Renovación y convicciones

Publicado : 28 Diciembre, 2015 en Carlos Ominami, Columnas Chile 21

|por Carlos Ominami|


LA POLÍTICA está pasando por momentos muy difíciles. La gente cree cada día menos en su capacidad de transformar la realidad. Es una tendencia mundial que obedece a razones objetivas. La principal tiene que ver con el estrechamiento del ámbito de lo público. Chile es en esto un país de vanguardia. Lo que se construyó en Chile va mucho más allá de una economía de mercado. De hecho, vivimos en una sociedad de mercado en donde bienes públicos como la salud, la educación o la seguridad social han alcanzado altos grados de privatización.

Pero no es el único factor. Las redes sociales y la avalancha de información que transita por las múltiples plataformas tecnológicas hacen que la respuesta política sea siempre tardía. Han quedado muy atrás los tiempos en donde las personas participaban en los partidos para informarse e incluso para aprender a leer o escribir.

¿Cuál es el futuro de la acción política en este nuevo cuadro? Nadie tiene respuestas muy precisas. Abundan más las preguntas que las respuestas. Es en todo caso evidente la necesidad de una renovación profunda y que esta no podrá ser conducida por las antiguas dirigencias.

No tengo en esto la más mínima duda. Se necesitan nuevas energías y nuevas prácticas. Las nuevas generaciones deben asumir las principales responsabilidades. Ahora bien, no se trata simplemente de un cambio de edad. Se requiere especialmente de una nueva actitud. No contribuyen mucho los jóvenes con grandes ambiciones que para alcanzarlas terminan reproduciendo las peores prácticas de los viejos. 

Se necesitan jóvenes con energías e ideas frescas. La renovación no puede disociarse de las convicciones. La asimilación de la renovación con pragmatismo ha hecho mucho daño. La costumbre de descalificar cualquier planteamiento porque estaría contaminado por contenidos ideológicos ha hecho de la política algo chato y ramplón.

 Para devolverle prestigio a la política se requiere justamente que se confronten y expliciten visiones de país. La política es bastante más que un debate técnico sobre cuestiones relativamente marginales. Hace pocos días un conocido columnista le reprochaba a la Presidenta de la República su obsesión por la igualdad. El comentario sonaba inteligente pero está equivocado. No se puede confundir la obsesión con la obcecación.

La obsesión por una causa justa puede ser el motor de transformaciones importantes. Bienvenida sea la obsesión por la igualdad, por la justicia, por la solidaridad, por la probidad, por la transparencia. Se trata de causas justas que para que prosperen deben ser impulsadas con vigor, vehemencia y una gran persistencia. Su concreción dependerá de condiciones objetivas y subjetivas, de las relaciones de fuerza que se constituyan. Esto es muy distinto de la obcecación como el intento de imponer una idea al margen de cualquier consideración sobre la voluntad de las personas o las condiciones objetivas de la sociedad.

 Aspiro a una renovación de la política que solo podrá ser la obra de jóvenes con convicciones fuertes, enamorados del país, obsesionados por hacer avanzar las causas justas, construyendo para ello las mayorías  que la democracia requiere.