Fin del presidencialismo

Publicado : 02 Octubre, 2015 en Carlos Ominami, Columnas Chile 21

|por Carlos Ominami|


El año 2015 quedará marcado como el annus horribilis de la política. Los fuegos se han centrado en la figura presidencial. En poco tiempo se ha pasado de un culto casi religioso a una crítica artera y mal intencionada. Estas críticas pasan por alto la cuestión central. Mucho más que la personalidad de la Presidenta el tema de fondo es el sistema.

El presidencialismo exacerbado muestra signos evidentes de agotamiento. Las complejidades de la política contemporánea hacen imposible que una persona concentre en sus manos todas las responsabilidades. Ejercer como Jefe de Estado, Jefe de Gobierno y Jefe de la coalición impone una carga imposible de sobrellevar.

La concentración del poder en una sola persona es un arcaísmo. Hace mucho tiempo que las empresas dejaron atrás el modelo de gestión patriarcal concentrada en el pater familia. Lo que opera en las instituciones modernas son los equipos de trabajo, la horizontalidad por sobre la verticalidad, la reflexión colectiva por sobre la ocurrencia individual. Aquello que se aplica a las empresas con mayor razón se aplica a las naciones.

Los regímenes presidenciales son la tónica predominante sólo en América Latina. Pero no debe ser motivo de gran orgullo. Nuestra gobernabilidad es precaria y nuestras democracias vulnerables. Somos presa fácil de caudillos o líderes carismáticos que degradan las instituciones y hacen difícil la convivencia.

La referencia a los EE.UU. como prueba de las bondades del presidencialismo es completamente impropia. Es un régimen federal en el que abundan los contrapesos y en el que las designaciones relevantes de autoridades pasan por el Congreso.

Un régimen semi presidencial permitiría que el Jefe de Estado se concentre en áreas tan decisivas como las Relaciones Internacionales o la Defensa. Por su parte, el Primer Ministro ejerce la conducción cotidiana. En este esquema el gabinete ministerial es un verdadero equipo de trabajo con ministros empoderados y no simples empleados de la confianza del Presidente. Los proyectos del Ejecutivo tienen la garantía de ser aprobados porque, por definición, el Primer Ministro es jefe de la mayoría parlamentaria. Y si la conducción gubernamental no es la adecuada esta se cambia sin mayor drama.

El semi presidencialismo tiene mayor flexibilidad y capacidad de adaptación. Un cambio de Primer Ministro es parte de la contingencia y de las reglas del juego, mientras que el cambio de Presidente representa un extremo traumático. Si las condiciones internas o externas se hacen difíciles se pueden generar grandes coaliciones como la alemana actual o formas de cohabitación como las conocidas en Francia. La transición hacia un régimen de este tipo es la única manera de recomponer nuestro alicaído Parlamento.

Estas no son ideas extrañas.  La reflexión constitucional anterior a 1990 apuntaba claramente en esta dirección. Fueron circunstancias contingentes y muy especialmente la necesidad de enfrentar a Pinochet a través de una presidencia fuerte, las que nos desviaron de ese camino. Todo indica que es hora de retomar nuestras antiguas pero muy actuales convicciones.