¿Realistas versus reformistas?

Publicado : 03 Agosto, 2015 en Columnas Chile 21, Javiera Arce

|por Javiera Arce|


El sábado 25 de julio se realizó el cónclave Social 25J por una Nueva Constitución #PlebiscitoAhora y una Asamblea Constituyente, que convocó a una serie de organizaciones políticas y sociales a modo de hacer frente -mediante una nueva estrategia- a la negativa del gobierno a realizar una asamblea constituyente, para cambiar la Constitución actual por una de carácter participativa y legítima.

Este cierre de puertas a legislar en torno a un proceso participativo e inclusivo para cambiar el marco institucional chileno ha generado una naciente división entre los actores de la Nueva Mayoría: los realistas que no renuncian, y los reformistas.

Esta división de la elite de la Nueva Mayoría hace recordar aquella discusión de fines de los noventa entre autoflagelantes y autocomplacientes de la Concertación, que debatían por la modernización chilena y advertían sobre la falta de discusión de lo político (entendido esto como las ideas y proyectos que debiesen ser objeto de disputas en la arena política), versus otros que se conformaban con la mejora en la capacidad de consumo de la ciudadanía chilena.

Los ganadores (el sector autocomplaciente) fueron víctimas de la trampa de su éxito, y frente a la negativa de transformar el Estado subsidiario, sumado a sus reformas realistas (como las enmiendas constitucionales de 2005), terminaron por generar un fuerte divorcio entre los partidarios de la elite de la Concertación y sus bases, que culminó con el desplome de su votación y la derrota electoral de Eduardo Frei el 2009.

Durante la época en que gobernó el Presidente Sebastián Piñera, hubo una serie de opciones para discutir seriamente las causas y consecuencias políticas de la derrota,  y procurar responsabilidades, pero no se hizo; por el contrario, se discutió muy poco (porque el conflicto es mal visto), y se buscaron nuevas estrategias para aglutinar a las fuerzas derrotadas, reinstalando un acuerdo electoral para enfrentar la contienda de 2013, esta vez con características un poco más amplias.

Es así como se discutió en parte un programa (con una alta presencia de “expertos”), y se llegó a la conclusión de que se realizarían grandes transformaciones en el país, destacando entre todas ellas un nuevo pacto político y social, plasmado en una Constitución democrática y participativa, que cambiaría el modelo subsidiario por uno más amigable y garantista para la población chilena.

Es así como jóvenes rostros se sumaron a la contienda, y también varios militantes y adherentes antes desencantados volvieron a movilizarse para ganar la elección. Esto, sumado al innegable carisma de la entonces candidata Michelle Bachelet, se obtuvo un contundente triunfo en segunda vuelta, y una mayoría en el Congreso (cabe recordar que hubo una alta abstención electoral).

Inmediatamente se auguraba un buen gobierno. Por cierto, la derecha también había logrado converger en parte a esta idea de generar algunas reformas sustantivas, debido a que si se mantenía en una posición antirreformas, el costo de perder aún más adeptos, era significativo. Sin embargo, a medida que se ha desarrollado el segundo mandato de la Presidenta Bachelet, algo está pasando que todo se ha vuelto difuso y complejo.

Se han enviado reformas al Congreso, siendo éstas mejoradas y aprobadas en la Cámara de Diputados, pero el Senado se ha transformado en un actor de veto, generando “cocinas” en que se discuten las leyes y se arreglan para suavizar las reformas, situación que ha generado un descontento en las bancadas de diputados de diferentes sectores, incluyendo los independientes, que terminan denunciando con mucha fuerza su molestia en los medios de comunicación.

Sumado a lo anterior, los casos Penta, SQM, Corpesca y otros (que todavía no salen del todo a la luz pública), han terminado por profundizar el divorcio entre lo político y lo social. La gente cada día valora menos instituciones indispensables para la democracia representativa, como el Congreso y los partidos políticos (siendo estos últimos los más afectados con las peores evaluaciones en los diferentes estudios de opinión).

El “realismo sin renuncia” no hace más que reforzar el complejo escenario de la estructura institucional dada por la dictadura. Un marco institucional ilegítimo, estrecho y violento, que ha generado una sociedad altamente desigual, con políticas públicas que no han podido enfrentar la complejidad social, y debieron privilegiar a ciertos sectores sociales por sobre otros (focalizar), asfixiando a la clase media. Ha descuidado sus bienes públicos, y por sobre todo, ha dejado de proteger derechos sociales básicos para la ciudadanía: educación, salud, vivienda, agua, energía, naturalizando el intercambio económico para acceder a estos derechos (como la falaz frase de “libertad de elegir en educación”, la cual está supeditada al nivel de ingresos).

En el 2015 se repite la discusión de fines de los noventa, pero con una profundidad mayor. Ahora estamos hablando de reformistas versus realistas. Estos últimos invitan a la responsabilidad y atribuyen a la economía el frenazo en las reformas (y a ser más responsables y realistas). Los primeros, en cambio, se toman con responsabilidad este hiato entre la sociedad civil y la elite política, y recogen la necesidad de la transformación del modelo del Estado.

La movilización de la elite en este escenario, ha logrado un tibio éxito en la ciudadanía, marcada por el desinterés y el enojo, y la casi nula capacidad de percibir de qué se trata esta discusión. El desafío es tratar de mejorar los códigos para sumar a otros agentes en esta demanda, y observar cómo terminará esta batalla: si ganarán los realistas (autocomplacientes), o se plasmará la transformación institucional del Estado, de la mano de los reformistas.

Usted decide de qué lado está.