Es la política, estúpido

Publicado : 24 Julio, 2015 en Carlos Ominami, Columnas Chile 21

|por Carlos Ominami|


NO. NO se trata de un error ni de una vuelta de chaqueta. De manera deliberadamente provocadora titulé mi anterior columna “Es la economía, estúpido”. Se trataba de poner de manifiesto la necesidad de revisar el diagnóstico con que el gobierno había venido trabajando en materia de crecimiento y recaudación tributaria.

Era necesario sincerarse. Desde el principio del actual gobierno se podía anticipar que Chile no crecería al ritmo que la autoridad anunciaba y que la reforma tributaria no generaría los recursos que se decía. Al no haber mediado una  reforma económica audaz, la economía inevitablemente se instalaría en un sendero menos que mediocre. Ya no al tres o al cuatro sino que, en el mejor de los casos, entre el dos y el tres.

En eso estamos. Es bueno que la autoridad lo reconozca y actúe en consecuencia. El presupuesto no da para todo. Chile tiene un activo en materia de responsabilidad fiscal de enorme valor que es fundamental preservar.

El comportamiento de la economía será determinante en el éxito o fracaso de este gobierno. Y por ser algo demasiado serio la economía no se puede dejar librada a las decisiones de los economistas. Sin duda el ministro Valdés, economista de sólida reputación en el campo de la macroeconomía, tiene un  papel clave a desempeñar. Pero digámoslo con claridad, sus decisiones deben ser parte de un diseño político bien meditado: ambicioso pero realista, esperanzador pero sincero.

La política debe estar en el puesto de comando. Así se afirmaba en el Libro Rojo. En esto al menos el Presidente Mao tenía toda la razón. No existe la economía a secas. Desgraciadamente, así lo creen  en Chile los economistas ortodoxos, que no son sólo de derecha. Están en todas partes y por Dios que su presencia se hace notar.

Es evidente que la economía enfrenta dificultades. La especialización internacional cuasi mono exportadora a la que nos condujo la falta de un diseño estratégico nos está pasando la cuenta. Es cierto, la inversión ha experimentado una fuerte baja pero esta se debe principalmente al fin del ciclo de auge minero y a la disminución del ritmo de crecimiento de China.

Allí donde la ortodoxia económica nos propone su receta conocida, el ajuste a rajatabla, la política tiene que hacerse respetar. Hay que ajustar el gasto. Pero es la política la que debe definir su profundidad y orientación. Un sobreajuste sería fatal para la gestión del gobierno. A su vez, un ajuste indiscriminado sería injusto e implicaría una capitulación en la lucha contra las desigualdades.

Lo responsable hoy es la movilización de todos los instrumentos disponibles para sustentar una política anticíclica. Y al mismo tiempo se requieren de manera urgente medidas que permitan aumentar el PIB potencial.

Entre una renuncia a parte importante de los compromisos que contrajo la Presidenta Bachelet en su campaña y un ajuste inteligente de la regla fiscal, no hay donde perderse. Entre la frustración de la ciudadanía y un deterioro temporal de la posición de endeudamiento neto del país tampoco. Al final-final: es la política, estúpido.