

Publicado : 12 Octubre, 2009 en Prensa

Mria. de los Angeles3Sea por motivaciones fácticas, ya que es el Estado quien salvó a las economías de la crisis financiera internacional, o bien por razones de sintonía con las percepciones ciudadanas, lo cierto es que los cuatro candidatos aparecen, hoy, locos por el Estado.

Aunque no afloró en el ranking de los conceptos más repetidos en el debate presidencial de TVN, existe una impresión bastante extendida de que “Estado” es una palabra que pulula en los discursos de esta campaña. Todos los candidatos -quien más, quien menos- lo invocan para enfrentar insuficiencias y desafíos.

Así, Eduardo Frei suele insistir, como un mantra, en que “más Estado es la solución a los problemas”; Marco Enríquez-Ominami las ha emprendido contra los operadores que, a su juicio, lo tendrían atenazado; Jorge Arrate reivindica su rol protagónico, especialmente en la economía, y hasta Sebastián Piñera se ha visto obligado a reconocer que es insustituible, aunque hace tres años se refería a los servidores públicos como cleptómanos.

Sea por motivaciones fácticas, ya que es el Estado quien corrió a salvar a las economías de los embates de la crisis financiera internacional, o bien por razones de sintonía con las percepciones ciudadanas, lo cierto es que los cuatro candidatos aparecen, hoy por hoy, locos por el Estado. Recordemos que el Latinobarómetro 2008 mostró que la opinión pública de nuestro país (junto con Argentina y Uruguay) encabezaba la lista de quienes piensan que las pensiones debieran pasar mayoritariamente a manos del Estado. Por su parte, la IV Encuesta UDP arrojaba que, para la gran mayoría de los chilenos, el rol del Estado debiera expandirse significativamente.

Estos datos son llamativos. Revelan, por una parte, una suerte de resiliencia del Estado en el imaginario político de los chilenos, que no terminan de asimilar que importantes bienes públicos queden librados a la conducción privada. Además, contrasta con un discurso mediático, por momentos, marcadamente antiestatal, que se esfuerza por resaltar las expresiones más negativas del quehacer del Estado.

Adicionalmente, surge una duda legítima: ¿Hasta qué punto es posible compatibilizar estas demandas ciudadanas por más Estado con el mantenimiento del principio de subsidiariedad, piedra angular de la Constitución heredada del régimen militar? No es casual que tres de los cuatro aspirantes a la Presidencia hayan propuesto su reemplazo.

Concedamos que no resulta muy glamoroso, electoralmente, hablar de la impostergable reforma del Estado, con vistas a enfrentar los desafíos del siglo XXI. Una de las razones es su asociación con aspectos abstractos, un tanto alejados de la vida de las personas y de corte burocrático-administrativo, como lo es la mejora de la gestión, la formación de gerentes públicos o lo relativo al sistema de Alta Dirección Pública.

Sin embargo, la reforma del Estado guarda íntima vinculación con la calidad de la democracia. El régimen democrático descansa en la estructura del Estado. Hay, por tanto, una relación de mutua necesidad entre ambos. Si el Estado falla en anticipar escenarios de riesgo (como la crisis del gas), en la prestación de subsidios, en el ejercicio de una regulación que vaya más allá de lo nominal o en el suministro de ciertos servicios, es difícil que se concreten las promesas universalistas que están en su base, erosionándose la legitimidad democrática.

La reciente presentación del documento “Un Estado de clase mundial al servicio de las personas”, elaborado por 11 centros de estudio de diverso pensamiento político, plantea un diagnóstico de la situación actual, objetivos de mediano plazo y sugerencias de reformas para lograr su cumplimiento. Este esfuerzo es una oportunidad para que los candidatos precisen lo que, hasta ahora, son apelaciones genéricas, asumiendo urgentes compromisos en la materia.

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