Transición, ¿hacia dónde?

Publicado : 11 Diciembre, 2015 en Carlos Ominami, Columnas Chile 21

|por Carlos Ominami|


El ciclo ascendente de los gobiernos progresistas llegó a su término. Los hechos son irrefutables. La Presidenta Rousseff ha sufrido un agudo proceso de descapitalización. Su aprobación no supera el 10% y enfrenta un tortuoso proceso de impeachment.

Contra todo pronóstico, Mauricio Macri es el nuevo Presidente de la Argentina. El kirchnerismo perdió la mayoría de la que disponía. En Venezuela, el Presidente Maduro experimentó una derrota humillante. En un cuadro por cierto distinto, el Presidente Correa no consigue asegurar la continuidad de la “revolución ciudadana” más allá de su persona. En Bolivia, Evo Morales enfrenta un severo riesgo de cosechar una derrota en el referéndum de febrero del año próximo porque la ciudadanía no parece dispuesta a abrir paso a una reelección indefinida. En Chile, la Presidenta Bachelet ha perdido más de la mitad de su apoyo inicial y el camino de las grandes reformas propuestas en su programa se hace cuesta arriba.

En la mayoría de los casos, los gobiernos progresistas dejan una herencia valiosa. Condujeron la década de oro que vivió América Latina desde el inicio de los 2000. Nunca en la historia se había producido la convergencia de alto crecimiento, baja inflación, disminución de la pobreza y de la indigencia, solidez fiscal y desendeudamiento externo. Y todo esto en condiciones de democracia con políticas sociales más profundas como, por ejemplo, la bolsa familia en Brasil, la asignación universal por hijo en Argentina o el pilar solidario en Chile.

Sin embargo, los gobiernos progresistas no fueron capaces de resolver las cuestiones estructurales. No se transformó el modelo de desarrollo. Por el contrario, se profundizó la dependencia de un número limitado de recursos naturales. Se hicieron fuertes en lo social pero descuidaron la política. No se preocuparon de mejorar ni su calidad ni el funcionamiento de las instituciones. Brasil es el mejor ejemplo.

Paralelamente, surgieron nuevas capas medias. Se trata de sectores heterogéneos más vinculados a los servicios que a la industria, y de cultura fuertemente individualista.

Hay aquí una gran paradoja. Estos sectores surgieron al amparo de los gobiernos progresistas pero al mismo tiempo constituyen el principal apoyo de las oposiciones. Su descontento tiene base: reivindican salud, educación, transporte pero no de cualquier tipo. Exigen calidad. Es cierto que ascendieron socialmente, pero siguen siendo vulnerables. El riesgo de volver a la pobreza está siempre presente. Para alejarlo demandan también protección.

Sin haber resuelto los problemas estructurales, los gobiernos progresistas no pudieron hacer frente a estas nuevas demandas de protección social y mejor calidad en la oferta de bienes públicos. Este ha sido su talón de Aquiles, la razón principal aunque no exclusiva de su decadencia y derrota.

Las derechas festejan. No son los únicos. Se anuncia un nuevo ciclo. Se inició la transición.

Pero, ¿transición hacia a dónde? No abundan las respuestas. No es casual. En rigor todavía no existen, porque, cuidado, las recetas neoliberales tradicionales tuvieron como sello la exclusión, es decir, exactamente lo contrario de lo que hoy día se demanda.