Hegel, Marx y Chile

Publicado : 07 Agosto, 2015 en Carlos Ominami, Columnas Chile 21

|por Carlos Ominami|


La coyuntura hace pensar en Hegel y Marx. En Hegel, cuando afirmaba que todos los grandes hechos y personajes de la historia universal aparecen dos veces. Y en Marx cuando agregaba que lo hacían, una vez como tragedia y la otra como comedia.

Más delicada que la abrupta caída de la aprobación de la Presidenta Bachelet, es la derrota que están sufriendo las reformas estructurales. El paso desde los enunciados generales a los proyectos concretos ha sido difícil. Los errores de diseño, las defensas corporativas de los intereses afectados por las reformas y la oposición de las fuerzas conservadoras se han confabulado para estrechar su base de apoyo.

Así ocurrió con la tributaria, que al no concentrarse de un modo claro en un sólo sujeto tributario, las grandes empresas, terminó afectando vía aumento de impuestos indirectos (bencinas, tabaco, gaseosas) a buena parte de la población.

El caso de la reforma educacional ha sido aún más grave. En vez de comenzar fortaleciendo la educación pública y la carrera docente, partió por “desmantelar el mercado” en la educación primaria y secundaria. El objetivo de alcanzar una “educación pública de calidad y gratuita” se fue perdiendo en la noche de los tiempos. Producto de una secuencia absurda, la reforma se enajenó uno tras otros a todos los que debían sustentarla: estudiantes, profesores, paradocentes, padres y apoderados. Al final, paradojalmente, el resultado de la reforma será el fortalecimiento de una nueva educación particular subvencionada.

A su vez, la promesa difusa de una nueva Constitución terminará produciendo más daños que beneficios. Para quienes estamos a favor, los cabildos que se anuncian terminarán en cierta frustración. Y como el proceso quedará inconcluso, se mantendrá esa incertidumbre que genera pánico en los conservadores de derecha, centro e izquierda.

La reforma laboral podría ser la excepción. Surgida de la presión sindical más que de la convicción programática, ha hecho su camino en el Parlamento. Hay estudios fiables que muestran que ésta tiene un apoyo mayoritario. Pero no es claro que éste pueda mantenerse luego del paso por el Senado, más propenso a posiciones conservadoras. Podría ocurrir que al final del día nadie quede muy contento.

El programa de reformas enarbolado por Bachelet, el fervor popular y la polarización que ha suscitado, ha llevado algunos a evocar los tiempos de Allende. La historia estaría aquí repitiéndose por segunda vez. Se trata sin embargo de una ilusión porque es evidente que ninguna de estas reformas modificará de manera significativa la estructura del poder económico e ideológico dominante. Aparece así la comedia.

No existe ningún riesgo de terminar en una tragedia como la del 73.  En el peor de los casos nos esperan tiempos mediocres o salidas populistas más o menos autoritarias.

Pero el futuro no está escrito. Con inteligencia, coraje y voluntad las cosas pueden cambiar. El gobierno tiene todavía la posibilidad de sacar adelante el espíritu reformador. No será todo el programa inicial, pero puede tener el mérito de mantener viva la llama del cambio.