Personalismos y antipartidos

Publicado : 22 Julio, 2016 en Columnas Chile 21, Javiera Arce

|por Javiera Arce|


Hace algunas semanas, hemos sido testigos de sucesivas renuncias por parte de algunas personalidades de la derecha a sus partidos políticos, para cristalizar candidaturas presidenciales en solitario, acusando la no existencia de garantías para competir en primarias, o en su efecto, atribuir una cierta desnaturalización del partido de origen, atribuyendo un deterioro de la representación del mismo, que hace imposible su permanencia. Hago referencia a los casos del senador Manuel José Ossandón y su renuncia a Renovación Nacional, así como también a la del diputado José Antonio Kast, a la Unión Demócrata Independiente.

Por la vereda de en frente, el panorama es desolador. El número de candidatos, prácticamente coincide con la fragmentación partidaria de la Nueva Mayoría. Agregando además, que los candidatos con mayor chance superan los 70 años de edad, cuestionando con hechos fehacientes, el fallido recambio generacional, situación que permite colegir la estrangulación de las  generaciones más jóvenes al interior de los partidos de la Nueva Mayoría, y la incapacidad de estos grupos de “traicionar al padre o a la madre” y realizar demostraciones de fuerza, situación que los tiene relegados a cargos de mediana importancia, y desafiando alguno que otro escaño en el Congreso Nacional.

La escasa participación electoral en el proceso de primarias recientemente acaecido, provocó las más insólitas reacciones, desde reponer el voto obligatorio hasta, hablar de primarias obligatorias con voto obligatorio, como si fuera obligación de la ciudadanía introducirse en los asuntos internos de los partidos políticos.

Asistimos a un escenario de deterioro de la institucionalidad política, en particular del sistema de representación. No es menor que una de las propuestas del Consejo Asesor Presidencial contra los Conflictos de Interés, el Tráfico de Influencias y la Corrupción, haya propuesto que los candidatos y candidatas “patrocinadas por partidos políticos, consignen los logos de sus partidos en forma clara y visible durante toda su propaganda electoral” (Informe Final, p. 76), debido a que pareciera ser un enorme capital político declararse “independiente” o apolítico”.

Entre la misma ciudadanía, que además de abstenerse de participar, se ha instalado la idea de votar por las personas y no por los partidos, situación que ha sido además potenciada, no sólo por la falta de educación para la ciudadanía en los colegios y universidades, y los escasos espacios de socialización política existentes en Chile, sino también por una clase política irresponsable, que aprovechando esta situación, no ha hecho más que retrasar las reformas políticas (ni hablar de los perversos efectos del sistema binominal, que al fin se pudo modificar después de 25 años, que fomentó las ambiciones personalistas, en desmedro de la competencia coalicional), y que se presentan asimismo como palomas independientes, desapegadas de las estructuras partidarias, como si pertenecer a algún partido político, significara tener alguna enfermedad contagiosa similar a la lepra.

Si a lo anterior sumamos la seguidilla de asuntos relativos al financiamiento irregular de las campañas y de la actividad política, el deterioro es aún mayor, bajando considerablemente la confianza en las instituciones claves para la democracia representativa: los partidos políticos y el Congreso Nacional.

¿Qué hacer con los partidos? ¿Cómo arreglar este desolador panorama?

Durante el segundo gobierno de Michelle Bachelet, se han trabajado reformas políticas sustantivas, como en ningún gobierno democrático desde los años noventa, relativas a terminar con el Sistema Binominal para elegir el Congreso Nacional, incluyendo una ley de cuotas de género para las candidatas mujeres, una nueva institucionalidad de partidos políticos, se introdujeron además medidas de transparencia, normativas que intentan regular los procesos de precampaña, y se contempló un financiamiento público no sólo a las campañas electorales, sino también de la actividad política permanente a los partidos.

No obstante a ello, pese a las reformas, la cultura al interior de los partidos, no ha podido modificarse. Lamentable espectáculo entregó el PPD, que realizó su proceso electoral bajo la regulación de la nueva Ley de partidos políticos, en que hubo acusaciones cruzadas entre los bandos en competencia de “un presunto fraude electoral, y también de supuestas irregularidades en el sistema de conteo de votos”, lo que viene a deteriorar aún más la alicaída confianza en estas instituciones.

Hacer reformas políticas, es menos complejo de lo que parece. De hecho es posible deducir que es más la flojera y la falta de voluntad de discutir seriamente sobre álgidos temas, que representan pocos réditos electorales.

Es de esperar que una vez probada la nueva legislación en los eventos electorales futuros, los parlamentarios se tomen su labor en serio, así como también los académicos de las ciencias políticas y sociales, y se evalúen a tiempo los efectos de la nueva legislación, en particular los procesos de rendición de gasto electoral, fiscalización durante los periodos de precampaña y campaña, los efectos de la ley de cuotas de género, la inyección de recursos humanos y económicos para modernizar el Servicio Electoral, entre otras. De tener resultados negativamente inesperados, es deber del Ejecutivo y el Legislativo, proponer modificaciones hasta intentar normalizar el sistema. De lo contrario, en algunos años más, estaremos lamentando la debacle de la calidad de nuestra democracia.