Recuerdos de un aylwinista

Publicado : 25 Abril, 2016 en Carlos Ominami, Columnas Chile 21

|por Carlos Ominami|


No era aylwinista, pero llegué a serlo. No fue por intuición, sino que por experiencia. No le tenía simpatía. No olvidaba su responsabilidad en el colapso de la democracia y la justificación del golpe.

Mi designación como ministro se gestó antes del plebiscito del 5 de octubre. El frente económico era un terreno fuerte del régimen militar. Existían enormes aprensiones acerca de nuestra capacidad para dirigirlo. Estaba muy fresca la mala experiencia del gobierno del Presidente Alfonsín en Argentina. Este había fracasado rotundamente en la gestión de la economía, obligándolo a acortar su mandato. No nos podíamos permitir lo mismo. No teníamos derecho a fracasar.

La Concertación de Partidos por la Democracia estaba obligada a dar garantías de gobernabilidad económica, avanzando al mismo tiempo en el pago de la deuda social. No era tarea fácil. Los economistas partidarios del régimen militar atemorizan a la población anunciando todo tipo de catástrofes ante la eventualidad de nuestro triunfo.

Para contrarrestar esa campaña se requería de rostros visibles que salieran a enfrentarla. Junto con Alejandro Foxley, me tocó desempeñar esa función. En todo momento sentí el respaldo y la confianza de Aylwin, a pesar de mi pasado mirista.

Un momento política y emocionalmente muy importante fue el que viví el 5 de octubre de 1988. En la tarde, Aylwin nos sorprendió a Germán Correa y a mí cuando nos pidió que le redactáramos un proyecto de discurso para ese día en la noche anunciando a Chile y al mundo nuestro triunfo sobre Pinochet. Se vivían momentos de gran nerviosismo. Se sabía que Pinochet se negaba a aceptar su derrota. Escribimos un texto corto con la sensación de estar haciendo historia. Sabíamos, en todo caso, que no era más que un proyecto de discurso que podía ser fácilmente desechado. Fue grande nuestra sorpresa cuando hacia la medianoche vimos cómo Aylwin pronunciaba un discurso que correspondía casi literalmente al que le habíamos preparado. Tuvimos allí la sensación de que su intención de incorporarnos a todos, sin sectarismo, iba en serio. Esta fue una línea de conducta permanente durante todo su gobierno.

Lo fui conociendo más íntimamente en los muchos viajes a los que me correspondió acompañarlo. Guardo muchos recuerdos de ellos. En septiembre de 1989, previo a las elecciones de diciembre, fuimos en gira a Italia, Francia y Alemania. Este debía ser el último 18 de Pinochet como Presidente. La idea era contraponer a su parafernalia nuestra capacidad de abrirnos al mundo y ser recibidos por grandes figuras internacionales.

Fue en París en donde tuve ocasión de vivir con él su faceta más conmovedora. Luego de una agotadora jornada con las principales autoridades de Francia, correspondía un encuentro con un grupo de exiliados. No eran muchos. El comienzo de la reunión fue difícil. Abundaban los reproches hacia su persona. Por un momento temí que la reunión no terminaría; uno de los presentes lo maltrataba. Cuando tomó la palabra, nos sorprendió a todos cuando dijo que entendía el resentimiento. Explicó el contexto de sus actuaciones, y entre lágrimas pidió perdón. Todos lloramos. Fue un anticipo del perdón público que pidió con ocasión de la entrega del Informe Rettig, en 1991.

A los pocos días de la presentación de ese informe viví momentos especialmente tensos y emotivos. Fue en la reunión del Consejo de Seguridad Nacional a la cual asistía como ministro de Economía. Era una sesión convocada para que Pinochet entregara su versión. Aylwin lo había convocado para evitar ser arrastrado por una autoconvocatoria por parte de Pinochet y otro comandante en jefe. Antes de la reunión hablé con él y le dije que pensaba intervenir. Me dijo que por favor lo hiciera, que él no iba a hablar, porque ya lo había hecho de cara a todo el país. La sesión resultó muy dura para él. Pinochet leyó extractos de un discurso, cuyo argumento era conocido: en Chile se había desatado una guerra, y los militares habían intervenido para derrotar al marxismo. Apoyó sus dichos con abundantes citas de intervenciones de Aylwin justificando el golpe. El rostro del Presidente transmitía rabia e indignación. Pinochet lo provocaba y trataba de humillarlo. Se mantuvo fiel a su decisión: no le contestó. Luego me dio la palabra. Intervine como hijo de militar para decirle a Pinochet que sabía por mi padre que en Chile no había habido ninguna guerra, y que por último esta se regía por reglas básicas que él no había respetado. Ahí terminó la reunión. Aylwin me pidió que me quedara. Emocionado, me agradeció que hubiera hablado allí donde él se había obligado a guardar silencio.

Una clave del éxito en su gestión como Presidente fue la confianza y la delegación de responsabilidades. Su gabinete estaba constituido por muchas figuras políticamente fuertes, comenzando por Ricardo Lagos. No tenía problemas con las agendas propias. Se sentía capaz de ordenarlas detrás de un propósito común. Le gustaba tener un gabinete más horizontal en el cual tuviera lugar un verdadero debate. Al final ese método garantizaba que una vez tomada una decisión, todos la íbamos a respaldar, sin disensiones ni matices.

Salí del gabinete en octubre del 92. Le expliqué que partía a hacerme cargo de la campaña presidencial de Ricardo Lagos. Me dijo que estaba muy conforme con mi desempeño y que quería que me quedara. Le dije que no podía, que tenía un compromiso con Lagos. Me replicó diciendo que esa campaña no tenía mucho destino y que no entendía para qué “cambiar pan por charqui”, pero que allá yo y que me deseaba buena suerte, porque iba a necesitarla.

La despedida de Aylwin ha sido categórica. La gente, el pueblo, lo despidió como un grande. Alcanzó esa condición sin proponérselo. No la buscó. De político de trinchera se transformó en Presidente justo y bueno. Las circunstancias lo condujeron. Chile necesitaba de alguien como él, dispuesto a reconocer errores y a consagrar todas sus energías para repararlos. Fue un hombre austero. Consideraba que el mercado era cruel. Hizo algo muy difícil de lograr: darle prestigio a la política. Fue un hombre de su tiempo, pero su legado es iluminador para navegar en estos tiempos turbulentos de aguas procelosas.