El envejecimiento de la Nueva izquierda Latinoamericana

Publicado : 18 Agosto, 2015 en Columnas Chile 21, Osvaldo Torres

|por Osvaldo Torres|


“Los verdaderos revolucionarios no proceden nunca como si la historia empezara con ellos. Saben que representan fuerzas históricas, cuya realidad no les permite complacerse con la ultraísta ilusión verbal de inaugurar todas las cosas”.
José Carlos Mariátegui.

Se cumplen 50 años de la fundación del MIR chileno. Hacer converger un conjunto de ideas sobre la sociedad, los procesos políticos y sus cambios, con corrientes sociales que buscaban expresarse en nuevas alternativas, y contar con personas decididas a entregarlo todo por un proyecto revolucionario, no es algo que está disponible de forma permanente en la sociedad.  Es por ello que la fundación del MIR es un momento muy significativo de la historia social y política de Chile.

Pero su fundación no fue la única en América Latina, en el sentido de que surgieron otras organizaciones que abrazaron la lucha revolucionaria, el método armado de acción política y el propósito conquistar el poder para construir el socialismo.

A principios de los años 60 se desplegaron muchos grupos con esta convicción: el ELN y el MIR en Perú, el MLN-Tupamaros en Uruguay, el ELN colombiano, el MIR y las FALN y el MIR en Venezuela, el  EGP del argentino Masetti, y en América Central el FSLN en Nicaragua, las FAR de Yon Soza en Gatemala,  y en El Salvador vendrían otros.

A 50 años queda poco de esas organizaciones y muchos militantes, hombres y mujeres, cayeron en combate o murieron en las cárceles de los opresores. Pero uno no debería aproximarse a este tema como quien asiste a un funeral en cuyo féretro descansa un proyecto muerto, o como quien en su labor arqueológica desentierra un artefacto cultural para colocarlo en el museo. Se trata de reflexionar sobre las condiciones de nacimiento de unas organizaciones políticas en un flujo histórico de acontecimientos que nos antecedieron y nos sobrevivirán. Hay que examinar qué elementos se reunieron en esas construcciones políticas, qué hicieron para tener distintos derroteros -casi siempre plagados de enormes sacrificios- y encontrar en ellos algunas claves útiles para el presente y el futuro.

Sabido es el contexto en que aquello se produjo: la guerra fría, las luchas de liberación nacional en Africa y Asia, la intervención norteamericana en Viet Nam, la ruptura chino soviética; y en varios países de América Latina, las recurrentes crisis económicas y políticas que bamboleaban entre frágiles democracias, tiranías y populismos, a la par que algunas revoluciones. Este contexto fue condicionante de muchas decisiones que se tomaron.

Hacer la reflexión histórica de la fundación de las organizaciones revolucionarias a comienzos de los ’60 y sus prácticas en la década que les siguió, requiere explicitar algunas cuestiones que son, a mi juicio, indispensables para no equivocar la lectura, ni pretender repetir como parodia los fracasados intentos revolucionarios del pasado. Dicho directamente: no vivimos la “actualidad de la revolución”, más bien vivimos el apogeo del capitalismo neoliberal globalizado. Es más, vivimos otra época, que nos cambia el mapa mental, la forma de leer la organización del mundo y las sociedades nacionales, que nos obliga a un esfuerzo intelectual capaz de dar cuenta de fenómenos sociales y políticos desconocidos hasta hace un par de décadas atrás.

El capitalismo se ha hecho cargo de revolucionar constantemente la sociedad- como lo vaticinara Marx-, desarticulando y reconfigurando sus propias formas de producción y ubicando la relación clásica y clave de capital-trabajo asalariado bajo un nuevo prisma, donde el trabajo productivo-industrial es completamente secundario a la creación de valor en las esferas de la ciencia, la informática y las tecnologías aplicadas. Al mismo tiempo que superexplota a la naturaleza que solo la concibe como recurso económico (materia bruta-materia prima) y de paso la destruye junto a la biodiversidad, a las poblaciones indígenas y campesinas. La sobrevivencia del planeta y por tanto la de la especie humana ha pasado a ser un tema fundamental para organizar las prioridades políticas. Por otra parte, la concepción del tiempo y el espacio de la vieja sociedad industrial han sido modificados de manera radical, cambiando con ello las formas de relacionamiento social, la vida cotidiana y la producción de la cultura.

Lo que afirmo entonces es que debemos buscar en la Historia y nuestras historias aquellos elementos que trascienden esos viejos contextos y nos puedan servir para enfrentar unos desafíos inéditos en la misma tarea de siempre, que es la construcción de sociedades más justas y libres.

En el pasado las ciencias sociales y las humanidades de alguna manera se concibieron como los “Ingenieros de la sociedad y sus almas”, es decir como aquellos que podían descubrir las leyes de la sociedad y la historia, el “espíritu universal”, para aplicarlas consciente y racionalmente en favor de un orden social y el bienestar general. Ese papel se lo asignó la sociología positivista, la filosofía de la historia y muchas construcciones intelectuales más, con las malas consecuencias conocidas. Hoy más que nunca hay una consciencia de la importancia de la cultura y los sujetos que la producen y viven, como componente fundamentales de la sociedad y las potencialidades de cambio. No hay interpretación posible de la complejidad social sólo desde la economía o la política.

Lo anterior tiene una importancia fundamental porque se distancia de la idea del iluminismo, como de la acción política iluminista, que supone que basta la razón y la fuerza para tener resuelto el problema de la organización de la sociedad.

Pero hay más. En estos tiempos se puede ver mejor que en aquellos años, que sobre exigir a ciertas categorías históricas una capacidad interpretativa en otros contextos es un abuso ideologizado que no puede dar cuenta de las realidades particulares. Y no estoy pensando solo en los intentos de aplicación mecánica de ensayos revolucionarios rusos, chinos, cubanos o vietnamitas en nuestras tierras, que los hubo a granel, sino que estoy también afirmando que las teorías de Marx, Engels, Lenin, Gramsci o Rosa Luxemburgo sobre distintos tópicos políticos, no son correctas o incorrectas per se, pues de serlo estaríamos en presencia de teóricos sin contextos, generadores de leyes universales a-científicas, en tanto lo básico es que la práctica y la constante realidad en transformación son los únicos referentes para verificar una teoría y no su coherencia interna; más aún en que actualmente se reconoce que se hace ciencia si se es capaz de reconocer lo provisional del conocimiento.

Esto implica una revisión de nuestra relación con los textos clásicos. Pues hay que reconocer que la “nueva izquierda” de los ’60 tuvo también una relación ambigua con esos teóricos, pues por una parte bebió de Sartre, Fanon, Althusser, Frank, P Sweezy y otros, no es menos cierto que paulatinamente se fue imponiendo una lectura de algunos autores como aquellos autores infalibles, que eran los de las posiciones científicas y se levantaron varios hermeneutas para sancionar las correctas formas de interpretación de aquellos. De esta forma, el carácter crítico del pensamiento de Marx, Lenin, Guevara y otros, se fue transformando en doctrina, se cerró sobre sí misma, impidiendo su uso –cual herramienta- para leer la realidad. Se fue produciendo una especie de relación teológica con los clásicos, cualquiera haya sido el autor elevado a esa categoría en determinada fase de la lucha; de una “relación laica” con los autores se pasó a una relación de subordinación al texto. Este proceso quizás hizo el discurso más revolucionario, más puro, pero al no dar cuenta de la realidad lo hizo infértil, poco productivo para hacer revoluciones, para hacer política. Porque, reconozcámoslo, las revoluciones no triunfan sin ideas propias, que den cuenta de las sociedades nacionales y sus complejidades.

Digo esto para alertar sobre el lugar en que me sitúo al reflexionar sobre lo que algunos llamaron la “nueva izquierda latinoamericana”, ese fenómeno de emergencia de nuevos discursos, grupos políticos y acciones que rompían con la izquierda tradicional de sus países.

 

Contexto de las ideas

Es fundamental, para comprender los procesos fundacionales de las organizaciones revolucionarias, no sólo los elementos arriba nombrados, que son de alta importancia. Creo que son las ideas las que circularon en esos años las que dieron la energía y la justificación para emprender nuevos caminos en la acción política.

Antes de la revolución cubana de enero del 59, se habían desarrollado en el continente varios fenómenos que estaban asociados a las formas que iba adquiriendo la construcción de los Estados nacionales y la debilidad casi endémica de las burguesías para desplegar los procesos de industrialización capitalista que permitieran consolidar su hegemonía sobre las clases subalternas.

A la vez un grupo de intelectuales multidisciplinarios latinoamericanos agrupados principalmente en la CEPAL abordaron una interpretación de la crisis en América Latina, alternativa a la teoría de la modernización preconizada por la sociología norteamericana. Colocaron como eje la relación “centro-periferia” entre el imperialismo norteamericano y los países de la región. Surgía el concepto de dependencia para explicar el subdesarrollo y ello legitimó y potenció los proyectos de desarrollo nacional antimperialistas y de control de las riquezas naturales por parte de los Estados.

Desde el movimiento comunista internacional se venía saliendo del Congreso del PCUS que en el año’56 de condena a crímenes de Stalin, dejando al desnudo el carácter burocrático y criminal de una dictadura de izquierda. Ello producirá escisiones e inaugurará un período de creación teórica en Europa y América Latina, que en los ’60 encuentra en el marxismo estructuralista de Althusser, militante del PC francés, una influencia importante con raíz en la ortodoxia cientificista y que fundamentó parte de la acción voluntarista en medio del descrédito del estalinismo y las luchas revolucionarias que se sucedían por fuera de la tradición comunista.  En este proceso es que Dabray, también francés, elabora como sujeto histórico al foco guerrillero.

Pero es importante decir que  también antes del ’59 habían existido golpes militares promovidos por Estados Unidos contra la institucionalidad democrática en varios países, desde la Argentina a Guatemala y que a la vez los movimientos populares de la región habían abrazado la lucha tras banderas de partidos nacional-populares, no marxistas, que fueron capaces de grandes cambios en algunas sociedades. Tal es el caso de la Revolución boliviana del 55 y la propia revolución cubana del ’59.

Quiero recordar con lo anterior que antes de la proclamación de la revolución cubana como socialista (en 1961) los movimientos populares habían impulsado revoluciones sociales de carácter no socialista y que la violencia era parte de la situación de la región, “no producida” por el marxismo. Esto implica lo siguiente: que para hacer revoluciones no se necesitaba ser marxista y por otra que la izquierda latinoamericana era una izquierda plural en que la definida como marxista era solo una corriente de ésta. Ambas cuestiones cambiarían con la declaración del carácter socialista de la revolución cubana, produciéndose una identidad o fusión entre el marxismo, la revolución y el ser de izquierda, que traería notables consecuencias para la conformación de la dirección política de los procesos sociales en la región.

Incluso a nivel de estrategia es interesante recordar que Salvador Allende estuvo a escasos votos de ganar las elecciones presidenciales de 1958, pre-revolución cubana, lo que habría producido un cuadro distinto en el debate político e ideológico de la época.

Lo que ocurrió posteriormente, en el plano de las ideas políticas fue la dominancia del “marxismo leninismo” como criterio identificador del ser de izquierda. Se consideró que el apego a esta invención stalinista era la carta de legitimidad de un pensamiento crítico representativo de los “verdaderos intereses” de la clase obrera y el pueblo. Y fue tan profundo este proceso que venía liderado por la Unión Soviética desde la época de la III Internacional, que hasta hoy parte importante de lo que queda de la izquierda tradicional se resiste o le dificulta incluir programática y conceptualmente las cuestiones de la protección al medio ambiente, el feminismo, la igualdad entre los géneros, el multiculturalismo y demás temas “no clasistas”, pero que conforman a las sociedades como más iguales en derechos.

 

De los procesos formativos de las organizaciones revolucionarias de los ‘60

Es difícil desarrollar las particularidades de los procesos fundacionales de cada una de las organizaciones, pero es importante decir que nacieron producto de esa “actualidad de la revolución” que se vivía como clima, y porque las condiciones sociales podían sostener –en algunos lugares más que en otros- iniciativas político armadas como esas.

Muchas de estas organizaciones nacieron –efectivamente- inspiradas por el ejemplo de la revolución cubana, que se planteó inicialmente como revolución antidictatorial y de liberación nacional.  Es importante tener en consideración la diversidad de vertientes ideológicas y sociológicas que impulsaron la constitución de estas organizaciones armadas. En Guatemala lo fueron militares nacionalistas, antimperialistas al igual que en República Dominicana; en Perú el MIR tiene su origen en el APRA de corte nacional-popular (’67), como el MIR venezolano tiene sus raíces en Acción Democrática (’60). El COLINA de Brasil (’67) proviene de militares y militantes de Política Operaria, cuyo origen está en el PSB. Masetti del EGP provenía del grupo católico nacionalista ALN, así como el MLN-Tupamaros se fundaba (’65) de la convergencia de la disidencia socialista y de blancos, con maoístas y sin partido.

En este sentido la similitud de las organizaciones de la “nueva izquierda latinoamericana” estaba dado más por la predominancia del método de lucha que por el carácter de la sociedad por la cual se luchaba. Y en este plano también habían debates y diferencias: predominaron los intentos foquistas, que fueron teorizados por R. Debray y que expresaban una lectura iluminista y mecánica de la experiencia cubana que fue seguida por muchos de estos grupos y de la cual el MIR chileno estuvo distante. Algunas organizaciones tuvieron fuertes debates respecto de que orientación debía asumir la estrategia de lucha y es así como los Tupamaros discreparon del Che respecto del inicio de la lucha armada y el teatro de operaciones de ésta en el Uruguay. Como también hubo intentos orientados directamente por la dirección del PCC sobre algunos países, como el propio ELN peruano de corta pero combativa acción.

El cuadro inicial fue teniendo sus derivadas. Los contextos políticos y los procesos sociales fueron mostrando la fuerza histórica de su acción que obligaba a adaptarse a las nuevas realidades o morir. Fue así con el proceso que abrió Velasco Alvarado en el Perú en 1968, la Unidad Popular en 1970, JJ Torres en Bolivia el mismo año cuyos derrocamientos posteriores hablan del fuerte antimperialismo que desarrollaron y que la “nueva izquierda” –en muchas ocasiones- no supo leer.

El aparato conceptual con el que se analizaba y operaba en la sociedad se mostraba como insuficiente y cuando no errado. La acción política real demandaba opciones no consideradas en el proyecto guerrillero: las elecciones presidenciales en Chile con la Unidad Popular y del Frente Amplio en Uruguay; los gobiernos de militares progresistas en Bolivia y Perú, el regreso del Peronismo con Cámpora en Argentina y la fuerza de los movimientos obreros y campesinos que luchaban por sus reivindicaciones. Todo ello hizo madurar a las organizaciones armadas, les impuso otros contextos, lo que les cuestionaba sus análisis y estrategias iniciales.

En otras palabras quedaron en cuestión, la forma de concebir la revolución socialista, la concepción del Estado preconizada por Lenin (mero aparato de dominación de una clase por otra?), el carácter de las FFAA ( constitucionalistas versus golpistas; progresistas vs reaccionarios), el papel de los partidos tradicionales de izquierda en el movimiento popular (reformismo traición al socialismo?), la concepción del poder y la “toma” de éste, entre muchos temas rudimentalizados por el marxismo-leninismo de corte ortodoxo que se hacía hegemónico en las organizaciones de la “nueva izquierda”.  

 

Para concluir de forma provisoria:

Hay cuestiones esenciales para la gestación de un proyecto político organizado, que aún tienen actualidad pues hay un positivo regreso a los clásicos marxistas y a autores de esa orientación; aunque falta el regreso a Marx mismo.

La concepción del Estado como aparato de dominación de una clase por otra, resulta una caracterización muy tosca y en esto creo que García Lineras, siguiendo a Poulantzas tiene razón. El Estado es también una “condensación material de relaciones de fuerzas entre clases y fracciones de clase”, que los proyectos de transformación revolucionaria –como el boliviano- han sabido utilizar y refundar sin ser “Estados del proletariado”. Esto implica a la vez el desarrollo de estrategias de poder que no se piensan en confrontación con el Estado sino que en lucha con quienes lo controlan para imponer en su seno una correlación de fuerzas distinta. Hay una noción del poder y de la estrategia bien distinta a los fundacionales años ’60.

Una perspectiva así legitima también las estrategias electorales y la búsqueda del copamiento, en posiciones defensivas, de parlamentos, gobiernos y medios de comunicación. En este sentido existe también una nueva relación con la democracia política, pues ya no se trata de una democracia de clase sino más bien de concepciones en disputa sobre el tipo de democracia que se busca construir, en los marcos de ésta. En otras palabras, la democracia es una reivindicación de las clases subalternas que encuentran en ésta el reconocimiento de derechos civiles y políticos como económicos y sociales que le permiten incrementar su bienestar; y en aquellos lugares donde la democracia es restringida, tutelada o frágil, la tarea es ampliarla, fortalecerla con la participación social y ciudadana. Esto es crucial, pues es una ruptura con el pensamiento dicotómico del siglo XIX entre dictadura burguesa encubierta como democracia liberal y dictadura del burocrática “del proletariado” encubierta como “democracia popular”.

Una cuestión es insoslayable: sin la presencia de los movimientos sociales, de la articulación de su diversidad en torno a un proyecto compartido no es posible avanzar en ampliar la democracia y conquistar más derechos. Esto implica también un esfuerzo por reconstruir formas de relacionamiento entre la organización política, sea cual sea la forma orgánica que adquiera, con la sociedad y los movimientos sociales. No hay “vanguardias” en el sentido clásico, ni doctrinas que las sustentan pues no dan cuenta de las complejidades. Hay proyectos de sociedad, teorías interpretativas y voluntad política de transformación. En este plano se trata entonces de no renunciar a la organizarse políticamente -aunque sí a pretenderse vanguardia- y buscar desde la política politizar la sociedad, impulsando el desarrollo de la autonomía de las organizaciones sociales.

Como los partidos piensan de manera instrumental  al Estado como también a las organizaciones sociales, es importante la autonomía social para fortalecer la democracia ampliándola y no desestabilizándola. Esta tensión debe ser resuelta en el marco de un proyecto que pretende conquistar mayorías sociales, convencer por sus ideas y conducta, para hacerlo coherente con la idea que el socialismo es un proyecto de sociedad que se vivencia en la medida que se lucha por él, se constituye en los derechos conquistados, en nuevas instituciones y leyes. En este sentido la cuestión cultural tiene una relevancia estratégica y en este plano, las ideas, los imaginarios que se dibujan sobre la sociedad futura, los valores que se despliegan son fundamentales para conquistar la adhesión de las mayorías.

Bibliografía

–          Aricó J (2001) La cola del diablo, itinerario de Gramsci en América Latina, Ed. Siglo XXI

–          Franco R (2001) Sociología del desarrollo, políticas sociales y democracia, Ed. Siglo XXI.

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–          Lust J (2013) Lucha revolucionaria en el Perú 1958-1967, RBA editores.

–          Portocarrero E (2011) La historia que nunca contamos, la experiencia guerrillera del MIR.

–          Torres O (2012) Lucha armada y democracia, las experiencias del MIR y MLN-Tupamaros, Ed. Pehuén