Reflexiones post-Aylwin: ¿terminó la transición o aún no empieza?

Publicado : 02 Mayo, 2016 en Columnas Chile 21, Rafael Urriola

|por Rafael Urriola U.|


La muerte de Patricio Aylwin abrió campo a una serie de reflexiones en torno a su especial y decisivo rol con respecto a la transición que sucedió al plebiscito de 1989. Hoy, se trata de historia: el 70% de la población, o no había nacido o tenía menos de 7 años ese día. Curiosamente –o lamentablemente, según la derecha y los militares– a chilenas y chilenos les sigue siendo de interés conocer lo que nos pasó.

Los discursos ceremoniales no podían sino magnificar las virtudes del difunto y hacer intrascendentes sus errores. Es parte de la civilidad que vivimos. El debate que adornó el acontecimiento (solo postergado por el majestuoso bochorno de no ser capaces de cumplir con requisitos básicos para inscribir candidatos a elecciones primarias) no deja de ser de máxima actualidad.

Se dijo que Aylwin lideró la transición. En estricto rigor no hay consenso en cuanto a lo que esto significa. Se transita cuando se parte de A y se llega –o se quiere llegar– a B. En este caso A, es decir, la dictadura, es evidentemente el punto de partida pero, en cambio, a donde se quería llegar sigue hasta hoy siendo un misterio o, más bien, Chile votó por no más dictadura, pero sin que existiese consenso en cuanto al punto de llegada. En los análisis históricos los hechos no se miden por los discursos sino por los resultados y si la transición está terminada es porque ella se circunscribía a aspectos formales de la democracia política (elecciones regulares y relativamente equitativas) y a reducir el papel represivo y la impunidad de las Fuerzas Armadas.

En efecto, en lo demás, los poderes empresariales se han fortalecido; la Constitución asegura el poder de veto de las minorías poderosas; el sistema electoral impide la representación de minorías; la economía neoliberal se ha fortalecido; el Estado ha reducido no solo su participación en los llamados bienes públicos esenciales (luz, agua, gas) sino también en puertos, fuentes de agua, carreteras, transporte.

El área social se privatizó (salud, educación, vivienda, jubilaciones), en lugar de asegurar una oferta pública de calidad. Todo esto se había esbozado en la dictadura cívico-militar, pero se profundizó en los gobiernos concertacionistas. En suma, en lo económico, social y ambiental se transitó hacia una profundización del neoliberalismo. Nadie ha asumido que este era el lugar de llegada deseado, pero así pasó.

En segundo lugar, se le reconoció a “don Patricio” ser el creador de la frase “en la medida de lo posible”, que habría permitido neutralizar las amenazas del dictador para retomar el poder. No cabe duda que Pinochet añoraba seguir en lo de antes y que tenía controladas a las FF. AA. No sería posible desconocer que esta realidad exigía prudencia, política y sagacidad. Decir que en la medida de los posible se refería a que los militares –como hasta hoy– no han cooperado con el esclarecimiento de los hechos y que en ese momento no había fuerza política para obligarlos, es una verdad que debiesen decirla con más fuerza los defensores de esa frase en ese momento.

Pero, en cambio, transformar esta frase en una estrategia política global y para todos los aspectos es una argucia profundamente conservadora. El siguiente ejemplo huelga otros comentarios: ¿estaría, por ejemplo, Gutenberg Martínez, de acuerdo si Raúl Castro en Cuba dijese que se va a avanzar hacia la democracia en la medida de lo posible?

En tercer lugar, si no existe consenso –aunque sea general– en el punto de partida, mal puede haber consenso en el punto de llegada, porque la política se hace para mantener o transformar realidades. Recuérdese el viejo chiste de Condorito que dice a su amigo en la escalera del tercer piso “puchicas que nos ha costado subir el piano”, a lo cual el otro contesta “yo creí que lo estábamos bajando”. Entonces, la Nueva Mayoría debe ponerse de acuerdo si quiere subir o bajar el piano: el del rol del Estado y del mercado; el de lo público y lo privado; el de la regulación versus la autorregulación; el de los impuestos versus el “chorreo”; el de la democracia participativa versus los acuerdos cupulares; el de las primarias versus los acuerdos chiquititos entre cuatro paredes.

En concreto, la transición 1.0 está terminada hace rato, pero la 2.0 –como la alegría que ya venía– aun no llega. Claro que se puede transitar también hacia una “menos uno”.