La mala onda

Publicado : 29 Febrero, 2016 en Carlos Ominami, Columnas Chile 21

|por Carlos Ominami|


Prima en Chile lo que Alberto Fuguet llamó la Mala Onda. Ella involucra a moros y cristianos, a ricos y pobres, a débiles y poderosos. Sus antecedentes se remontan lejos en el tiempo. Hace años el PNUD constató la existencia de muy altos niveles de desconfianza, en comparación incluso con otros países de América Latina. Esta desconfianza ha aumentado de manera exponencial. No hay duda de que en Chile han existido y existen malas prácticas, se perpetran delitos graves y se cometen abusos. Es así, pero es igualmente cierto y puedo decirlo con conocimiento de causa, que estamos viviendo en una atmósfera tóxica que favorece las acusaciones falsas, los comentarios tendenciosos, la propagación de todo tipo de rumores infundados que terminan haciendo un grave daño. Prácticamente ninguna de las instituciones  se salva de estas malas prácticas. Todas dicen respetar la presunción de inocencia, el debido proceso y la autonomía. Pero a menudo estos principios son violados.

Cuando se lee la prensa, se escucha la radio o se ve la televisión, queda la imagen de Chile como un país gobernado por una asociación ilícita, entre traficantes de influencia, corruptos, pillos y truhanes. Este no es el Chile real.

Es cierto, hay poderosos que abusan. La colusión de las farmacias o la del papel tissue son graves. Están probadas por las propias autodenuncias de quienes las protagonizaron. Hay otras denuncias como la de la colusiónde los supermercados que tiene que ser investigada a fondo porque, aunque no sea popular decirlo, no está probada.

Hay también abusos que cometen los débiles. Uno muy extendido es la evasión en el Transantiago, que en la actualidad alcanza a cerca del 27%, con un costo enorme para todos los chilenos. Es un fraude muy pequeño, pero digamos las cosas como son, es un robo al sistema.

Los abusos pueden ser de gravedad cuando se hacen imputaciones que dañan gravemente la reputación de las personas. Estas denuncias pueden terminar desvirtuadas en los tribunales, pero el perjuicio es irreparable. En los medios se pone la atención en las acusaciones, a menudo con ribetes de escándalo. Pero cuando un acusado prueba su inocencia, eso no es noticia.      

Los abusos pueden llegar a extremos ridículos. Es lo que me ocurrió hace una semana en un vuelo proveniente de México. Con estupor me entero por una joven periodista de una radio que existiría una denuncia en mi contra. Lo que la periodista llamó “denuncia” corresponde a un comentario en una red social de un señor que me acusó de robarle el agua en el avión. El hecho es el siguiente: en medio del vuelo desperté con la boca seca y tomé un sorbo de agua de una de las dos botellas que estaban frente al asiento de esta persona. Pensé que por equivocación, la botella que me correspondía había sido puesta en frente del otro pasajero. Supe después que la línea aérea ya no distribuye, en clase económica, una botella de agua para cada pasajero.Por tanto, yo no tenía ninguna botella y mi vecino de asiento era propietario de las dos. Por una total inadvertencia, tomé efectivamente un sorbo de una de las botellas de esta persona. De allí a una acusación de robar agua, hay un enorme trecho. Pura mala onda.