Reforma o restauración

Publicado : 08 Enero, 2016 en Carlos Ominami, Columnas Chile 21

|por Carlos Ominami|


Históricamente, los procesos conducidos por las izquierdas se enfrentaban al clásico dilema entre reforma y revolución. En Chile la tentativa revolucionaria terminó en tragedia. No hay hoy día ninguna fuerza política significativa que tenga a la revolución como su norte.

El nuevo dilema que enfrenta Chile es reforma o restauración.

El horizonte actual es el de reformas destinadas a profundizar la democracia, equilibrar las relaciones entre trabajadores y empresarios, favorecer el acceso a educación de calidad a los sectores desfavorecidos y la ampliación de las libertades.

En el pasado, la lógica de una transición pactada condujo a moderar el ímpetu reformador. Así, la transición trajo consigo muchos logros pero acumuló también tensiones que comenzaron a manifestarse con fuerza durante el primer mandato de Michelle Bachelet. Vinieron luego las grandes movilizaciones del 2011 que consiguieron algo que parecía imposible: cambiar la agenda nacional introduciendo temas como la educación pública de calidad y gratuita.

Las coordenadas de la política chilena cambiaron. De manera a veces injusta se relativizaron los logros del periodo anterior. La política de los consensos perdió legitimidad y encanto. Apareció más como una componenda que como el encuentro obligado de los demócratas para restablecer las libertades básicas.

El segundo gobierno de Michelle Bachelet es hijo de este proceso. Luego de largos años de transición que terminó siendo tediosa, llegaba la hora de los cambios estructurales, de las reformas profundas.

Por primera vez en todos estos años triunfó con un apoyo abrumador un programa que planteaba transformaciones de gran calado: Nueva Constitución, reforma tributaria, educación gratuita, unión civil, aborto terapéutico, y reforma laboral…

En torno a estas reformas ha girado la disputa política durante el segundo mandato de Michelle Bachelet. Han sido dos años intensos en los cuales la adhesión a las reformas ha venido perdiendo terreno. Las razones son múltiples: diseños defectuosos producto de una cierta improvisación, falta de convicción en parte de la coalición de gobierno, ausencia de presión social y oposición enconada por parte de las fuerzas conservadoras.

Pero no hay que equivocarse. Una cosa es la crítica a la forma de implementación de las reformas por parte del Gobierno y otra muy distinta es el ánimo reformador que se mantiene en alto en la ciudadanía como lo demuestran diversos estudios de opinión.

El objetivo de las fuerzas conservadoras no es corregir las reformas. Se busca por el contrario afirmar la idea de que el cambio es imposible, que las transformaciones estructurales son una ilusión y que las reformas son inviables o inconducentes. El éxito de ese empeño significaría una derrota estratégica para las fuerzas progresistas. Esto es lo que hay que evitar.

La ofensiva conservadora es poderosa. Cuenta con los adversarios de siempre pero también con una quinta columna al interior de la Nueva Mayoría. Su bandera será la vuelta a la política antigua, a aquella que por la vía de los vetos cruzados reducía al extremo la capacidad transformadora del Gobierno. En síntesis, buscan la restauración del viejo orden que aseguraba que nada muy importante pudiera cambiar.