Me duele París

Publicado : 27 Noviembre, 2015 en Carlos Ominami, Columnas Chile 21

|por Carlos Ominami|


Me duele en el alma lo que ocurre en París. Una parte mía está allá. Llegué a París hace más de cuarenta años con las heridas producidas por la derrota que traía a cuestas. París me dio la oportunidad de recobrar las ilusiones, de aprender a pensar, de trabajar en lo que me gusta. Construí nuevos afectos, me convertí en padre. Identifico a París con el amor y a Francia con los grandes valores. Allí comprendí que la República es más que la Nación.

Los atentados del 13 de noviembre pudieron efectuarse en cualquier parte y terminar con la vida de cualquiera. Personalmente, podría perfectamente haber estado en alguno de esos lugares: viendo fútbol en el Stade de France, escuchando un concierto en el Bataclan o comiendo en el Petit Cambodge.

Este nuevo tipo de guerra es de una crueldad infinita. Mata por sorpresa y por la espalda, se ensaña con los inocentes y desvalidos. Elude a las policías y los ejércitos para concentrarse en los desarmados. Es cruel y cobarde.

En la lógica de producir terror, mientras más arbitraria sea la elección de los objetivos, tanto mejor. Se trata de no dar ninguna pista que permita focalizar los blancos elegidos. La idea es que todos se sientan amenazados.

Será muy difícil volver a la normalidad. El terrorismo cumplió su objetivo de introducir el miedo y la sospecha. Jóvenes valientes animan a los ciudadanos a volver a los cafés, a las terrazas, a los cines. Es un esfuerzo valeroso pero difícil de seguir. Los padres quieren proteger a sus hijos, las mujeres a sus hombres, los compañeros a sus compañeras, las amigas a sus amigos. Por la vía del aislamiento se va destruyendo lo más esencial de una sociedad: la convivencia.

Tiene razón el Presidente Hollande cuando propone declarar la guerra al Estado Islámico, a la Daech. Las democracias deben movilizar todos los medios a su alcance para protegerse. Es su derecho y también su obligación.

Aplastar a Daech se ha convertido en un lugar común del discurso de la clase política. El estado de urgencia por tres meses se acaba de votar en la Asamblea Nacional casi por unanimidad. Se ha restablecido el control de las fronteras. Schengen está en vías de desaparición. Las casas de sospechosos podrán ser allanadas sin orden judicial. La doble nacionalidad francesa podrá perderse por decisión de la autoridad. Y se anuncia una restricción de las garantías constitucionales.

Hay en todo esto un riesgo tremendo. Que los bombardeos sobre Al Raqa y otros bastiones yihadistas no hagan sino multiplicar los combatientes dispuestos a inmolarse. A diferencia de los ejércitos regulares, aquellos están por todas partes, en Francia y en Bélgica, en Saint Denis y en Mollenbeek. La multiplicación de medidas represivas puede terminar siendo ineficaz para combatir el fanatismo pero funcional a las ultraderechas, que de la mano del miedo y las crisis pueden hacerse del poder. En las próximas semanas el pueblo de Francia estará llamado a encontrar en las urnas una respuesta adecuada al falso dilema entre seguridad y libertad. Ojalá que atine.