Corrupción en el Cono Sur: causas y azares

Publicado : 12 Mayo, 2016 en Bet Gerber, Columnas Chile 21

|por Bet Gerber|


“Viento del Sur o lluvia de abril”, dice la vieja canción de Sui Generis que podría ilustrar el clima político de los últimos tiempos en estos parajes australes. Aunque abril nos trajo algo más que lluvias: el impeachment a Dilma Rousseff; las acusaciones que podrían llevar a la ex presidenta Cristina Fernández a los tribunales, y la hemorragia constante de denuncias y acusaciones cruzadas en Chile, tal vez menos espectaculares, pero no por ello menos lesivas para la vida política del país.

Sucede que aquí, desde hace más de un año, el cruce entre dinero y política pasó de tener su tradicional protagonismo soterrado, a ocupar gran parte de la agenda pública, alumbrada desde las tapas de la prensa local. A su vez, y como es de público conocimiento, el “descubrimiento” de las relaciones incestuosas entre dinero y política está teniendo fuertes consecuencias para la clase política pero, curiosamente, no para el dinero.

Desde la ciudadanía, casi obligada a asistir a un mal espectáculo, la secuencia de escandaletes y acusaciones cruzadas genera una mezcla de sensaciones entre las que abunda el deseo de limpiarse de una especie de costra de suciedad; el rechazo a menudo irracional frente a todo lo que represente o se aproxime a la política y, en el menos frecuente de los casos, un anhelo por construir nuevas reglas del juego. Y aunque cada país tenga sus particularidades y sepamos que no cabe trasladar casos ni procesos sin más, ciertas similitudes que se dan en el vecindario enriquecen la propia mirada.

Así, una panorámica desde los medios tradicionales refleja a varios gobiernos progresistas de la región golpeados por la corrupción o por manejos cuando menos cuestionables de dineros, hasta el punto de poner en duda su continuidad o liquidar sus posibilidades de reelección. Sin embargo, en su artículo “Populismo judicial”, del último número de Le Monde Diplomatique edición Cono Sur, José Natanson invierte los términos explicativos: “La corrupción reaparece crónicamante cuando un ciclo político se apaga con su minuto a minuto de denuncias, arrestos y confesiones”. No sería, entonces, el hallazgo de casos de corrupción lo que empuja a los gobiernos progresistas al abismo sino que se trataría, antes bien, de un ciclo político que se extingue. Es esta cierta simultaneidad regional la que resulta llamativa.

También se observan semejanzas significativas desde las tapas de ciertos semanarios políticos en cuanto al blanco de sus ataques: si en Brasil se trata de imágenes de Dilma Rousseff inmersa en la corrupción y al borde de dejar forzosamente la presidencia, en Argentina a Cristina Fernández se le ha dedicado casi una serie en capítulos a su supuesto desequilibrio y/o bipolaridad.

En Chile, por su parte, si bien un estilo tan sensacionalista no parece tener cabida con respecto a la figura presidencial, los trascendidos sobre la no finalización del mandato están a la vuelta de la esquina como para olvidarlos. Desde ya que los ataques personalizados no se limitan a la Presidenta de la Nación y también tienen, en la brillante perspectiva de Natanson, raíces que hablan del alejamiento de los debates de ideas y contenidos: “Desde el momento en que la personalización de la política concentró el foco de la atención pública en los dirigentes antes que en los partidos o programas, la reputación personal se transformó en un capital decisivo, y los esfuerzos por demolerla en base a escándalos, un recurso esencial”. Palabras que dejan sensación de déjà vu.

¿Pero cómo? ¿La súbita oleada acusatoria no se debía, por ejemplo, al accionar de las redes? ¿Al poder de un tuit, multiplicado ad infinitum –o no tanto– por circuitos bastante endógenos? ¿Acaso no se desató cuando “Chile cambió”, y una ola de transparencia inexorable empezó a dejar a (casi) todos al desnudo? Tal vez haya un poco de todo esto, pero también bastante de aquello, como se recoge allende las fronteras. En este sentido, tampoco es exclusivo de este país el gran protagonismo que han cobrado actores del sistema judicial, como algunos fiscales.

En Chile la andanada de denuncias comenzó con el destape de un gran caso que un sector celebró como gran triunfo, hasta que le tocó pasar al banquillo de los acusados. Así, suma y sigue, el desfile continúa y por momentos deviene en circo romano, en donde hay quienes esperan que corra sangre, no por ansias de transparencia, ni de justicia, sino de revanchas eternamente cuoteadas. Esto no significa que no resulte necesario y saludable blanquear las relaciones dinero/política. El punto es otro, vinculado con cómo se fueron administrando y cubriendo los casos.

Así el escarnio público y los costos políticos que se pagan nada tienen que ver con la gravedad de delito cometido, sino con arbitrariedades como la cobertura que algunos medios decidan dedicarle y con el momento en que se produzca la “revelación” del caso. Es evidente que la saturación llevará previsiblemente a que cada vez impacte menos la no-noticia, lo que sugiere que habría que prestar particular atención al orden de aparición del elenco.

Sería entre ingenuo e irresponsable creer que la colusión entre poder político y poder económico –aquella que define las vidas de millones de chilenos y chilenas– empieza y termina en el pago de algunos materiales de campaña. Sin duda, hay mucho de buena intención en parte de la ciudadanía que frente a este escenario de judicialización de la política alberga una ilusión de limpieza, pero se trata de una fantasía peligrosa. Recurriendo a ejemplos de ultramar, Natanson advierte: “Como demuestra la secuencia italiana de mani pulite-Berlusconi, no siempre el ideal higienista conduce al destino esperado, lo que no implica que haya que evitar los procesos, sino simplemente prevenir sobre sus consecuencias”.