Las instituciones

Publicado : 04 Marzo, 2016 en Carlos Ominami, Columnas Chile 21

|por Carlos Ominami|


El mundo vive tiempos turbulentos y Chile también. La crisis de la política es una realidad generalizada. Sobran dedos de las manos para identificar a los países que se sustraen de esta tendencia. En la mayoría de ellos las opiniones públicas se han vuelto cada vez más volátiles y veleidosas, agravando la sensación de crisis y ausencia de rumbo.

En este cuadro es especialmente importante que las instituciones no se dejen arrastrar por los estados de ánimo y las presiones que surgen de la contingencia.

El Gobierno debe funcionar como equipo. Tiene que ser más que una colección de individualidades. Es su obligación ser prolijo en la elaboración de sus políticas. La improvisación se paga caro. Así ocurrió con la reforma tributaria y la reforma educacional. Lo mismo se está viendo con la reforma laboral. Hay que escuchar a la gente y la voz de la calle pero buscando siempre liderar y no caer en el seguidismo.

El Parlamento debe ser el principal espacio de debate público. Éste no puede ser reemplazado por la cuña espectacular pero sin contenido. Las leyes deben ser bien meditadas, respondiendo a las necesidades de fondo más que a la coyuntura. Las legislaciones exprés, pueden calmar a la opinión pública pero difícilmente proveer de marcos legales sólidos.

Los organismos fiscalizadores deben regirse por criterios objetivos previamente transparentados. La discrecionalidad mina la confianza. Su autonomía debe ser celosamente respetada de manera de evitar la instrumentalización política.

Cuando los poderes Ejecutivo y Legislativo gozan de baja adhesión ciudadana, se amplían los espacios de la justicia. Todo se tiende a judicializar. Son las propias autoridades judiciales las que lo han advertido y criticado. La mayor gravitación que adquiere la justicia, hace necesario que sus actuaciones se rijan por parámetros uniformes. Es fundamental que ésta persiga con energía los delitos, respetando eso sí,  la presunción de inocencia. Más que la espectacularidad se necesita que privilegie la eficiencia. Los políticos deben buscar el voto de la ciudadanía. Los jueces y los fiscales necesitan simplemente su respeto y confianza.  

Los medios de comunicación, es cierto, tienen que vender para hacer posible su subsistencia. Pero, cuando lo hacen a cualquier precio, caen en el sensacionalismo. Éste, daña gravemente reputaciones y termina confundiendo y desinformando a los lectores y a las audiencias. Las líneas editoriales pueden ser más conservadoras o más progresistas. El ideal es que la estructura de medios sea ampliamente pluralista, pero lo mínimo es pedirles consistencia y seriedad.

Los intelectuales pueden hacer una contribución decisiva si resisten la presión mediática movilizando sus conocimientos e inteligencia hacia  la apertura de nuevos horizontes al pensamiento. Deben denunciar todo lo que corresponda pero más que ejercicios de erudición, a veces lúcidos pero superficiales, hay que exigirles producción de contenidos que alimenten una reflexión sustantiva y amplíen el espacio de lo posible.

Se ha transformado en un lugar común decir que las instituciones deben funcionar. Por cierto, es importante que las instituciones funcionen pero conviene agregar que lo hagan correctamente.