MIS RAZONES

Publicado : 18 Enero, 2016 en Carlos Ominami, Columnas Chile 21

|por Carlos Ominami|


Existen en la vida muchos tipos de razones. Por de pronto, la razón jurídica y la razón política. Existe también la razón del alma. Desde ella quiero expresarme  aquí.

En el plano jurídico, acusadores y defensores responden a la lógica de procesos en los que la verdad es sólo una parte. En tribunales lo que valen son las pruebas. Puede  de este modo ocurrir que los culpables sean declarados inocentes por la ausencia de evidencias. Y puede ocurrir también que un inocente sea condenado a partir de pruebas falsas.

La razón política no opera con pruebas. No le importa la inocencia o la culpabilidad. Ella funciona sobre la base de resultados. Aquí, está bien todo lo que termina bien. Lo políticamente incorrecto es lo que termina mal. Más que de ética se trata de una cuestión de estrategia.

Hablaré aquí desde la perspectiva de los sentimientos; en ella no valen las estrategias.

He sido acusado de concertarme maliciosamente para defraudar al fisco. Eso no es cierto. Lo niego de plano.

Los abogados discutirán la solidez de los fundamentos de la acusación. Es su labor demostrar que no se cometieron ilícitos y que la querella adolece de fundamentos. Tengo confianza en que lograremos desvirtuar esa acusación ante la justicia.

En el terreno judicial, el silencio es a menudo imprescindible puesto que cualquier cosa que se diga puede ser usada en contra. Esta ha sido mi actitud hasta ahora. Me he limitado a señalar que no creo en la justicia por la prensa y que diré lo que tenga que decir en las instancias judiciales que corresponda y disponga de los antecedentes que permitan responder a todas las preguntas. He visto con horror como algunos condenan a través de los medios atropellando el derecho básico a la presunción de inocencia. Pero me mantuve hasta ahora en silencio resistiendo el asedio periodístico.

Han cambiado las condiciones producto de la decisión de la Fiscalía. Debo cambiar de actitud. No se trata de un giro táctico. Necesito simplemente transmitir mi verdad.

Tengo muchos motivos para hacerlo.        

Estoy cerca de cumplir 50 años desde que asumí el compromiso de luchar desde la izquierda por lo que me parece justo. Durante ese largo trayecto he pasado por muchas situaciones difíciles. Más de una vez sentí que estaba en el límite y que se me podía ir la vida. He sabido de tristezas y angustias provocadas por dolores ajenos y propios.

Desde la vuelta a la democracia he desempeñado importantes funciones como Ministro y Senador y creo haberme ganado el respeto  de todos lo que conocen mi labor.

Hasta hace poco creía, ingenuamente, que en la política ya lo había visto todo, que nada podría afectarme de manera profunda. Mal que mal habíamos conquistado la democracia y con ella el derecho a una vida agitada pero finalmente segura.

Estaba equivocado. Así he podido comprobarlo estos últimos meses. Es cierto, están ya muy lejos los riesgos propios de la lucha en dictadura. Las amenazas actuales son más difusas, no ponen en peligro la vida pero afectan algo especialmente apreciado: la dignidad.

Esto es lo que he sentido en estos meses marcados por las acusaciones de corrupción, tráfico de influencias y financiamiento ilegal de la política. Soy un sobreviviente de momentos muy duros. Siento por ello una responsabilidad especial. No se trata sólo de orgullo personal. Es bastante más que eso y tiene que ver con el respeto a quienes son o fueron mis compañeros y compañeras de tantos años.

Hace mucho tiempo que aprendí que la política es sin llorar. He sido en ocasiones blanco de duras críticas. Cuando estas se mantienen en el espacio de la política, pueden afectar pero finalmente se sobrellevan. Forman parte de las reglas del juego. Muy distinto es el caso cuándo estas se desplazan hacia el ámbito de la ética. Ahí sí que duelen.

La ética obliga asumir la responsabilidad por los actos propios. Yo la asumo. He sido parte activa de la lucha por el restablecimiento de la democracia. Conozco bien sus grandezas y sus miserias. La lucha contra la dictadura no fue sólo un enfrentamiento entre valores. Necesitó también el despliegue de recursos de poder, entre ellos de dinero para financiar  muchas de las acciones prácticas en las que se sustentó la lucha democrática.  Así ocurrió, por ejemplo,  con la campaña del NO financiada con recursos de los Estados Unidos. Fueron también necesarias operaciones complejas para financiar las campañas presidenciales y parlamentarias ya en democracia. En su momento se formularon duros cuestionamientos a varias de estas campañas ¿En que quedaron? En nada.

El fin no justifica los medios. Mis actuaciones han tenido un límite infranqueable: no subordinarme al poder del dinero. La lógica ha sido la de intentar que la cancha no sea tan dispareja; que un mínimo equilibrio en el despliegue material permita que nuestras ideas y propuestas compitan con posibilidades de éxito, evitando ser arrollados por los cuantiosos recursos de los cuales disponían mis  adversarios.

Con el tiempo el mundo empresarial entendió que debía mantener un cierto pluralismo en materia de donaciones a campañas. No se eliminó el desequilibrio a favor de los candidatos de la derecha pero al menos se atenuó. Nuestras candidaturas pudieron de este modo asegurar visibilidad.

¿Era posible actuar de un modo diverso?  En teoría se habría podido optar por campañas franciscanas basadas en contribuciones personales o de militantes. Sin embargo, soy testigo de cómo los esfuerzos de hombres o mujeres valiosos que aspiraban a un sillón parlamentario murieron en el intento por falta de recursos.

Hoy día se levantan críticas airadas a estas prácticas. Los que las hacen están en todo su derecho. Es también mi derecho agregar que están especialmente impolutos varios de los que hoy día critican pero que en su momento no movieron un dedo para luchar en contra de la dictadura.

He sostenido de manera permanente que la justicia social requiere de un Estado fuerte dotado de los medios técnicos y financieros necesarios. Ser acusado de una conducta maliciosa para defraudar al fisco es de las cosas peores que me pueden ocurrir. Llevo cerca de un año cargando con esta acusación. Entregaré a la justicia mi versión precisa de los hechos. Quiero enfrentar la justicia a cara descubierta.  No pido ningún privilegio. Quiero explicar el contexto en el que los hechos ocurrieron y defenderme también por mí mismo.

El motivo de la acusación remonta a junio del 2009. Debí enfrentar en ese momento un giro radical  en mi campaña senatorial. Una candidatura independiente bajo las reglas del sistema binominal se hacía muy cuesta arriba. De un triunfo asegurado pasé de manera intempestiva a una competencia casi imposible. En ese cuadro solicité ayuda como lo hacen todos los candidatos y la ley lo permite. Reconozco que actué con cierta precipitación. Lo asumo y me arrepiento. Lo hice sin embargo de total buena fe. No pensé ni por un minuto que la ayuda de SQM podría terminar siendo un instrumento de fraude  al fisco, un regalo envenenado. No actúe de manera maliciosa. Supuse que todo se haría de acuerdo a la legalidad vigente. No he facilitado ninguna boleta ni tampoco presentado declaraciones de impuesto falsas.

Mi actuación fue ligera. Nada la justifica. Hay si algunos elementos que la explican. Por un lado, la disposición a luchar y no dejarse abatir por adversas que fueran las condiciones.

Por otro lado, existían los usos y costumbres. Estos habían llegado a tal punto que se habían convertido en prácticas corrientes. Era público y notorio que la legislación electoral que había resultado de los acuerdos del 2003 era violada de muy diversas maneras. En la discusión prelegislativa con la oposición fui de los que sostuvo la necesidad de prohibir el financiamiento empresarial, que las donaciones fueran públicas, que se establecieran límites rigurosos a los tiempos y gastos de campaña y que las infracciones a la ley tuvieran altas penalidades, incluida la pérdida del escaño. Nada de eso pudo ser objeto de acuerdo. Por ello, se sabía a ciencia cierta que la nueva legislación tendría mucho de letra muerta. Claramente, la legalidad no coincidía con la legitimidad.

En mi vida política he tenido muchas alegrías pero también grandes tristezas. Pero ninguna como está. En las circunstancias dramáticas que siguieron al golpe de estado pude perder la vida. Sentí miedo. Muchos de los míos desaparecieron sin que todavía se hayan podido encontrar sus restos. Era un miedo que producía escalofríos. El temor a perder la vida es algo muy serio, especialmente para quienes no tenemos el don de la fe en el más allá. Se trata sin embargo de un sentimiento que tiene la grandeza del sacrificio por una causa noble.

La situación actual es exactamente la contraria. No está la vida en juego pero está por delante algo igualmente importante, al menos para mí: el honor. Esa es la principal herencia de mis padres. Esto es lo que salgo a defender hoy día. Lo hago por mí y los míos, por mi trayectoria de sobreviviente. Lo hago también por los miles de personas que me han apoyado y creído en mí. En mi vida política mis posiciones me han granjeado adversarios pero no creo tener grandes enemigos. Muchos no están de acuerdo con las posiciones que sostengo pero me respetan. Eso me enorgullece. Eso me permite andar libre y tranquilo por las calles.

Salgo a explicar mis razones especialmente por quienes están más cerca de mí. Sé que ellos están sufriendo. No lo merecen. Para aminorar su pena necesito que me escuchen decir  fuerte y claro  que tengo conciencia de que pude haber actuado con ligereza, pero no he cometido ningún delito, que nadie se ha atrevido siquiera a intentar comprar mí conciencia y que no he obtenido de este hecho lamentable el más mínimo provecho personal.

Estos han sido con toda seguridad los meses más duros de mi vida. Los costos son cuantiosos: la angustia personal, la pena de mis más cercanos y la preocupación de mis amigos. Involuntariamente puedo haberle producido también daño a una institución noble como Chile 21 que ayudé a crear y que juega un papel insustituible en la animación del debate político.

Enfrentaré lo que venga hacia delante con energía. Defenderé con fuerza mi inocencia  y asumiré mi responsabilidad con humildad.