Es la economía, estúpido

Publicado : 10 Julio, 2015 en Carlos Ominami, Columnas Chile 21

|por Carlos Ominami|


La fórmula es archiconocida. Corresponde a James Carville y surgió en la primera campaña del ex Presidente Bill Clinton. La idea es simple: las cuestiones económicas ocupan un lugar central en las preocupaciones de los ciudadanos y no pueden ser dejadas de lado. La relación entre economía y política es muy estrecha, aunque no simétrica. Puede ocurrir que la economía ande relativamente bien y que la política no acompañe. Pero lo que no admite dudas es que si la economía anda mal, la insatisfacción de los ciudadanos impactará negativamente sobre la política.

Al traer a colación la afirmación de Carville no pretendo agredir a nadie. Se trata sólo de reconocer un hecho: la arquitectura del programa de gobierno de la Presidenta Bachelet -construida sobre la base de tres reformas fundamentales (tributaria, educacional y constitucional)-, tenía una ausencia fundamental: la reforma económica.

No estamos en esto jugando el clásico papel de generales después de la batalla. Respetuosamente lo advertimos hace meses. “Falta la cuarta reforma” fue el título de una columna publicada en estas páginas en septiembre del 2014. En ella advertíamos que el crecimiento de ese año estaría por debajo del 2 %, y que contrariamente al discurso oficial, no había razones para pensar que el crecimiento en el 2015 pudiera mejorar de manera importante. Desgraciadamente no nos equivocamos.

La preocupación por la suerte de la economía ha vuelto a instalarse de manera prioritaria en la agenda nacional. El nuevo ministro de Hacienda ha hecho saber que la situación de la economía es mucho más estrecha que lo previsto. Las consecuencias del nuevo diagnóstico son mayores. No sólo anulan el espacio para nuevos compromisos, sino que abren dudas sobre la posibilidad de cumplir con los compromisos ya establecidos, comenzando por la gratuidad universal en educación superior. Esto provoca debates que pueden ser muy ásperos en el país y en la coalición de gobierno.

El problema de fondo es que la economía chilena no enfrenta una “desaceleración” pasajera. En las nuevas condiciones de la economía mundial, una estructura productiva que en vez de diversificarse acentúa su dependencia del cobre muestra toda su vulnerabilidad. La disminución del crecimiento de China trajo consigo una baja en los precios de las materias primas que repercute sobre el valor de las exportaciones y las finanzas públicas.

La situación es inquietante. El desplome de las bolsas chinas ha generado una ola de pánico en el mundo. El precio del cobre puede continuar cayendo. En lo inmediato, Chile tiene que tratar de amortiguar este nuevo shock. Una compresión abrupta del gasto público -como algunos solicitan- agravaría el problema. Chile tiene recursos como para sustentar durante algún tiempo una política contracíclica. Pero eso naturalmente no basta. Lo central pasa por mejorar la calidad de nuestra matriz productiva y esto no es cuestión simplemente de ajustes en la política macroeconómica. Se requiere una reorientación de nuestra estrategia de desarrollo. No es una afirmación muy original, pero no por ello pierde un ápice de su actualidad.