La farra

Publicado : 18 Septiembre, 2015 en Carlos Ominami, Columnas Chile 21

|por Carlos Ominami|


 

Del jaguar latinoamericano de los noventa ya no queda nada. Muchos países de la región han crecido y crecen más que nosotros. Tenemos, es cierto, estabilidad macroeconómica, finanzas públicas sólidas y cuentas externas envidiables. Pero eso no basta. De por sí esas condiciones no generan -contrariamente a lo que piensan nuestros neoliberales- los impulsos necesarios para hacer que la economía vuelva a despegar. Por el contrario, nuestro producto potencial no ha hecho más que disminuir durante los últimos años.

El problema es de fondo. No es la coyuntura; es la estructura. Nuestra estructura productiva ha involucionado. Somos ahora más dependientes del cobre de lo que lo éramos hace 20 años atrás.

El súper ciclo de los commodities se vivió en Chile con gran intensidad. L. E. Escobar ha calculado que los ingresos extraordinarios que obtuvo Chile por mayor precio del cobre alcanzaron para el periodo 2004-2013 a US$ 34.639 millones. Es una suma enorme, equivalente a 13,9 puntos del PIB actual y corresponden a casi cinco veces la recaudación esperada por la reforma tributaria. Estos mayores ingresos son los que resultan de considerar como “precio normal” el promedio entre 1994 y 2003 (US $ 0,8968) comparándolo con los US$ 2,9096 correspondientes al precio promedio observado en el período 2004-2013.

La explicación de lo que eufemísticamente se ha dado en llamar “desaceleración” no tiene mucho misterio. Es trivial y archiconocida. Es el producto directo -en las nuevas condiciones de la economía mundial- de la alta dependencia de Chile de las exportaciones de un solo producto (el cobre), a un solo mercado, China.

Un espíritu ingenuo podría decir: son cosas que pasan, todo lo que sube tiene que bajar, y en algún momento el precio del cobre se recuperará.

Cometemos un grave error banalizando lo que nos pasa. Hace ya más de 55 años que el gran Aníbal Pinto publicó un texto que se convertiría en un clásico: “Chile, un caso de desarrollo frustrado”. En él explica cómo la tremenda prosperidad generada por el boom del salitre no condujo a hacer de Chile un país desarrollado. De ahí en adelante muchos economistas -incluidos algunos no especialmente heterodoxos como Felipe Larraín, ministro de Hacienda de Piñera-, han llamado la atención sobre las vulnerabilidades de nuestra estructura productiva. Por su parte, el ex Presidente Lagos, gran conocedor de la obra de Pinto, insistió en múltiples ocasiones en que no podíamos volver a tropezar con la misma piedra. En esa línea, durante el primer gobierno de la Presidenta Bachelet, Andrés Velasco, su ministro de Hacienda, encargó un estudio a un prestigioso economista, Ricardo Haussman. Sus conclusiones, lamentablemente archivadas, eran lapidarias: Chile produce pocas cosas y con baja productividad.

Pero más que lamentarnos, saquemos las conclusiones que correspondan para que a futuro no debamos seguir lamentando nuevas frustraciones.